Desde no hace mucho, Rocío Márquez (Huelva, 1985) desaparece de los escenarios en agosto. Es un tiempo que dedica al descanso, a la creación, y a la preparación de lo que viene. Lo que viene, en septiembre, es la puesta de largo en los escenarios de Himno vertical, su disco más reciente, publicado a finales de la primavera pasada y en el que, de forma autoproducida y acompañada por el guitarrista Pedro Rojas Ogáyar (Torres, Jaén, 1984), de formación clásica y amplio arco de práctica que le hace desenvolverse con soltura entre lo más clásico y lo más experimental, han compuesto un ramillete de temas que abordan el duelo y la intimidad del dolor que éste produce. Fue concebido cuando estaban atravesados por la pérdida: Rojas Ogáyar, la de su padre; Márquez, de Nuria, una prima hermana mayor, quien le enseñó a cantar fandangos y con la que compartió aventuras y aprendizajes.
Después de una dilatada carrera en los escenarios desde que debutase con nueve años en la Peña Flamenca de Huelva, y con diez discos propios a las espaldas (además de infinidad de colaboraciones), Márquez da un paso más en su necesidad de buscar la libertad creativa partiendo de lo que mejor conoce: el flamenco. El 17 de septiembre lo presentará en Vic, en el marco del Mercado de Música Viva. Después podrá verse en los escenarios de Bruselas, Cádiz, Córdoba y Granada, entre otros.
– Un año y pico antes de la publicación de ‘Himno vertical’ nos vimos en Madrid y entonces me dijo: Tengo varios proyectos. Yo decido los proyectos en función de cómo se me coloca el cuerpo». También me habló de que estaba trabajando sobre poesía vertical. ¿Qué fue lo que se le colocó en el cuerpo para tirar por ese camino en lugar de otros proyectos?
– Sí, entonces también estaba investigando sobre el fandango a partir de una cosa que hicimos para Arco [la Feria de Arte Contemporáneo de Madrid] relacionada con la película de Remedios Malvárez. Me costó mucho tiempo decidir, porque el fandango es la primera melodía que aprendí y tiene todo un vínculo con la tierra, con mi familia, con Nuria. Me ponía a cantar por fandangos y no me encontraba, así que pensé: “Por aquí no es, tengo que encontrar otra forma”. Al final fue a través de la polifonía. No sé si eso me dará para otro proyecto, pero ya estoy empezando a probarlo con otros palos. Cuando me reuní con Pedro [Rojas Ogáyar], empezamos hablando de nanas y de los hijos que no vamos a tener. La no maternidad también se puede contar desde muchos lados. Estuvimos con esa idea sobre la mesa, pero cuando improvisamos, el libro que yo tenía como ancla era el de Poesía vertical. Improvisé con eso y, al buscar rima y métrica a esos versos libres, terminó siendo lo que es ahora.
– ¿Cómo conoció a Rojas Ogáyar?
– En un homenaje a Saramago en el Lope de Vega, que organizó Rafael Villalobos en 2022. Nos conocíamos de saludarnos, pero nunca habíamos compartido escenario. Esa vez tampoco tocamos juntos, pero a ambos nos interesó lo que el otro hacía. Y desde hacía tiempo teníamos pendiente vernos, tomar café, sin presión, pero para interesarnos por un posible encuentro cuando fuera el momento. Lo de Villalobos fue como una señal. Bueno, y como anécdota queda que el primer encuentro que tuvimos, en una cafetería en Sevilla muy especial, se alargó tanto que perdimos la noción del tiempo y empezamos a recibir llamadas de nuestras parejas pensando que nos había pasado algo… Luego, el verano pasado empezamos a trabajar: en junio nos vimos, en agosto ya estaba todo y en septiembre empezamos a grabar. Fue muy rápido, normalmente mis procesos creativos son más lentos.
«Siento que ‘Himno vertical’ viene de un lugar distinto al que he usado antes para crear. La conexión con quienes ya no están es muy fuerte. Pedro estaba viviendo el duelo por su padre y yo el mío, y eso nos unió en la improvisación. Es como una vía limpia, de sanación y calma»
– Sin embargo, un tiempo antes ya mencionaba ese interés por la poesía vertical…
– Cierto. Diría que el proceso ha sido rápido en la ejecución, pero llevaba dos años acercándome a ese libro. Lo llevaba en el bolso, lo leía en ratos libres y lo regalé a personas cercanas porque me estaba revolucionando por dentro. Pero a las cosas hay que darle su tiempo, dejar que ocurran, porque van calando y al final sale lo que tiene que salir. Después, cuando por fin coincidí con Pedro, ambos estábamos en Sevilla y nos veíamos tres veces por semana, de diez de la mañana a siete de la tarde. Ahí cabe mucho.
– ¿Esa intensidad del proceso creativo tuvo que ver con la manera en que ambos trabajan?
– Sí. Somos muy de tirar millas y no esperar demasiado. Además, este proyecto es muy íntimo, solo estamos los dos. Cuando hay varias personas involucradas es mucho más complejo, hay que combinar agendas y todo eso.
– ¿Cómo eran esas primeras improvisaciones?
– Muy largas, más de media hora cada tema. Decidimos escucharlas solo una vez juntos para evitar memorizarlas. Yo improvisaba música leyendo versos de Poesía vertical, que es verso libre. Después, al repetirlas y condensarlas, mi estructura flamenca me pedía rima, fuimos estructurando en palos, y ahí nacieron letras nuevas. Hay cosas preciosas que te regala la improvisación. En algunos casos repetía una frase durante veinte minutos, como el Acaba penita, acaba, que conecta con un fandango que cantaba Nuria y que fue de los primeros que canté en una peña flamenca.

– En marzo hicieron una presentación de Himno vertical en vivo, desnuda y muy íntima, en Santander, en el Centro Botín, en el que respetaron bastante la estructura de los temas, aunque se alargó en tiempo comparado con la grabación. Sin embargo, desde entonces han estado preparando una versión escénica del disco para llevarlo a espacios más amplios y públicos más numerosos a partir de septiembre. En una conversación, Pedro Rojas-Ogáyar nos decía que siente que cada presentación va a ser un concierto único. ¿Cómo están preparando esa versión escénica?
– Yo siento que Himno Vertical está muy vivo, que tiene que dar 25.000 vueltas. Yo también tengo la misma sensación que Pedro. El concierto de Santander nos sirvió para dejar clara la estructura y probar cuáles son los espacios en los que la película puede empezar a dilatar, dejar que fluya la improvisación, que será lo que marque los conciertos. También podíamos haber vuelto al inicio, que es el dejar que cada concierto fuese una gran improvisación, pero hemos elegido mantener la estructura de los temas.
– En el disco hay malagueñas, fandangos, bulerías, soleá, seguiriya, guajira, tangos… ¿Hubo una idea predefinida de los palos que quería tocar? ¿Por qué componer en estas estructuras y no en otras?
– Es muy bonito, porque a mí lo que me ocurre es que cuando escuchaba tocar a Pedro, cada música me llevaba a un lugar, a un palo, y Pedro me seguía. Ya después, todo se va definiendo y ajustando. Pero, por ejemplo, la seguiriya, Arde, salió tal cual desde el principio. Luego también hubo momentos en los que Pedro improvisaba en un compás de 4×4 y a mí me llevaba a juguetear por guajiras y pensamos que casaba perfecto. Va surgiendo. No nace de algo mental, fue todo muy experimental.
«Uno sabe cuándo ha estado acompañado. No hace falta ponerle nombre ni explicarlo demasiado. Lo bonito de contarlo es reconocer la suerte de no haber estado sola. Pero también, si te abres a lo mágico y hermoso, te abres al dolor. Van de la mano»
– Las letras de todos los temas que aparecen el disco tienen una coherencia temática en torno al duelo y la pérdida, y el proceso personal que se sigue cuando ocurre. Además tiene una estructura que podría decirse incluso cronológica de ese duelo. Pero el segundo corte, el fandango titulado Apariencia, parece girar en torno al desamor…
– Esa letra la cantaba Nuria y es de los primeros fandangos que yo canté en la Peña Flamenca de Huelva. Parte de ahí y luego tiene otro desarrollo, se va a otro lado. Remata con la letra Acaba, penita acaba, de la cartagenera… Me parece un ejemplo interesante de las cosas que te regala la improvisación, porque de repente me resonaba esa frase y, no sé, en la primera improvisación me pude llevar veintitantos minutos enganchada en el Acaba, penita acaba. La parte intermedia del tema se coloca en el amor romántico, gira más en torno a aprender a querer y esto implica que en el camino a veces estamos sufriendo, porque identificamos con el amor cosas que no son amor, que son apegos. Igual lo que yo he llamado amor era apego y soltarlo y que se convierta en algo más tranquilo me ha costado mucho sufrimiento, y eso engancha con el final.
– Esta idea de colocar letras flamencas en otros palos también está en la malagueña, Ausencia, que toma versos del pregón del Niño de las Moras.
– Es que hay letras populares que tienen una fuerza arrolladora. Esa letra, Ay, papito mío, que me he perdío y se me han roto las alpargatas y me he clavao un cristal, cuenta lo que se siente cuando estás en la noche oscura del alma, pero está dicho de una manera tan bonita, tan poética, pero a la vez, tan popular, tan cercana… Yo en las improvisaciones intenté no ponerme límites de lo que pegaba o no pegaba. Sí es verdad que ha habido un filtro para intentar redondear las letras, en el que me ayudó la poeta Carmen Camacho, y si algo me hubiera estorbado, habría ido afuera, pero al final todo va encajando. Ha pasado algo muy mágico con este disco.
– Esto se relaciona con los dictados. En el disco se recogen tres, vertebrando la colección de temas, y tras la publicación del disco ha reflexionado mucho sobre la idea de la autoría, sobre si la creación es consciente o no. ¿Cuál ha sido su experiencia?
– Estoy convencida de que las letras me las dictan, no de otros mundos, sino desde dentro, como dice el primer Dictado. Siento que Himno vertical viene de un lugar distinto al que he usado antes para crear. La conexión con quienes ya no están es muy fuerte. Pedro estaba viviendo el duelo por su padre y yo el mío, y eso nos unió en la improvisación. Es como una vía limpia, de sanación y calma. Uno sabe cuándo ha estado acompañado. No hace falta ponerle nombre ni explicarlo demasiado. Lo bonito de contarlo es reconocer la suerte de no haber estado sola. Pero también, si te abres a lo mágico y hermoso, te abres al dolor. Van de la mano. ♦







































































