Ha hecho falta perseguir a Pepe de Lucía algunos meses, pues la agenda del maestro no es sencilla, pero por fin tenemos la cita: un soleado mediodía sevillano, en las proximidades de la Maestranza, el cantaor comparece para conversar con expoflamenco. Claro que una entrevista con Pepe nunca es una entrevista al uso: a lo largo de una jornada completa, habrá que compartir con él un arroz, ir en busca de unos pasteles de Moguer, acabar tomando un café en Triana… Y entre bocado y sorbo, pero también caminando, deteniéndonos en cualquier esquina de la capital hispalense, con mil y una digresiones, irá tomando forma la historia de este hombre de envidiable aspecto a sus ochenta primaveras, testigo excepcional del desarrollo como músico de su hermano, Paco de Lucía, quien vivió con él los años más duros y también la gloria en escenarios de todo el globo. ¿Por dónde empezar? Pues por donde corresponde: por el principio.
– Me gustaría empezar hablando de su padre, que ha pasado a la posteridad como una figura un tanto tiránica, aunque quienes lo trataron de cerca dicen que no era así en absoluto. ¿Cómo lo recuerda usted?
– Nunca mi padre, en la vida, dijo una palabrota. Solo decía “granuja”, “sinvergüenza”, “canalla”, pero de ahí no pasaba. Nos besaba en la mejilla, es un gesto que tengo en la mente a diario. Poco antes de morir, cuando ya se había ido a vivir al lado de mi hermano Antonio, en Aluche, lo vi allí sentado, con sus gafas, tan mayor, y me dijo: “He sido muy desgraciado, me quedé huérfano de chiquitito, vivía en una choza, me daban comida en un cuartel con un jarrillo de lata, y una mujer me guardaba el pan de una semana para otra”. Eso fue lo que contaba al final de su vida.
– Y quería que sus hijos no tuvieran esa vida, ¿no?
– A mí me ponía a estudiar, pero la guitarra me costaba mucho, me apetecía más cantar. En cambio, Paco se comía la guitarra. Tenía un sexto sentido, había nacido para eso. Se ponía a tocar y hacía las falsetas de Ramón antes de que él las aprendiera. Yo me escapaba, le pedía dinero a mi padre por ensayar. Una vez se quejó a mi madre, “mira lo que me dice, que le dé diez duros por una semana de estudio”. [risas]
– ¿Qué otras cosas recuerda de Paco de niño?
– Recuerdo perfectamente su bautizo, el olor del cuero nuevo de los asientos de un coche como los de Chicago de los años 20 en el que nos montamos, que nos había prestado Bocahierro, un taxista de Algeciras. Me despertaron temprano en la habitación en la que dormíamos todos, me arreglaron y me metí en ese coche. Vivíamos en una casa muy humilde que nos había regalado mi tío Manolo, que tenía prostíbulos, en la calle Fuente Nueva, con un váter que era un hoyo nada más y había que limpiarse con papel de periódico, y un baño de zinc que poníamos al sol para calentarlo, y allí nos escamondábamos.
– ¿Quién fue el padrino del bautizo de Paco?
– Un hombre llamado Francisco Alberto, amigo de la familia. Una vez fuimos a su casa en la calle Panadería, y mi madre le contó: “Mire usted lo que ha soñado mi hijo Paco, que a usted lo habían matado”. Y éste le dijo: “Comadre, ¿cómo sueña el niño esas cosas?”. Pues bien, tres noches después el hombre, que se dedicaba al contrabando de café, recibió el alto de la guardia civil, le dispararon con el máuser y logró seguir, llegó a Utrera sangrando y allí murió.
«¿Sabes que Paco dejó de ser de izquierdas cuando ganó sus primeros dos millones de pesetas? (…) Eso dijo, pero él nunca dejó de ser de izquierdas. Mira, yo tenía un reloj de oro que me lo puse en la portada del disco Al alba, ¡y me pegó Paco un broncón! ¿Por qué te has puesto ese reloj de oro? Desde entonces lo tengo guardado. Le parecía una ostentación»

– ¿Cree que Paco tenía algún don adivinatorio o algo parecido?
– Paco tenía poderes y yo también, los heredamos de mi madre. Ella tenía premoniciones todos los días. Y yo a veces pienso en algo, y a la media hora sucede. Una vez Paco fue llorando a mi madre porque su prima Alfonsa le había empujado un gato, y mi madre le respondió: “¡Pero si tus primas Alfonsa y Andrea están muertas!”.
– Su madre, ¿vivía esos episodios con naturalidad?
– Mi madre tenía la costumbre de ponerle mariposas a toda la gente que fallecía en su tierra. No era religiosa, nunca fue a la iglesia, y mi padre menos: se quedaba en la puerta. No estuvo en ningún bautizo, y en ninguna boda.
– ¿Su madre tampoco?
– Sí, vino a Amsterdam para la boda de Paco, y me acuerdo que quería meterse en los shows esos pornográficos, le daba curiosidad, pero la echaban de allí… [risas]
– ¿Le gustaba mucho el flamenco?
– Mi madre quería siempre que le cantara por seguiriyas. Y ella nos cantaba una nana portuguesa que nos hacía llorar. Me consta que Paco la tenía hasta grabada. “Cántala otra vez”, le decíamos. No nos cansábamos de escucharla.
– Se dice que su hermana cantaba también, que acunaba a Paco con coplas. ¿Era así?
– Entonces Paco dormía en la cunita, era el rey, y los demás en catres. A mi hermana le encantaba ¡Ay, La Corales! [canción de Marifé de Triana]. Tenía su carácter, ¿eh? Una vez le picó una avispa, y decía que se iba a morir… Pero no era más que una excusa para marcharse porque la estaba esperando el novio. Y le puse el mote de La de la avispa. Me hacía ir hasta La Junquera a comprarle margaritas, y yo negociaba con ella, “dos pesetas me tienes que dar”.
– ¿Cómo definiría a su hermano Ramón?
– Una persona muy disciplinada. Quería que hiciéramos las cosas bien. La caligrafía tan bonita que tenemos todos se la debemos a él, nos castigaba haciendo planas. “¡Otra plana no, Ramón!”. “¿No? Pues otra más”. El Antonio ya estaba trabajando desde los ocho años, lo llamaron de botones del Hotel Cristina de Algeciras, mi madre lo acompañaba hasta el muelle porque le daba miedo. Volvía cargadito de recortes de milhojas, de pasteles. Yo también iba a la pastelería, les hacía mandados y me pagaban así, con recortes de dulces. Luego los repartía entre los niños de La Bajadilla. Y el que parte y reparte… [risas]
«Cuando murió Sabicas, estábamos en Buenos Aires y Paco se cogió él solo un avión a Nueva York para velarlo. Había una unión muy poderosa. Me dijo: Pepe, estaba solo, él solo allí. Tanto que se habla ahora de él, ¿por qué nadie hizo lo que hizo Paco?»

– ¿Nunca se animó Antonio a tocar?
– Él tocaba la guitarra, tenía mucho aire tocando por bulerías. Hacía la bulería al golpe muy bien, pero se dedicó a lo suyo, a la hostelería, y no quiso ser artista.
– ¿Y su hermana?
– No quería su novio. Y en aquellos tiempos, ya sabes…
– ¿Cuándo se dieron cuenta de que el toque de Paco era algo fuera de lo normal?
– Es curioso, yo nunca me he dado cuenta de que fuera sobrenatural. Solo he pensado en el hermano, con cariño y con respeto. Es ahora cuando me estoy empezando a dar cuenta de lo genial que era. Los dos hemos sufrido mucho solos, en Madrid… Fue muy duro.
– Cuénteme, ¿qué supuso la capital para ustedes?
– Pasamos muchas fatigas. “¡Nos vamos para Madrid! ¡A la aventura!”. Esperábamos una carta de Manolo Cano, que era un guitarrista de clásico, granadino, que no llegó nunca. Y mi padre nos cogió a Paco y a mí en el momento en que despuntábamos un poquito. Fuimos en el tren, recuerdo que paramos en Bobadilla. “¡Hay gaseosa, citronia, refrescos, bocadillos!”. Le dije que nos comprara algo, y me respondió: “No, hijo, no te preocupes, que mamá nos ha echado comida en esta cestita de mimbre”. Era todavía una máquina de carbón, de las últimas, fiuuuu [imita el sonido de las chimeneas]. Llegamos a Madrid y cogimos un coche antiguo que era una preciosidad, los mozos iban de un lado para otro con los carritos. Y mi padre les preguntó: “¿Dónde hay por aquí una pensión?”. “Mire usted, allí enfrente, cruzando la calle grande, está la calle Santa Isabel. Allí encontrará una”. Y allí nos fuimos.
– ¿Y cómo era su día a día allí?
– Salíamos todos los días a andar por Madrid. En todos los lugares a los que íbamos le decían a mi padre que los niños eran menores de edad, y que sintiéndolo mucho no se podía hacer nada. Entonces nos íbamos a la guitarrería de los Esteso. Allí a Faustino o a Mariano les pedíamos que nos compraran una ensaimada o un pastelito en el local de enfrente. Hasta que Faustino le dijo a mi padre: “¿Por qué no vamos a un sitio donde quizá los niños puedan hacer algo?” Era el restaurante Félix, un local de dos plantas en la calle Muñoz Seca. El tal Félix era un hombre muy bueno, vestido de blanco, y nosotros nos poníamos en la puerta de los reservados. “Si algún comensal quiere escuchar flamenco, que pasen los niños”. Allí nos sentábamos, llegaban los comensales y nos daban mil pesetas, dos mil pesetas… Un día nos dijeron que había llegado Nati Mistral con alguien muy conocido del Banco Central. Cuando nos escuchó se le puso una cara de emoción… Era guapísima, nunca me olvidaré de su dentadura. Se le saltaron las lágrimas al escucharnos, Paco tocando y yo cantando, y nos dio seis mil pesetas.
– ¿Qué hicieron con ese dineral?
– Eso nos sirvió para pagar lo que debíamos de comida en la calle Echegaray. Llegábamos a la pensión de noche después de patearnos todo Madrid, compraba mi padre un poquito de queso y de carne de membrillo, y nos acostábamos Paco y yo en una cama igual que esta [señala un espacio reducido], uno encima del otro. Yo encima de Paco, claro, porque pesaba el doble que yo. Así hasta que nos llaman del Ruede la Bola, el programa que José Luis Pecker grababa en el Paseo de La Habana, y ahí pensábamos que podíamos ganar algún dinero. Cuando terminamos de cantar nos aplaudieron y vinieron con un paquete. Paco y yo nos miramos sonriendo, pero venían… Con un mecano y un tren. ¡Otra vez la cara agachada! ¿Para qué queríamos un mecano y un tren?
«Es curioso, yo nunca me he dado cuenta de que Paco fuera sobrenatural. Solo he pensado en el hermano, con cariño y con respeto. Es ahora cuando me estoy empezando a dar cuenta de lo genial que era. Los dos hemos sufrido mucho solos, en Madrid… Fue muy duro»

– Ustedes, como niños que eran, ¿cómo vivían aquellas estrecheces?
– Te contaré otra cosa buena: ya estaba mi padre harto de aquello, cuando salíamos un día de desayunar y le dice Paco: “Papá, tengo un apretón”. “¡Paquito! ¿Otro café, Paquito? ¿otro café?”. Eso significaba que no podía volver a utilizar los servicios de los bares, había que consumir. Y teníamos el dinero contado. “¿Otro café, Paquito?” se convirtió en una frase lapidaria en mi familia. [risas]
– ¿Cuándo cambió su suerte?
– Así seguimos hasta que conocí a Vitorilla, una mujer muy aficionada al cante. A su casa iban Pepe de la Matrona, Alberto Vélez, Antoñita Moreno… Fuimos a las Cuevas de Nerja con Vitorilla en un coche americano que nos puso en el que venía también su perro, Tiznao. Venían mi padre, Antonio El Bailarín… Yo conservo el teléfono rojo que teníamos en la calle Ilustración, de estos de pared, donde mi padre le echó una bronca a Valderrama, la más grande del mundo, porque Paco estuvo ensayando con él más de un mes y al final se llevó a Niño Ricardo. Si tú vieras a mi padre, la bronca que le echó…
– El que se fue con Valderrama fue Ramón, ¿no?
– Sí, fue el primero en irse de casa, con Valderrama, con Marchena… También tengo en casa una carta que le escribí a mi hermano Ramón en 1958 o por ahí, pidiéndole unas gafas para bucear. “Yo te las voy a pagar a plazos, Ramón”. Y el título de la carta era “Carta de pedir” [risas].
– A usted el primero que le da una oportunidad es José Greco, ¿no?
– Sí, un día aparece José Greco por casa de Vitorilla, mi mentora en Madrid, y dice que quería llevarme a América. Me hizo una enorme ilusión, ya había cumplido yo 16 años y me fui con Greco. Y a la semana estaba yo haciendo con Greco el show de Ed Sullivan. Me volví a España, en un avión que se caía en medio del Atlántico (la azafata me dijo “nos vamos a morir todos”) y luego regresé a Estados Unidos. Recuerdo que estaba en el Hotel Bristol, me había duchado y me llamó Greco para que bajara a cenar. Lo hice y encontré a Greco junto a un hombre de negro con camisa blanca. “Pepe”, me dijo, “te voy a presentar a un amigo, se llama Rocky Marciano”. Y le di la mano como a un amigo más, como a tanta gente que me presentó, el campeón de los pesos welter, el jefe de Coca-Cola en el mundo, un hombre también muy grande y alto… Y lo mismo, le di la mano como si tal cosa.
– Es conocida la historia de cómo usted protestaba todo el rato para que Greco se llevara también en la gira a Paco, hasta que lo logró.
– Después de darle mucho la lata a Greco, conseguí que en Denver me tocara el hombro y me dijera: “Tu hermano llega mañana a Chicago”. Fui a darle un abrazo, pero se revolvió, porque lo tenía frito, y además no necesitaba a un tercer guitarrista, porque ya tenía a Manolo Barón y Ricardo Modrego. Cuando llegó a Chicago se movieron los flamencos de Albuquerque y de todos sitios, porque tan joven como era, ya tenía renombre. De paso, llegó para mí el primo de Zumosol, porque en la compañía había un tipo, Astigarraga, que hacía baile vasco con Greco, y un día me cruzó la cara. Cuando Paco llegó, ajustó cuentas con él, ¡imagínate, en aquella época se nadaba entera la Bahía de Algeciras!
«Nos llaman del Ruede la Bola, el programa que José Luis Pecker grababa en el Paseo de La Habana, y ahí pensábamos que podíamos ganar algún dinero. Cuando terminamos de cantar nos aplaudieron y vinieron con un paquete. Paco y yo nos miramos sonriendo, pero venían… con un mecano y un tren. ¡Otra vez la cara agachada! ¿Para qué queríamos un mecano y un tren?»

– También se dice que ustedes estaban discutiendo siempre. ¿Eran muy peleones?
– Yo era el que le lavaba la ropa, el que cocinaba para él, y más de una vez el director del hotel, un hombre grande con el pelo blanco, nos pilló y nos abroncó gritando “No cooking here!”. Yo cocinaba en el cuarto de baño, todo el espejo lleno de tomate frito… Le echaba las culpas a Paco y luego él me cogía en peso como un fardo y me tiraba al otro extremo de la habitación, salía volando, aunque caía siempre en la cama. Era el triple que yo, pero sabía dónde iba a caer.
– ¿Usted le llamaba “Gordito”?
– Sí, y Mambrú. “Mambrú se fue a la guerra, qué dolor, qué dolor, qué pena…”. Y no le gustaba, apretaba los dientes, “¡te mato!”.
– Y a usted, Pelleja. ¿Por qué?
– Esa fue la Loli, la Gitana, que venía y estaba siempre metida en mi casa, vivía con nosotros. Trabajaba en una fábrica de conservas, cuando le tocaba cobrar quería irme con ella y no quería, “pues me das una peseta o te tiro al suelo”. “Bueno, vente”. Y cuando llegamos le dije que tenía que darme dos pesetas. “¿Que te dé dos pesetas? ¡Pelleja, que eres un pelleja!”. Y ahí se me quedó. Hasta la Carmina Ordóñez me llamaba así.
– En la gira americana con Greco es donde se produce el encuentro crucial con Sabicas. ¿Cómo recuerda usted al maestro?
– Me quedaba dormido cantándole a Sabicas, porque yo era un niño de 16 años en Nueva York, todavía no había venido mi hermano Paco. Me despertaba, porque Sabicas fumaba mucho y yo de pronto no podía respirar, me miraba y se reía. Ha sido uno de los mejores guitarristas del mundo, además de una persona adorable.
– Para Paco fue también un gran descubrimiento, ¿no?
– Sí, pero primero lo conocí yo, que eso no lo dice nadie. Paco también lo quería con locura, y él a nosotros, como su hermano Diego. Cuando murió Sabicas, estábamos en Buenos Aires y él solo se cogió un avión a Nueva York para velarlo. Había una unión muy poderosa. Me dijo: “Pepe, estaba solo, él solo allí”. Tanto que se habla ahora de él, ¿por qué nadie hizo lo que hizo Paco?
– ¿Qué otros guitarristas le gustaban entonces a Paco, aparte de Sabicas y de Niño Ricardo?
– A Paco le gustaba mucho Cepero, decía que era quien mejor tocaba para cantar. Éramos muy amigos, venía también a la guitarrería y nos compraba ensaimadas. Ha ganado muchísimo dinero tocando la guitarra.
«A Paco le gustaba mucho Cepero, decía que era quien mejor tocaba para cantar. Éramos muy amigos, venía también a la guitarrería y nos compraba ensaimadas. Ha ganado muchísimo dinero tocando la guitarra»

– El tablao Las Brujas, ¿fue el primer trabajo serio que tuvo usted en Madrid?
– Sí, allí iban todos, los artistas, los políticos, todos caían, los mejores artistas del mundo, Elton John, que era una mala copia de Nino Bravo… Era un sitio muy recóndito, donde no había problemas de peleas ni jaleos ni historias. Y había un plantel de mujeres muy guapas, entre las cuales conocí a Pepi, mi mujer por derecho.
– ¿Ha conocido a muchos políticos que chanelen de flamenco?
– El Ministerio de Cultura no sabe ni lo que es una soleá. Una vez canté en la Zarzuela y saludé a Adolfo Suárez, porque era vecino mío, que estaba a punto de marcharse. Le pregunté por qué se iba tan pronto, y me dijo: “Me voy, porque mañana se firma la Constitución”. Le deseé suerte y me respondió: “La voy a necesitar, porque no ha cambiado nada”. Una vez coincidí en Huelva con Zapatero y no me dio ni los buenos días. Me dio la impresión de que era un hombre sin escrúpulos. Manolo Chaves sí, su mujer es de San Roque y siempre hemos tenido buena relación. A Guerra también le gustaba mucho el flamenco, sobre todo la guitarra: una vez en un Ave me hizo abrir una y enseñársela, porque me dijo que su hijo tocaba. Yo los llamaba el Clan de la Tortilla. Y Felipe también tuvo muy buen trato con nosotros. Su hermano era muy amigo de mi hermano Paco. En mi casa se le admiraba mucho, era muy mairenero.
– ¿Fue alguna vez a la famosa bodeguilla?
– Sí, claro. Una vez coincidimos con él, nosotros viniendo de una gira y él venía de Sudán. Traía un libro muy grande, y quiso regalárselo a mi hermano, que adoraba los libros. “Fírmamelo, Felipe”, le dijo, y éste se rio. “En todo caso tendrías que firmármelo tú”. Luego viajamos juntos hasta Sevilla. Era muy aficionado, le gustaba mucho el cante. El día que murió el padre de Felipe, mi padre nos llamó veinte veces para asegurarse de que le habíamos mandado el telegrama de condolencia. Ahora la mayoría de los políticos son de Castilla y León, pero, ¿qué hay por allí? No hay ni salamanquesas.
– Hombre, algo habrá…
– [risas] Me estaba acordando de una vez que Paco se vino a un Rocío conmigo, y estábamos con Luis de Algeciras, Luis el Gordo, El Zambo, Tomatito, Potito, los Marismeños, Diego Pantoja, que tenía mucha gracia… Y el Zambo le dijo a Tomatito: “En Almería no hay ná”. El pobre se puso blanco, amarillo, verde… Le pilló de sorpresa la guasa aquella. También recuerdo que Herminia [Borja] cantó para rabiar, y Juanini el de los Marismeños bajó con una cogorza y nos pidió a todos que nos calláramos, “¿queréis escuchar un poquito?”. ¡Y estábamos todos en silencio escuchando a Herminia! [risas]
– ¿Y la Casa Real, es tan flamenca como dicen?
– He ido mucho a la Zarzuela, porque a Felipe le encanta el flamenco. Recuerdo que le decía a mi hermano, “tú eres como yo, Ramón, de los buenos, nacimos el mismo día”. El rey Felipe fue el primero que vino cuando llegó el cuerpo de Paco de América. Yo estaba ante el féretro y me tocó el hombro por detrás, lo vi vestido de negro con todo el respeto. Me cogió por los hombros y me dio el pésame. No era cualquier cosa. ¿Sabes que Paco dejó de ser de izquierdas cuando ganó sus primeros dos millones de pesetas?
– Eso parece que dijo, como si fuera una contradicción. Pero creo que, por actitud y convicciones, nunca dejó de serlo en el fondo.
– Sí, nunca dejó de ser de izquierdas, aunque cuando empezó a ganar dinero hizo esa declaración. Mira, yo tenía un reloj de oro que me lo puse en la portada del disco de Al alba, ¡y me pegó Paco un broncón! “¿Por qué te has puesto ese reloj de oro?”. Desde entonces lo tengo guardado [risas]. Le parecía una ostentación. ♦
[Continúa en parte II]




































































