Dicen que sus actuaciones en Madrid se anunciaban con octavillas lanzadas desde una avioneta, o que Federico García Lorca lo admiraba como el mejor fandanguero de todas las épocas, pero se despidió de este mundo viviendo fantasmalmente de sí mismo, como señaló Anselmo González Climent.
Aludo a Pepe Palanca, de quien el jueves, 3 de septiembre, conmemoramos el cincuenta aniversario de su muerte. Fue el segundo hijo habido del matrimonio entre los marcheneros Andrés Lebrón Sevillano y Rosario López García, y nació en Marchena el 22 de diciembre de 1903, pero fue registrado el 1 de enero de 1904, heredando desde pequeño el apodo paterno de Palanca.
Sus primeros ecos surgieron en su tierra natal y en los pueblos de la provincia junto a El Carbonerillo, el Niño de la Huerta o Pepe Pinto, y su primer traje cuentan que se lo compraron los aficionados de Montalbán, lo que no quita para que lo reclamase su paisano y amigo Pepe Marchena en 1929, o que el año 1931 figurara en el espectáculo capitaneado por Jesús Perosanz, donde ya era anunciado en el Circo Price, de Madrid, que regentaba el empresario José Carcellé, como El as moderno o el divino Palanca.
Ese mismo año de 1931 giró por el territorio español tanto con Perosanz como con Angelillo, que lo anunció como el renovador del fandanguillo, actuaciones que, unidas a las grabaciones que había hecho en 1930 con la guitarra de José Revueltas, le permitieron ganar en nombradía hasta el advenimiento de la guerra civil.
Fue un cantaor de los que hicieron afición, y no por su largueza cantaora sino por mostrar la síntesis de lo jondo en un cante en el que escribió con letras de oro un capítulo muy singular: el fandango, como bien volvió a constatar en 1933, en que de nuevo grabó según mi fonoteca personal, pero ahora en Barcelona con Miguel Borrull para el sello Gramófono, firma para la que igualmente impresionó, pero ahora con la guitarra de Manolo de Badajoz.
Sin perder la estela de 1933, ese año forma parte del elenco de la compañía que encabezaba Angelillo. Uno año más tarde, el 10 de julio, contratado por el morisco Gabriel Gallardo (Gabriel de la Cecilia), trabajó en el Cine Victoria, de La Puebla de Cazalla, y el 1 de noviembre de 1934, canta de nuevo en el Circo Price bajo la producción del empresario Alberto Monserrat y en un cartel encabezado por Pepe Marchena.
Pero la actuación más significativa de Palanca tendría lugar en el madrileño Teatro Español, donde el 22 de junio de 1935, el padre de la patria andaluza, Blas Infante, organiza un festival, Exaltación del Flamenco, a fin de obtener beneficios para la financiación del libro Arte y artistas flamencos, de Fernando el de Triana.
A partir de ahí su fama traspasó fronteras, ganó un dinero que luego echaría de menos y le cogió la guerra civil en Madrid, donde vivía junto a su hermano Enrique, para luego, antes de acabar la contienda, regresar a Marchena, desde donde incluso se dice que ejerció de representante artístico de Juanito Valderrama en los albores de los años cuarenta.
Mas después de la guerra, Palanca vio truncada su fulgurante carrera. Quien sentó cátedra en un tiempo –1936 a 1939– en que dictaba lecciones magistrales su paisano, Pepe Marchena, al que le unía la amistad sincera y su amor por el cante pero también por el bacarrá, no podía imaginar que declinarían las galas y todo se iría al garete.
«Pepe Palanca fue un cantaor de los que hicieron afición, y no por su largueza cantaora sino por mostrar la síntesis de lo jondo en un cante en el que escribió con letras de oro un capítulo muy singular: el fandango»
En aquellos años Palanca vivía en Madrid, pero vinieron nuevos tiempos. Los bolos desaparecieron y ya sólo cantaba para las fiestas de amigos, buscándose igualmente la vida como croupier en el Casino de Madrid, hasta que decidió marcharse a Sevilla, confesándole al escritor argentino de San Roque, González Climent, que «en estos diez años de silencio he cantado solamente para un grupo de amigos… Me dediqué a la compraventa de automóviles. Hice una buena fortuna. Y una ruina también. Hoy no tengo un céntimo. Pero conservo el capital de mi cante, mejorado».
En efecto, pero el instrumento no le respondía. Palanca, al que los que bien lo trataron, siempre definieron como bohemio, solterón empedernido, vividor y hombre al que no le cuajaba una peseta en el bolsillo, como lo definió su amigo Manuel Parra Marín, de Montalbán, sólo tuvo un amor reconocido, Rocío, de Madrid, a la que le puso un bar en Marchena, y además tenía la manía de no poder soportar a un cojo, según supimos de Luis Caballero.
Con todo, y pese a estar limitado en sus facultades, participa en el II Concurso Nacional de Cante por Cartageneras (1965), trofeo que ganó Bernardo de los Lobitos y en un año en que igualmente actúa como invitado de honor en Solera, junto a Porrina de Badajoz, al par de figurar en el I Festival de la Guitarra de Marchena (1967), su tierra natal, que, merced a los amigos, le brindó un homenaje, en el Cine Planelles, el año 1974 a fin de recaudar beneficios ante su maltrecha situación económica.
Hay que señalar que ese mismo año de 1974 cantó en la ya desaparecida Peña Los Cabales, de Montalbán, a donde llegó con su amigo Perico Lavado y donde hubo de ser atendido por el médico ante el estado de salud que presentaba, resistiéndose al cáncer de laringe que padecía en el Hospital de San Lázaro, hasta las quince horas del 3 de septiembre de 1976, en que murió en Sevilla a consecuencia de un cáncer de vejiga, quedando sus restos inhumados en el cementerio de Marchena.
Palanca, cual Cid Campeador, prolongó su gloria una vez muerto, ya que el Ayuntamiento de Marchena le rotuló una calle con su nombre, y en junio de 2004, con motivo del centenario de su nacimiento, la Peña Flamenca de Marchena instituyó la I Semana Cultural Flamenca Pepe Palanca.
El cante de Pepe Palanca fue seguido, entre los muchos, por la madrileña Milagros la Macarena, el Niño de la Ribera, Pepe Pinto (Atormentá la conciencia tuya), El Americano (Eres una mujer mu decente), Niño del Museo (Que hizo el nío en tu ventana), Pepe Marchena (Yo tengo perdío el sentío), El Carbonerillo (A buscarme tú has de venir) y Canalejas (Y pa la pobre de mi madre no lo hicieron), cantes que para Valderrama lo mejoran sus innúmeros discípulos.
Esa opinión es contraria a las palabras del propio Palanca, que así se definió ante González Climent: «Me considero único en el cante corto y hablado. Mis altos y mis pellizcos, en los tercios valientes del fandango, son rápidos y ‘elocuentes’. Para entendidos. Nadie, antes o después de mí, ha hecho ‘cante tirado’ mejor que yo».
Ese espíritu lo llevó a la grabación El Cabrero, que impresionó dos estilos: «El primero, muy original, no dicho, sino cantado por lo bajito y sentencioso. Y el segundo, patético y muy flamenco, con tercios desgarrados, de finales cortos pero muy acentuados».
A esta luz, el fandango de Palanca, amasado posiblemente con la levadura cadencial de Corruco de Algeciras, pero cocido en una garganta que combinó por igual la ternura con el dramatismo, podemos conceptuarlo como de muy corto, esto es, contrario a la estilización de líneas melódicas de la época, pero con un sello muy peculiar y letras tan propias que tuvo tras de sí a una legión de seguidores que le rindieron culto, de ahí lo de El divino Palanca. ♦















