Está El Pele y luego el resto de cantaores. Juega en otra liga. Bajó a Sevilla a los benditos maderos de Torres Macarena «porque también hay que estar en las peñas, que son las que le echan el agua y el trigo al flamenco durante todo el año». Se jincó de un tirón hora y cuarto de recital colmao de inspiración, gusto y sensibilidad. Se entregó sin dobleces. «No todo es el dinero». Este gitano menúo se fajó los machos y acarició, dolió, pegó pellizcos y bocaos conformando un ritual de transmisión que zamarreó como un reventón de jondura. La guitarra de filigranas y pulsación rotunda de Niño Seve lo llevó mejor que en brazos durante toda la noche. Entre los dos pusieron la peña bocabajo rubricando de escalofríos una actuación difícilmente superable. El que pueda que empate.
La guitarra acalló el bullicio y el Moreno se encomendó a Undibé desde la escalera tejiendo con su gañote trenzao de melismas dulces los primeros lamentos de la noche. Mientras La luna suelta un suspiro, la afición principió a acurrucarlo con oles, con el mismo calor que El Pele templó su nuez en Sevilla. Y aquí comenzó el cortejo. Y la gloria. Se trajo al duende de la mano y surgió la magia.
Echó con maestría a tierra los bajos rumiando los tercios de dos pares de malagueñas, evocando a La Trini en distintas versiones –entre las que mascó la chaconiana– engarzándolas unas con otras de seguido, comiéndose los hilvanes de los finales y abrochándolas por abandolaos con fandangos de Lucena y el zángano de Puente Genil.
Le dedicó la soleá a la bailaora Carmen Ledesma, allí presente, y a todos los grandes flamencos que Sevilla ha dao, erigiéndole un monumento al palo que ya lleva su nombre. Da lo mismo que se acordara de Alcalá y Talega, de Joaquín el de La Paula, de La Andonda, de Paquirrí, de la Triana del Zurraque o la apolá de El Portugués porque todas arribaron al saco cuya impronta sabe y huele a la fragancia que llega a Córdoba. En definitiva, aquello fue, con mayúsculas, la soleá de El Pele. Sentío, original, preñao de paladares añejos pero moderno y fresco cada vez que abrió la boca. Soberbio. De otro mundo. Pa entregá la cuchara con las embestías valientes por arriba y los descensos tonales que escarbaron los tropezones de los repelucos, sirviéndose de esa envidiable amplitud de registro que empuja del pecho a su tragaero para hacer las delicias del respetable jugando con el cante como le dio la real gana. Se despellejó transfigurándose en la silla, atravesao por la puñalaíta negra que marca el corazón de los gitanos. Y se acordó al ver la foto tras de sí de una letrilla de aquel dúo irrepetible como fue Lole y Manuel.
«Está El Pele y luego el resto de cantaores. Juega en otra liga. Bajó a Sevilla a los benditos maderos de Torres Macarena ‘porque también hay que estar en las peñas, que son las que le echan el agua y el trigo al flamenco durante todo el año’. Se jincó de un tirón hora y cuarto de recital colmao de inspiración, gusto y sensibilidad»
Ya el público estaba loco y lo terminó de ensirocá con una ensalá por cantiñas que pintó entrando y saliendo de los tiempos con un dominio absoluto del compás. El Pele está sobrao. Chorreó un salpicón de espuma entrando en Sanlúcar y abandonándose en Cádiz.
Se quejó sin ostentaciones llorando la seguiriya, recio, sufrío… Perfumó de clavito y canela los muros de la ensolerada peña, que acogió la duca gorda entre sus paredes confidentes de los tormentos oscuros de los flamencos. Masticó el cante. Se miró en Mairena, meció la cabal de El Planeta y pespunteó la herida con el cambio de los días señalaítos de Santiago y Santa Ana. ¡Vaya repaso!
Dio el cerrojazo por fandangos, con sorpresa incluida, cuando empezaron a rifarse tercios entre El Pele y su joven amigo David Carrasco, grandísimo aficionao onubense que espetó los primeros leñazos desde la puerta del camerino y derramó el sabor de Huelva para celebrar sobre las tablas de Torres Macarena que va a ser padre. Se vivieron momentazos de flamencura y empaque que redondearon un recital que guardaré liao en papel de estraza en la talega de los instantes cabales.
El Pele es único, personalísimo, un cantaor de instinto e inspiración. Se trata de transmitir. Son más de setenta años y tiene su mochila llena, el izquierdo rebosante y el gañote pleno de facultades. Es de los pocos creadores que le quedan al flamenco. Lo que hizo allí ni lo sabe él ni lo sabe nadie. Pero quedará tatuado a perpetuidad en la colección de arañazos que llevan mis carnes.
Ficha artística
Recital de El Pele
Peña Flamenca Torres Macarena, Sevilla
18 de septiembre de 2025
Cante: El Pele
Guitarra: Niño Seve















































































