Se escuchan a menudo voces airadas preguntándose por qué, llamándose Bienal de Flamenco esta de Sevilla, no figuran en el programa artistas del ramo. Especialmente de cante. Yo entiendo que cualquier programa sea discutible, pero ignoro si no les parecen cantaores flamencos Pedro El Granaíno, Rancapino Chico, Israel Fernández, Dolores Agujeta, Luis El Zambo, Arcángel, Montse Cortés, José Mercé, Duquende, Ezequiel Benítez, Esperanza Fernández o Carmen Linares, por citar algunos a voleo.
Yo no sé si no les parece bastante cantaor flamenco Antonio Reyes.
El chiclanero presentaba un espectáculo irrepetible o “noche única”, taurinamente titulado Seis cuerdas seis. Si unas bienales atrás el guitarrista Dani de Morón se encerraba con varios cantaores, en esta ocasión la proporción se invierte para que sea la voz lo que permanece inmutable en el centro, mientras a su lado se alternan las guitarras.
La primera de la noche, curiosamente, fue la que tocó el propio Antonio Reyes echando muchos redaños a la zambra caracolera, con la flauta cómplice de Juan Parrilla en el acompañamiento, para seguir por el Romance de Juan Osuna y acabar olfateando la Rosa venenosa del coloso de la Alameda. Siempre elegante, pero esta vez un poco más –con traje y pajarita, como un crooner de los de antes–, Reyes se apuntaba así su primer tanto, aunque todavía iba a tardar un poco en templarse al cien por cien.
Con la sorpresa inicial todavía cundiendo entre el público, saltó a las tablas el primer invitado de la noche, y no uno cualquiera. Con Rafael Riqueni, tan querido siempre en su ciudad, transitó Reyes de la granaína a la taranta sin mayores riesgos ni complicaciones, dejando que el maestro de la calle Fabié luciera su poesía digital, dulce y morosa.
Con la joven sonanta de Joni Jiménez acometió a continuación el ascenso a la montaña y bajada al valle de Charamusco por soleá, con el respaldo de tres palmeros y un percusionista excesivamente beneficiados por el volumen, en detrimento de las guitarras que precisamente venían a ensalzar.
«Ole los retro, se oyó gritar en el patio de butacas, pero yo diría que Antonio Reyes es otra cosa, porque para ser retro hay que viajar primero al presente o al futuro, y el chiclanero es más bien un orgulloso habitante del cante de ayer. El guardián de un museo de músicas y letras añejas que cobra vida por el soplo de su arte, pero del que no pretende alterar nada»

Nada impidió, en cambio, que disfrutáramos con Manolo Franco, el más colorido de los tocaores de la noche, tanto por su indumentaria de traje azul como en la paleta barroca de su toque, esta vez puesta al servicio de los tangos del Piyayo.
Y si Franco fue el más colorido, Nono Reyes fue sin duda el más motivado. El benjamín de la cuadrilla no solo parecía consciente de la gran responsabilidad que suponía acompañar a su padre en una cita como esta, sino también de la oportunidad de oro para mostrar sus credenciales en la bombonera del Lope de Vega. Y no la desaprovechó. Su seguiriya, técnica y estremecedora a un tiempo, fue quizá el gran momento de la noche, también por el modo en que impulsó la garganta del cantaor.
Un no demasiado trascendente interludio por bulerías con Joni, Nono y José del Tomate dio paso a las cantiñas, en las que este último deslizó las falsetas de La Ardila para mayor gloria de su padre, Tomatito. El último en comparecer fue Diego del Morao, primero por tangos y luego por bulerías evocadoras del maestro Pansequito, para concluir en una magnífica ronda de fandangos con las seis sonantas en escena. Todavía no había rematado el último, cuando todo el Lope ya se había puesto en pie.
“Ole los retro”, se oyó gritar en el patio de butacas, pero yo diría que Antonio Reyes es otra cosa, porque para ser retro hay que viajar primero al presente o al futuro, y el chiclanero es más bien un orgulloso habitante del cante de ayer. El guardián de un museo de músicas y letras añejas que cobra vida por el soplo de su arte, pero del que no pretende alterar nada. Y eso es lo que desea exactamente el respetable, ver brillar una vez más el mosquito del soniquete encerrado en el ámbar, o el cuchillo de sílex de un quejío rajando el aire. Y solo está dispuesto a medir al artista a través de un canon, el de la ortodoxia.
Este tipo de artista, su propuesta y su público conviven en la Bienal con artistas más audaces, e incluso subversivos, propuestas más arriesgadas y públicos más receptivos a la innovación. Anoche, sin embargo, tocaba lo otro. Eso que según algunos ya no se encuentra, que se ha perdido o está en trance inminente de perderse. Lo dicen, claro, porque no vinieron al Lope de Vega, donde los espectadores fueron felices recibiendo su ración de clasicismo, y un cantaor fue feliz brindándola. ♦
Ficha artística
Seis cuerdas, seis, de Antonio Reyes
XXIV Bienal de Sevilla.
Teatro de la Maestranza de Sevilla
18 de septiembre de 2026
Cante: Antonio Reyes
Guitarras: Rafael Riqueni, Manolo Franco, Diego del Morao, Joni Jiménez, José del Tomate, Nono Reyes
Percusión: David El Gasolina
Palmas: Tate Núñez, Manuel Vinaza, Ramón Reyes






















