No es de recibo ni hay justificación que explique con criterios que istingan cómo es posible que Marco Flores lleve catorce años sin bailar en Sevilla. Esto es un despropósito, una concatenación de desdichas y casualidades o fruto de la ignorancia supina de los programadores y políticos que entienden poco de baile o vetan todo lo que sea amanerado sin pararse a mirar su valía. Allí se subió para entregarlo todo al ensolerado entarimao del templo del flamenco hispalense con un público que abarrotó la peña y entre el que había más artistas que aficionaos para admirar y revalidar el cetro de Flores como el tótem del baile flamenco, el bailaor fetiche al que todos adoran, el summun del asunto, de lo bueno, probablemente lo mejor.
Lo que arriba de las manos guitarreras de Ñoño Santiago siempre es garantía de calidad. De baile entiende un rato. Le pegó un silbío a Marco y vino encantao a la llamada de Torres Macarena. Es artista de artistas, de grandes escenarios, premios y teatros. Y cuando semidioses del tacón como el Ballet Flamenco de Andalucía al completo, Manuel Liñán, Juan Tomás de la Molía, El Choro, Lucía La Piñona, Marina Valiente y un puñao más de bailaores, cantaores y tocaores de renombre estaban allí para no perdérselo es por algo. Marco Flores ofreció un recital de lujo, impropio de una peña cualquiera, sobrepasando los límites y el listón del cupo de oles y pellizcos que se llevó para el recuerdo en la talega de los repelucos del age. La ovación del final lo selló todo. Faltó un fin de fiesta soñado con el elenco que había en las sillas. Nos dejó con la miel en los labios, pero, como nos retorció de placer, se lo perdonamos sin rencores. Quien pueda, que empate. ¡Qué barbariá!
El Levante le despeinó las cuerdas nuevas del camerino al escenario al guitarrón de Ñoño en el taranto con tangos, que cuajó una composición depurada, musicalmente exquisita, con alzapúas de vértigo, bordones bien pulsaos y trémolos dulces. El Quini de Jerez salió acojonao por el graderío: «¿Por qué no os quedáis en casa?», al ver tanto talento con los ojos clavaos en los maderos. Estuvo sembrao y zalamero por tangos, sobraísimo de compás, recogío en su momento justo por las cuerdas de la sonanta de Sanchís de Ñoño. Como Juan de la María, que desplegó su gañote tamizao en el terruño de albariza jerezano para los paladares con gusto. Remató con un buchito de agua en Lebrija. Fue el preludio del primer baile de Marco que, sin guitarra en las tablas, se inspiró en los tragaeros arañaos que le regalaron trillas y otros cantes libres rifaos entre los dos cantaores y abrochao por el macho de la seguiriya de Juanichí el Manijero que arrojó con enjundia Juan.
«La que formó por alegrías no es normal. Pantalón rojo y camisa estampá. Y venga flirteos de pies, de culo, del torso y los brazos, virajes garrapiñaos, arte a raudales, baile mamao, el gesto siempre oportuno, henchido de felicidad plena, salpicao de sal y alegría. (…) En definitiva, eso que llaman duende, que lo atravesó del tacón al flequillo»
Marco le bailó al cante. Y estuvo apoteósico. Extraordinariamente flamenco. Con unos pies definidos, pero sin ostentaciones que enturbiaran un braceo de guirnaldas inimaginables, conformando una coreografía espontánea, natural, tan integrada en los poros de su piel que, aunque podría intuirse de dónde bebe y manga su baile, lo desdibujó y recompuso según Flores a su bendito antojo y ya todo era suyo, personal, único, bello y con jinque. Que pegaba crujíos. Sus hechuras al pararse y recogerse, la mirá en los silencios, su juego con los desplantes sin alharacas… eran sencillamente espectaculares. A veces virando un hombro o con un meneo de cintura nos desbarató las entretelas flamencas de la afición y nos salieron los oles a borbotones. Aquello era un hervidero y él la candela, avivado por un cuadro de altura, un atrás formidable que lo llevó mejor que en brazos durante todo el recital.
Se desquitó a gusto Ñoño luciendo con brillantez en la bulería por soleá, a la que le hizo lo que le dio la gana y todo le sonó bien. Quini despistó haciendo un guiño fandanguero de una letra corta jerezana y después sí se metió en faena caracoleando, Juan se acordó de Carapiera y Quini le respondió en la tierra con ecos agujeteros y de Tío Borrico. Y aunque sirve a veces exagerao, se nota que no es ojana y sus formas me pesquibelan a mí.
Como tampoco se vale de la ojaneta Marco, que es todo verdá. Y lo rezuma a cada paso. La que formó por alegrías no es normal. Pantalón rojo y camisa estampá. Y venga flirteos de pies, de culo, del torso y los brazos, virajes garrapiñaos, arte a raudales, baile mamao, el gesto siempre oportuno, henchido de felicidad plena, salpicao de sal y alegría. Las palmas en las cachas y el pecho, los recortes y contratiempos, los redobles en los desplantes, la originalidad que sale sola, las poses no buscadas, los momentos de magia… En definitiva, eso que llaman duende, que lo atravesó del tacón al flequillo y lo hizo disfrutar como un enano y enamorar a los cabales de Sevilla ante la evidencia del que manda. Quini se miró en Chano y La Perla, Juan en Curro de Utrera y sus alegrías de Córdoba. Marco se marcó una escobilla delicada solo a paseo y brazos, diferente y con elegancia, un silencio que dijo sentencias, las preceptivas bulerías de Cádiz… Él juega en otra liga. Y los que allí estaban lo sabían. Las caritas de los flamencos queriéndose desapuntar de esto, colmás de placer infinito y nubladas de asombro, crearon un ambiente de murmullos y ganas de fiesta que acabó en la Alameda al grito de «come on, girls» de Marco, contento y radiante de felicidad con la satisfacción del trabajo bien hecho.
Ficha artística
Recital de baile de Marco Flores
Peña Flamenca Torres Macarena, Sevilla
21 de enero de 2026
Baile: Marcos Flores
Cante: Juan de la María y Quini de Jerez
Guitarra: Ñoño Santiago






































































































