Una fría tarde de noviembre, la del 19, recogí a María Vargas en su casa de Jerez para que me acompañara a grabar un programa especial del Temple y Pureza en Mairena del Alcor, con motivo del Día del Flamenco (16 noviembre). La cantaora sería la artista invitada de la grabación, amadrinando una nueva edición donde participarían otros artistas como Caracolillo de Cádiz, Remedios Reyes, Juan de Mairena y Antonio Carrión. Aprovechando el traslado a la cuna de Antonio Mairena, quien entregó a María el Trofeo Columbia en su día, la Casa del Arte quiso recibir a la maestra para rendirle honores y tomarle la silueta de sus manos para incluirlas en el Paseo del Flamenco, donde ya dejaron sus huellas otros como Fosforito, Matilde Coral, Pepa Montes o Ricardo Miño.
Así las cosas, llegamos a Mairena sobre las seis de la tarde, para estar al menos una hora con los amigos de la entidad que cada año organiza conjuntamente con el Ayuntamiento la semana cultural flamenca en torno a la final del concurso y el festival. Había interés en contar con María Vargas, y sé que también lo hay en tener ese testimonio alegórico de Manuel Morao: sus huellas. Recibieron a María entre abrazos, con muchísimo cariño, y nos dispusimos a subir las escaleras para que en la planta de arriba de la Peña tomáramos un café, un trozo de tarta y echar un rato de tertulia.
María, que es –por decirlo de una manera cariñosa– una matriarca para ExpoFlamenco desde nuestros comienzos, sigue manteniendo una estrecha relación con la mayoría de colaboradores de esta casa. Desde que se montó en el coche, a eso de las cuatro y media de la tarde, hasta que se bajó, pasadas las doce de la media noche, no tuvo un mal gesto, una mala palabra, una exigencia… Todo facilidades. Ganas de reírse. Ganas de vivir. Eso sí, que a nadie se le olvide que es una gran artista de una época en la que se cuidaban los pequeños detalles, y ella los agradece. Antes de arrancar camino a Mairena, me dio una bolsa con carne de membrillo, para que tuviera algo para comer cuando llegara a casa de madrugada.
«Se creó un momento para el recuerdo. Se estaba haciendo justicia con una de las más relevantes cantaoras de la historia del cante gitano, que sigue viva y con ganas de más. (…) Habló de su pasión por el cante. Su época de festivales con los más grandes, cuando inauguró el Tablao Canasteros de Madrid»
Ramón de Mateo, nieto de Mateo Soleá, nos acompañó. Es un joven inquieto, muy aficionado al cante. Se puede hablar con él de cómo era la soleá de Juan Talega, la seguiriya de Tío José o la malagueña del Mellizo. Unos dieciocho años tiene y ya hace algunos recitales, compaginando sus primeros pasos en la profesión con sus estudios. Es muy respetuoso, un viejo, y por eso le gusta estar con los mayores. En la Casa del Arte Flamenco de Antonio Mairena nos esperaban, sobre todo a María, el presidente de la misma, Manuel Jiménez Ríos, y miembros de su directiva. Luego llegó el alcalde de la localidad, Juan Manuel López Domínguez, así como la concejala de Flamenco, Gloria Rosario Guillé, y el compañero Kiko Valle. Por supuesto, el escultor e imaginero mairenero Ventura Gómez, encargado del precioso ritual y de hacer la obra. Allí María era feliz, se mostraba como una niña pequeña con zapatos nuevos. Recuerda los carteles que compartió con la familia Mairena, con Antonio y sus hermanos. Decía que no recordaba la última vez que fue a la tierra del maestro…
No cabía en sí. Y los que allí estábamos, igual. Se creó un momento para el recuerdo. Se estaba haciendo justicia con una de las más relevantes cantaoras de la historia del cante gitano, que sigue viva y con ganas de más. Una vez que acabamos allí, nos fuimos andando para el Teatro Municipal Calixto Sánchez para grabar lo que al principio comentamos. María fue la última en salir, qué menos que poner el cierre por todo lo grande. Habló de su pasión por el cante, sus recuerdos eternos hacia su padre, y el resto de su familia. Su época de festivales con los más grandes, cuando inauguró el Tablao Canasteros de Madrid. Su dedicación a la cocina, con la que se evade muchas horas del día para que su gente coma bien: «Hago desde la más tradicional hasta la más sofisticada». Cantó una serie de letras por bulerías con la guitarra de Antonio Carrión, que también estaba presente celebrando sus cincuenta años en los escenarios, por lo que fue un gran momento.
Quisimos parar a cenar, pero eran más de la once y ella quería llegar a casa lo antes posible, como Ramón y yo. Y camino para Jerez, contándonos ella más y más anécdotas, enseñándonos fotografías de sus nietas, pensando en tomar un vaso de leche antes de dormir… ¿Leyenda del cante o una gitana humilde y sencilla? Todo a la vez, María Vargas.

















































































