Amparo Correa fue una luchadora en vida, y contra la vida, hasta aquel 22 de septiembre de 2007 en que, cual Cid Campeador, nació una leyenda símbolo de Huelva, de sus fandangos y hasta de su carnaval, y merecía, por tanto, redescubrirle a diario un monumento en su honor que reconociera, además, su valiosa labor educativa y su liderazgo.
Se creó una comisión presidida por su padre, el infatigable Manolo Correa, pero las implicaciones presupuestarias no resultaron fáciles. Parecía que no llegaba el momento. Pero sí, después de dieciocho años que no de ausencia, sino de privación física porque siempre vivirá en nuestros corazones, sus cualidades excepcionales han quedado reflejadas en una estatua que, ubicada en la confluencia de la calle Padre Laraña y la avenida Mis Whitney, va a motivar a las generaciones subsiguientes a ser mejores cada día e inspirar a los presentes a alcanzar sus metas.
Ha sido el 13 de junio, fecha memorable porque marca un día histórico. Anótese que desde 2021, el pleno de la Diputación Provincial fijó el 13 de junio para conmemorar el Día del Fandango de Huelva, haciéndolo coincidir justamente con el nacimiento del cantaor y amigo en el recuerdo Paco Toronjo.
Ese cumpleaños coexiste, asimismo, con la conmemoración de otro hecho revelador y que será muy especial, igualmente, en Huelva: la venida al mundo de María Amparo Correa Beltrán, ‘Amparo Correa’ (Huelva, 1974-2007), la mujer que vivió su presente abrazada a la perpetuidad, pero también la voz que dejó una huella para la eternidad, ya que nadie pudo imaginar hasta dónde alcanzaría su influencia.
«En Huelva se ha consolidado el derecho de la mujer flamenca como derecho humano, porque en respuesta a esa demanda colectiva se ha inaugurado un monumento a quien sigue rindiendo con su obra el más cálido elogio al flamenco femenino»
Así es la historia. Y habrá que reescribirla cuantas veces sea necesario. Si queremos no perder la perspectiva de lo que fuimos, no podemos hacer, pues, que se desvanezcan nuestros recuerdos. Disfrutar de los recuerdos de la vida, deleitarnos con el conocimiento de nuestro pasado, es lo que determina nuestro futuro.
Pero como reflexión complementaria al acto al que he tenido el honor de ser invitado, me permito recordar que si cada 8 de marzo celebramos el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, y lo hacemos desde el marco de un contexto social de libertad, de justicia y de igualdad de oportunidades, en Huelva se ha consolidado el derecho de la mujer flamenca como derecho humano, porque en respuesta a esa demanda colectiva, se ha inaugurado un monumento a quien sigue rindiendo con su obra el más cálido elogio al flamenco femenino.
La escultura, descubierta por Pilar Miranda, alcaldesa de Huelva, se ha erigido en honor a quien representa a una de las mujeres flamencas –cantaora, guitarrista y docente– de la historia contemporánea de Huelva capital. Y no sólo porque atajó el fandango por su cara más compleja asegurando sus contornos, sino porque su vida quedó marcada como una fuente del saber, una lección de sustancia y originalidad, de ahí que la tengamos como la onubense que sembró en las generaciones subsiguientes la semilla del conocimiento.
A Amparo Correa se le ha puesto, por consiguiente, un pedestal porque sus enseñanzas no han caído en terreno yermo. Aquellas voces que conformaron Los Niños de Huelva ratifican que el impacto de la docencia de nuestra protagonista en la sociedad fue inconmensurable, tanto que en la fundación que creó encontramos valores que no admiten cotejo, pues proyectó a incontables embajadores onubenses con nombres como los de Rocío Márquez, Argentina, Jesús Corbacho, Sandra Carrasco o Macarena de la Torre.
A este tenor, se le ha erigido una escultura por haber contribuido con su trabajo a impulsar un proyecto de futuro libre de prejuicios y de discriminación por razón de sexo, pero también porque la significación e influjos de flamencas como Amparo, la historia los ha solido obviar o presentar de manera sesgada.
Por añadidura, se ha descubierto esta obra de arte tanto a quien ha contribuido y conservado el patrimonio sonoro de Hueva como a la que lo ha transmitido a las futuras generaciones, y porque así, la familia Correa Beltrán, se garantiza la respetabilidad y el reconocimiento social de su hija María Amparo, que esbozó, con extraordinario tesón, las líneas fundamentales del panorama presente.
«Hace una veintena de años bauticé a Amparo Correa como La novia del fandango. Aquel aforismo no ha caído en terreno yermo, y desde el 13 de junio de 2025 figura grabado en el pedestal de un monumento erigido a una admirable mujer, comprometida y enamorada de los cantes de su tierra»
Pero, a modo de corolario, se le ha rendido honores con este monumento a Amparo Correa para, mismamente, llamar a la conciencia de todos, a los nativos y a los foráneos, a fin de sensibilizar a la sociedad y reparar los agravios históricos por la exclusión padecida antaño por la mujer en el ámbito de su ejercicio profesional.
Hemos estado presentes, por tanto, en una rotonda que, a partir de ese 13 de junio, va a ser el centro simbólico para el movimiento de la mujer flamenca según Huelva. Los rasgos artísticos escoltada por su propia guitarra, su implicación en la enseñanza y sus cualidades humanas, convierten desde esa fecha a Amparo Correa en un personaje universal, una figura icónica en la que se pueden ver reflejadas todas las mujeres cuyo compromiso con el arte –ora en el cante y la instrumentación, ora en la docencia o en la divulgación– trasciende el tiempo y no están limitadas por el flujo de la cronología.
Así nos la muestra el autor del monumento, Sergio Sánchez, que, a partir de una fotografía tomada por el propio padre, Manolo Correa, en una actuación ante la puerta del Ayuntamiento, no ha concebido un busto, sino una figura que se eleva al futuro bajo cielo onubense. Y no es fingida, es una talla real que cobra vida desde el realismo escultórico, movimiento que refleja la realidad de manera precisa y detallada.
Y es que el escultor –a quien desde aquí felicitamos– da forma a la vida de la artista que es la honra de sus padres, Manuel y María Amparo; el orgullo doble de Pablo, su marido e hijo; el ejemplo para sus hermanas, Laura y Concha María, pero también el referente de la bendita ciudad de Huelva, que puede jactarse por ser la cuna de una flamenca estrechamente relacionada con el logro de la dignidad artística, que no es más que el reconocimiento de ser merecedora del máximo respeto.
Hace una veintena de años bauticé a Amparo Correa como La novia del fandango. Aquel aforismo no ha caído en terreno yermo, y desde el 13 de junio de 2025 figura grabado en el pedestal de un monumento erigido a una admirable mujer, tan comprometida y enamorada de los cantes de su tierra que no cesaba en entregar su vida a la enseñanza porque tenía “la suerte –según me confesaba– de haber nacido en una familia que sentía una fuerte vocación musical”, sin que por ello olvidara lo sufrido por “quienes estaban al acecho del fracaso”, a los que ella ignoraba reconfortando su espíritu “con el trabajo y viviendo sin resentimiento ni rencor”. ¡Sombreros al aire!








































































