Con este último artículo del año quiero desear a todos los lectores de ExpoFlamenco un muy próspero año 2026 y que vuestros deseos se hagan realidad. Y si te toca la lotería, picha, no olvides la conviá.
Ya que el artículo que publiqué el 15 de diciembre pasado sobre la geografía del flamenco ha despertado cierto interés, quiero referirme hoy a las atribuciones que se hacen de los cantes. Veamos qué ocurre en la música académica. Cuando Beethoven compone una sonata para violín y piano, primero la lleva al editor, este la publica y la vende, un violinista la compra y estrena, y en el programa de mano suele aparecer: L. van Beethoven, sonata para violín y piano número 5 en Fa mayor, op. 24 «Primavera». Ahí es na. Autor, plantilla (violín y piano), quinta de las diez que compuso, tonalidad (Fa mayor), número de obra, 24, y hasta el sobrenombre que la tradición le ha consignado: Primavera. Salvando las distancias, cuando nos referimos al repertorio que un cantaor interpreta en un concierto podemos, como mucho, leer en la crítica que cantó, por ejemplo, la soleá de Cádiz. Estilo, supuesta procedencia y ya. En el mejor de los casos se apuntará que cantó la soleá del Mellizo, y sobrentenderemos que el intérprete hizo el primero de los tres cantes atribuidos al genial maestro gaditano. Imaginen que algún día pudiéramos ir a un concierto de cante flamenco y se nos entregara un programa de mano donde aparecieran los estilos que se van a cantar. Si el artista lo tiene a bien se podría detallar el repertorio y, si se tercia, las variantes. Imagínense:
Primera parte
Malagueña grande de Chacón
Tangos de La Pirula
Seguiriya del Viejo de la Isla y cabal de Silverio
Soleares de La Serneta, Frijones,…, etc.
Entiendo que, al ser música de tradición oral, el tema de las asignaciones y/o atribuciones es complicado. Muchas veces ni el propio intérprete sabe de quién son los cantes que hace en un recital. Tal y como dijo Caracol a Velázquez-Gaztelu, “eso que dicen ahora de cante de Fulanito y de Zutanito, yo no entiendo de eso, yo canto lo que me sale de pronto”, seguramente en un afán de marcar las distancias con el rival de su misma quinta, Antonio Mairena.
Seguramente la atribución más antigua del repertorio jondo es el polo de Tobalo, que ya aparece en 1824 cantado por un tal Manuel Bernal, otro es la Caña de Pepe Paradas, cantada por José Vergara, que encontramos en la prensa gaditana del año 1849. La rondeña del Negro, la malagueña al estilo de La Jabera…
«Se entiende que las tres soleares atribuidas a Enrique El Mellizo, o las cuatro atribuidas a Joaquín el de la Paula, son suyas debido a la cercanía en el tiempo, y los que cultivaron esos cantes después de esos maestros los aprendieron directamente de ellos. Ahora bien, ¿quién puede confirmar que ellos no se los escucharon antes a otros creadores que han caído en el olvido?»

En el flamenco, los cantes, como ya comentamos, se atribuyen, bien a su origen geográfico –tangos de Triana, fandango del Albaicín, nomenclatura ciertamente poco fiable y bastante subjetiva por incompleta–, mientras muchos otros están ya atribuidos a sus autores: cante de Juan Breva, malagueña doble del Mellizo. Lo cierto en que en una música que se transmite por el éter, que se aprende escuchando y que no se solía enseñar hasta hace unos pocos años, en general no hay constancia de quién la creó. Por eso la cuestión sería si debemos decir “cante de” o “cante atribuido a”. Es un tema discutido y discutible. Hay cantes cuya atribución está bastante clara. Que las malagueñas de Chacón son del maestro jerezano parece bastante claro. Son fruto de su inspiración, están grabadas en disco, publicadas y con su correspondiente título: malagueña 1 (solo le faltó poner Opus 1). Otro caso es la cabal del Planeta, según atribución de Mairena, recuperada por Pepe Torres y transmitida probablemente por el padre de los Torres, según Bohórquez, directamente del gaditano Antonio Monge.
La tradición suele asignar a un cantaor determinado la autoría de un cante sin tener más constancia que dar por hecho que pertenece a ese cantaor. En ningún sitio aparece que fuera compuesto por él. Por lo tanto, no podemos certificar que ese cante corresponda o haya sido creado por dicho cantador. Se entiende que las tres soleares atribuidas a Enrique El Mellizo, o las cuatro atribuidas a Joaquín el de la Paula, son suyas debido a la cercanía en el tiempo, y los que cultivaron esos cantes después de esos maestros los aprendieron directamente de ellos. Ahora bien, quién puede confirmar que ellos no se los escucharon antes a otros creadores que han caído en el olvido, y que estos maestros recreaban esas variantes sin decir que este cante era de fulanito, sino que simplemente lo cantaban, cosas que ocurren con frecuencia en la música de tradición oral.
Estas atribuciones no dejan de ser un recurso para otorgar a los cantes flamencos cierta categoría de obra de arte. Algo que no ocurre por ejemplo en el jazz, ya que en este género norteamericano, al tratarse de canciones y no de cantes, todas tienen su autor reconocido. Sabemos que Duke Ellington compuso Sofisticated Lady, no hay duda. Ahora bien, ¿quién compuso realmente el fandango del Albaicín? ¿Se trata en realidad de una transformación del verdial de Vélez atribuido a Juan Breva o es creación de Frasquito Yerbabuena? Además, cuanto más antiguos son los cantes, más complicado resulta su atribución a un cantaor o cantaora. Está bien que le atribuyamos dos soleares apolás a El Fillo, pero, ¿realmente estos cantes fueron creados por el cantaor isleño? Es un tema polémico, habida cuenta que, a pesar de los muchos esfuerzos que se hacen por parte de los estudiosos a la hora de asignar cantes a un determinado autor, resulta siempre complicado, al no tener más referencias que las orales.
Y me pregunto cuántos grandes creadores de cante habrán caído en el olvido. De cuántos artistas que han dejado su impronta en determinados estilos no ha quedado constancia alguna, siquiera de su existencia. Por ejemplo, ¿creó algún cante Francisco Pardo, cantador muchos años de la compañía de José María Dardalla y del que sabemos ciertamente que interpretó una nada desdeñable cantidad de estilos en los años cuarenta del siglo XIX? Está claro que, hasta que los payos no inventen la máquina del tiempo y podamos retroceder un siglo o siglo y medio, no podremos aclarar un asunto tan peliagudo como este. Lo dicho, feliz Navidad, próspero año y felicidad. ♦








































































