Las paredes de La Tertulia, el legendario local granadino, son la memoria de casi medio siglo de cultura en la capital nazarí. Poetas, pintores, cantautores, rockeros, gente de teatro, creadores de todo pelaje y condición han honrado este lugar durante 46 años. También los flamencos, cómo no. Y entre ellos, destacado entre las numerosas fotografías enmarcadas, uno que llegó a hacer de La Tertulia su segunda casa: el maestro Enrique Morente.
Ahora que el histórico local anuncia su cierre, debido –según el empresario Tato Rébora, su cabeza visible durante todo este tiempo– al cambio de hábito de la clientela, que ha terminado acostándose más temprano y consumiendo menos bebidas, toca recordar aquel tiempo en que los cabales de Granada, además de en los tablaos, peñas y cuevas del Sacromonte, se daban cita en este santuario de la calle Pintor López Mezquita.
Cuando Rébora conoció a Enrique, muchas décadas atrás, al principio no era más que un cliente amable, hasta que alguien le dijo: “Ese que te cae tan bien es de los mejores cantaores que hay”. No era fácil impresionar al promotor de La Tertulia, que un día podía tener en su local a Rafael Alberti o Mario Benedetti recitando poemas, y otro recibiendo a Paco Ibáñez o Joaquín Sabina.
Pero el encanto de Morente era irresistible: “Me resultaban muy atractivas las preguntas que hacía”, recuerda Tato. “Tú le respondías, se bebía un par de wiskis y al cabo de un rato sabía más que tú. Tenía una increíble habilidad para articular los datos que le dabas y aprender, para asimilar todo lo que le llegaba”.
Así era, desde luego, con la clientela más selecta de La Tertulia: en una foto se le ve al maestro departiendo con uno de los grandes poetas de la Generación del 50, Ángel González. Aquí con otros más jóvenes, como Luis García Montero o Javier Egea… Y hasta con el juez Garzón. “Morente era muy querible, gozaba de un sentido del humor muy divertido, aprendía de todos y todos aprendían de él. Era magnético”, prosigue Rébora. “De hecho, cuando llegaba Enrique, se llenaba La Tertulia. Yo estoy convencido de que se llamaban desde uno de aquellos teléfonos verdes que había antes, cuando no existían los móviles. ‘Oye, que anda por aquí Enrique’. Era un boca a boca, y venían corriendo, claro”.
«Morente no era más que un cliente amable, hasta que alguien le dijo: “Ese que te cae tan bien es de los mejores cantaores que hay”. No era fácil impresionar al promotor de La Tertulia, que un día podía tener en su local a Rafael Alberti o Mario Benedetti recitando poemas, y otro recibiendo a Paco Ibáñez o Joaquín Sabina»

No era, por supuesto, el único flamenco que frecuentó La Tertulia. De su mano arribaron también Vicente Amigo o Arcángel, por citar dos muy cercanos. También se reconocen en las fotos del local rostros como el de los guitarristas granadinos Miguel Ochando o Pepe Habichuela, el percusionista Rubem Dantas o el divulgador Faustino Núñez. O el cantaor y escritor Juan Pinilla, que protagonizó el primer recital de La Tertulia después del confinamiento, acompañado por la sonanta de José Fermín Fernández.
No obstante, una de las grandes aportaciones de La Tertulia a la música bajoandaluza ha sido su papel de conector con la música argentina por excelencia, el tango. Y ahí también tuvo Morente –que aparece incluso tocando el bandoneón en una de las fotos– un papel destacado. Como recuerda Tato Rébora, desde el local se organizó una Bienal de Flamenco en Buenos Aires, que tuvo a Enrique como primer programador. Y en Granada alumbró el Festival de Tango, que ya cuenta 38 años, y cuya primera edición cerró el propio Enrique con un recital de cantes de ida y vuelta. “Era una persona muy abierta”, evoca.
Tan fructífero fue el acercamiento del ídolo al tango que la segunda y la tercera Bienal del Tango de Buenos Aires llevaron el nombre de Enrique Morente. “Después de fallecido, me llevé a sus tres hijos a la puerta del teatro de la capital argentina, con un cartel enorme que eran los ojos de Enrique y la leyenda: Una mirada de Enrique Morente sobre Buenos Aires. Puedes imaginar la catarata de lágrimas que vertimos”.
La relación de Tato y su Tertulia con los Morente fue siempre fraternal. “Me consideraban familia, e iba semanalmente a su casa, que estaba siempre visitada por flamencos”, afirma, mientras muestra una obra pictórica firmada por Aurora Carbonell, la compañera de vida del cantaor. “También lo acompañé muchas veces a Madrid, en las noches del Candela, en un recital del Centro Colón… Nunca olvidaré cuando Enrique oyó a alguien decir ‘hoy canta Morente, a ver si encontramos algo que no sea flamenco. Se enfadó mucho y dijo: ‘Este se va a enterar’. A la hora de salir del escenario, le cambió al guitarrista todo el repertorio para hacer cantes no tradicionales, sino directamente antiguos”.
Tratándose del genio, el ajedrez nunca estaba muy lejos. A la entrada de La Tertulia sigue ahí, a mano izquierda, la mesita de mármol donde Morente instalaba su tablero. “Hace poco, un periodista recordaba haberlo visto sentado a solas. Creía que el contrincante habría ido al baño o algo así, pero Enrique le dijo: ‘No, mientras no llega nadie, estoy jugando conmigo mismo. Aprendiendo”.
También estuvo presente Tato Rébora en una reunión de estrellas en La Tertulia con Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina y Miguel Ríos, “cuando Sabina, con su característica ironía, dijo ‘la verdad es que somos artistas con talento’, a lo que Miguel Ríos respondió: ‘Sí, porque el único genio de nuestra generación fue Morente’. Era el número 1 entre sus colegas”. ♦


















































































