Cuando quienes nos representan institucionalmente NO están a la altura de las circunstancias, la desazón generada es difícil de contener, es decir, «cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto» (Georg C. Lichtenberg). Por eso coincido con Charles de Gaulle en aquello de «he llegado a la conclusión de que la política es demasiado seria para dejarla en manos de los políticos». Dejémonos de citas célebres y vayamos al turrón. Pero antes, quede claro que este texto no es la línea editorial de expoflamenco, sólo la opinión personal de quien firma. Por favor, las pedradas que pueda provocar deben ser para un servidor.
El pasado jueves nos levantamos con la dolorosa noticia del fallecimiento de Antonio Fernández Diaz ‘Fosforito’, y quien esto escribe está absolutamente de acuerdo con todas las virtudes y excelencias que sobre él se han manifestado en redes sociales, declaraciones, artículos e informativos (pocos, muy pocos y con escasa repercusión, pero claro, esto es flamenco y ya no nos espanta la invisibilidad). No pretenden estas líneas hacer una glosa de la figura del Maestro, sencillamente porque no hace falta, Fosforito lleva setenta años justificando su valía.
Hoy 16 de noviembre celebramos el llamado «Día del Flamenco», porque la Unesco tuvo a bien declarar a nuestra expresión artística como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. El Diario Córdoba ofrece hoy un suplemento por tal conmemoración, pues se cumplen quince años. Un servidor ha tenido el gusto de colaborar con un extenso artículo, y si usted, que lee estas líneas, se hace con un ejemplar y es capaz de aguantar el tostón de ese texto, podrá comprobar que pedimos respeto en el trato para el flamenco, porque el cante no es entretenimiento, es CULTURA. Nuestra cultura.
Fosforito, en vida, siempre manifestó su gratitud por los reconocimientos recibidos; desde la insignia más modesta de una peña flamenca hasta la Medalla al Mérito en las Bellas Artes del Ministerio de Cultura, o la V Llave de Oro del Cante. El valor para Antonio estaba en el cariño de los aficionados, porque es ahí donde queda la memoria y anida el corazón.
La discusión sobre la valía o no de los premios es algo que queda para las tertulias de aficionados, esas que nos dan vidilla. Pero que nadie se llame a engaño, existe una responsabilidad institucional que debe atender sus obligaciones, porque de alguna manera las instituciones manejan nuestras vidas. En esta ocasión –otra vez– nos han fallado.
«El flamenco necesita que de una vez por todas se le trate con la importancia que merece. El feo se lo han hecho a Fosforito, pero a él poco puede importarle ya, y su familia está inmersa en el dolor de la pérdida por lo que no está para estas tonterías. Lo que sí es irreparable es el daño al flamenco, una vez más»
Empecemos por lo bueno. Pudimos ver en la capilla ardiente al presidente de la Diputación de Córdoba, al diputado provincial de Cultura de la provincia de Málaga, y a los alcaldes de Málaga, Puente Genil y Córdoba. Claro, tratándose de Fosforito, si hubiesen faltado los representantes de Córdoba y Málaga, hubiésemos tenido que llamar a la guardia civil. Por justicia, tenemos que aplaudir la manera con que el Ayuntamiento de Málaga ha tratado la pérdida de este genio de nuestra cultura. Francisco de la Torre, alcalde de Málaga, ha sabido entender el precio que pagamos con la pérdida de Fosforito, y su implicación ha superado las normas institucionales, pues el afecto, cercanía, cariño y atención prestadas han puesto de manifiesto que la concesión del título de Hijo Adoptivo que la ciudad le dedicó al Maestro el pasado febrero no fue un trámite institucional, sino un gesto hecho con el corazón de la ciudad malagueña.
Pero ¿dónde estaba el director del Instituto Andaluz del Flamenco? Sí, ¡¡¡el director del Instituto Andaluz del Flamenco!!! ¿Y qué hay de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía? ¿Y el Ministerio de Cultura? Es vergonzoso y desolador, ver cómo el flamenco sigue siendo la cenicienta de todas las artes, tal y como manifestase el propio Fosforito hace justo cinco años. A ver si nos enteramos: la noticia del fallecimiento de Fosforito, un genio del cante, es de tal importancia para nuestra cultura que es para que hubiese abierto los telediarios del país, pero no, usted solo ha visto en la tele que ha muerto Encarnita Polo (que en gloria esté). Ahí es donde seguimos estando.
¿Proclamamos el valor cultural del flamenco en el mundo a través de la Unesco y nuestros máximos representantes no aparecen? Fue Paco Vallecillo quien registró la Llave del Cante para la Consejería de Cultura en 1984, por lo que el Gobierno andaluz tiene la potestad para otorgar el galardón. Merecimiento que como todos sabemos recayó en Fosforito en 2005, y es ahí donde la sorpresa nos da en la cara. Nuestros representantes políticos tienen la obligación de estar, somos parte de la identidad andaluza y la imagen cultural de España en el extranjero. El flamenco necesita que de una vez por todas se le trate con la importancia que merece. El feo se lo han hecho a Fosforito, pero a él poco puede importarle ya, y su familia está inmersa en el dolor de la pérdida por lo que no está para estas tonterías. Lo que sí es irreparable es el daño al flamenco, una vez más.
Mientras escribimos estas líneas, nos llega la información de que las consejeras de Cultura y Economía se personaron en la capilla ardiente a primera hora del viernes, lo cual nos reconforta, pero no es suficiente. Si acudieron se debió dejar demostración gráfica de la visita, no porque el cantaor lo necesitase, y ni mucho menos para gloria del político. La fotito sirve para testimoniar que los máximos representantes de nuestra región atienden institucionalmente al último valedor de la Llave del Cante, galardón que otorgó la propia Junta y que sus responsables deben respetar para ser coherentes con su discurso. Para colmo, parece ser que Juanma Moreno estaba en Málaga el viernes, pero su agenda parece que no contemplaba el despedir a Fosforito en su funeral. Vaya por Dios. Si el fallecido hubiese sido Antonio Banderas (Dios lo guarde mil años) hubiese habido pasarela y desfile de los altos cargos de la Junta por la Iglesia de San Pablo. Que alguien me explique para qué sirve la inclusión del flamenco en el estatuto andaluz, y para qué se hace el paripé de la tan cacareada Ley del flamenco, si luego quienes nos representan no están donde su cargo les obliga. En el fondo seguimos siendo unos catetos.
Pero si atronadoras eran las ausencias políticas, más dolorosa fue contemplar la espantada de los propios flamencos. David Pino, el Pele, Julián Estrada, Pepe de Campillos, Francis Bonela, Gregorio Valderrama, Jorge Vílchez, Vicente Cáceres como cantaores, y Manuel Silveria, Antonio Soto, José Juan Pantoja y Manolo Santos como guitarristas, fueron de los pocos que pudimos ver acompañando al Maestro (ruego me perdonen si me dejo algún nombre atrás). Ni rastro de los que hoy llamamos primeras figuras del flamenco, ni tampoco de los de mitad de la tabla; ahora, el postureo en redes no ha faltado. Tampoco vimos al sector de la crítica especializada, exceptuando a Gonzalo Rojo, claro. Desde luego uno ve estas cosas, y se muerde de rabia los puños del camisón. El único de los grandes que se personó en la capilla ardiente fue Miguel Poveda, y puedo asegurar que se marchó visiblemente afectado. Miguel también es grande en sensibilidad, y el Mediterráneo corría por sus mejillas cuando abandonaba el ayuntamiento.
Ya termino y no les incomodo más, solo queda dejar claro un par de cosas. El artículo no tiene coloración política por mi parte. Y por último, reflejar que este texto no responde a una rabieta pero sí a un estado de decepción. Cuando la hipocresía, la de todos, se normaliza empezamos a estar perdidos.
Texto: Miguel Ángel Jiménez Valverde








































































Gracias Miguel Ángel por tu escrito, No solo es despedir a un trabajador de la cultura de nuestra tierra, un referente, un profesor. Es una oportunidad para estar en la historia de un país en un episodio triste y grande, la despedida a Antonio.
Muy interesante. Gracias
Cuanta verdad en este escrito. La hipocresía y el postureo en redes está normalizado, junto con el poco respeto que se tiene al flamenco y a los flamencos. Una pena que se hayan perdido todos los valores. Así no vamos a ningún sitio, bueno rectifico, así vamos a la ecatombe.
Señor Jiménez, cuanta razón lleva usted en su artículo. Qué pena de nuestro flamenco. A pesar de ello, nuestro arte no muere y en mi opinión, creo que con el tiempo recobrará el brillo que siempre ha tenido y gente como el maestro Antonio Fernández Díaz y otros grandes estarán orgullosos en su día. Eso espero, a pesar de nuestra panda de inútiles.