Ya no tiene que demostrar nada. Más de setenta años calza la campana gorda que habita en su tragaero. Maestro de maestros. Todavía revuelca al más pintao cantando pa el baile y sin tacones de por medio. Así fue como vino a la Peña Flamenca Torres Macarena, solo con su vozarrón de tronío y empaque. Se marcó nueve cantes y un fin de fiesta. Desde que despegó los labios echó el corazón por la boca como si le fuera la vida en ello. Y con la responsabilidad y el respeto que infunden las tablas. Enrique El Extremeño volvió a liarla reafirmando su autoridad en el cante y en el compás, de donde entraba y salía jugando con los tiempos como un prestidigitador ciego que al tacto huele dónde hay un cierre o sabe por qué rincón colarse, esperar o endiñar el pellizco que derrama los oles de un público cabal. Conoce todas las esquinas en las que dar el quiebro. Y así como en el baile abrochan con los desplantes, Enrique sentencia y manda, haciendo el ademán señalando con sus dedos, allí al caer, en el sitio justo donde cortar el quejío y revolcar al público de placer y negra jondura. ¡Bendito sea! ¡Qué faltita hacen en el flamenco los zamarreones reondos, que jinquen las uñas, aunque esté muy bien eso del cante bonito! El Extremeño no entiende un tercio sin entregarse entero. No es cantaor de medias tintas. Te gusta o no te gusta. Pero se faja los machos en el entarimao y a ver quién le hace sombra. Brilla mejor apretando, pero también sabe mecerse buscando la sensibilidad en los bajos. Flamenco contundente y de verdá, cantaor de una pieza, ciclón de jipíos grandes… se encerró en el templo del arte en Sevilla y ofreció un recitalazo memorable y con reaños a pecho descubierto regalando a borbotones su maestría.
Las palmas fueron de categoría, dibujando el son de Lebrija a Las 3000. Juan Diego Valencia, probablemente el mejor en lo suyo, y El Petete, bailaor y palmero de incuestionables dotes, adoquinaron las vereas negras por las que discurrió el gañote de Enrique. Todo ello arropado por una guitarra de filigranas, con alzapúas de vértigo, un soniquetazo increíble, bordones que pesan quintales y espuertas de falsetas jondas y guiños originales en la composición. Tocaor de los que acompañan sin molestar, recogiendo en los instantes oportunos, aliñando su servidumbre sin olvidarse un tono de transición. Sobrao de técnica y compás, repleto de recursos, con afición y conocimiento del cante. Antonio Santiago Ñoño llevó en volandas a su padre a los postigos de la gloria.
«Enrique El Extremeño volvió a liarla reafirmando su autoridad en el cante y en el compás, de donde entraba y salía jugando con los tiempos como un prestidigitador ciego que al tacto huele dónde hay un cierre o sabe por qué rincón colarse, esperar o endiñar el pellizco que derrama los oles de un público cabal»
Me gusta que un cantaor diga lo que hace. Principió por trilla, toná chica, martinete y corrido, rematándolo con el cierre seguiriyero de ese pan moreno que a mí me lleva a los aires de El Lebrijano. Aunque lo grabaron muchos. Estuvo arrolladoramente flamenco desde que pisó los ensoleraos maderos de la peña. Lo hilvanó todo después por romance, holgao y pasao de enjundia. Se dulcificó en el primer cuerpo de la malagueña de El Mellizo y empujó valiente en el segundo, adosándole una tríada de abandolaos que fueron incrementando el tempo. Dicen que a esta variante malagueñera no le pegan. Pero a uno se le olvida el canon cuando se canta tan bien. Prosiguió a la tremenda por cantiñas, donde puso guirnaldas de colores a los cantes de Cádiz, flirteando con los silencios y recreando las letras del repertorio que le he escuchado cien veces y nunca hace igual. Enrique manga como todos, pero al tamizarlo en su garganta ya solo es suyo, único y personal. Trinca en algunos palos de Salazar y La Cañeta, bebe también de tierras extremeñas, de El Turronero, El Lebrijano… pero siempre suena a él mismo. ¡Y cómo lo hizo por Levante! Tras un preludio de las seis cuerdas de almíbar de Ñoño que le dejó puestas las sedas para el temple, engarzó taranto y los cantes de madrugá que tanto le gusta hacer en honor a El Gallina y se acordó de Persecución. Hasta aquí la primera parte. Cinco.
Más cuatro y un fin de fiesta hicieron un total de diez cantes en el recital, que continuó por tientos tangos, con letras de las que recogió en su último disco 50 años de cante y un cartucho de tangos para el deleite. La soleá por bulerías pa arañarse las vestiduras. Tributó a su cuna cantando por jaleos y formó el taco por bulerías echando el cerrojo con el cuplé de Corazón loco y su pataíta de age incluida. La familia de La Parreña, Segundo Falcón y Kotoha Setoguchi se subieron al fin de fiesta que pueden ver y juzgar más abajo. Fue la guinda del pastel.
Enrique El Extremeño volvió a alegrarme las pajarillas. Provocó que me quemara el asiento y que arrojara un surtido de oles por incontinencia de aficionao. Si no, cómo podría yo escribir de estas cosas. Los jartibles nos fuimos al Attila a seguir celebrando la noche, rebosantes de alegría, con el subidón que el tío Enrique te pincha, con las pilas puestas. Sí, me gusta. ¿Y qué? Me encantó El Extremeño, su maestría y sus reaños.
Ficha artística
Recital de Enrique El Extremeño
Peña Flamenca Torres Macarena, Sevilla
24 de enero de 2026
Cante: Enrique El Extremeño
Guitarra: Antonio Santiago ‘Ñoño’
Palmas: Juan Diego Valencia y Antonio Amaya El Petete






































































































