La prestigiosa Cátedra de Flamencología y Estudios Folclóricos Andaluces de Jerez ha nombrado por votación de sus miembros a la cantaora Mayte Martín (Barcelona, 1965) Premio de cante en esta edición. Siendo Mayte catalana, hay que reconocer el asociado mérito añadido, aunque cierto es que la ciudad de Barcelona es el lugar de residencia de una numerosa comunidad de andaluces cuyas familias emigraron en las décadas 50 a 70 en busca de empleo.
Mayte, ganadora de importantes premios nacionales, como son los de La Unión o de Córdoba, es una de las cantaoras más artísticamente honestas de los que hay actualmente en activo. El discreto traje oscuro con camiseta negra. El cabello gris sin teñir. Sin maquillaje. Una puesta en escena de lo más austera y elegante para entregar cante de lujo. En esta cantaora le brillan su inteligencia y sabiduría. Hemos escuchado a los cantaores con voces roncas y dudosa dentadura. Y oquéi, vale, no necesariamente disgustan, sino que son detalles que dan cierto color y sustancia al producto, a la vez que aportan credibilidad. Seguimos viviendo la época de la fusión de lo rancio con lo contemporáneo, una receta que a menudo cunde sabores ricos sin perder el hilo flamenco.
«La voz blanca de Mayte Martín gusta a los que suelen preferir el cante rancio, porque no es dulzura melindrosa sino doliente. O como dice este reclamo publicitario de pintalabios que acabo de leer, un tono fuerte hecho sencillo, porque lo icónico nunca envejece, sino que se redefine»
Pero el camino de Mayte es otro. A primeros de los años 80 salía la cantaora frecuentemente por la tele cantando a una bailaora, ¿sería La Tani?, y fue con estos programas que me enganché a la catalana. Fue la más importante cantaora de aquella región en una época en la que los catalanes empezaban a diversificar su oferta de la popularísima rumba catalana de Peret, Antonio González y otros intérpretes para abrir las puertas al arte jondo más variado con figuras como Duquende o Miguel Poveda, que siguen triunfando hoy día. Tenía amigos gitanos catalanes que llamaban la bulería “la rumba de los andaluces”.
Mayte Martín, cantaora singular a la vez que rigurosamente clásica. Logra esa difícil condición de ser original dentro de lo clásico, alcanzando algo personal suyo, partiendo de formas que hoy en día algunos llamarían históricas. La gran máquina del flamenco cumple su misión cuando esta mujer contemporánea, de carrera impecable, nos conmueve sin más “adorno” que un guitarrista hecho a su medida, como los que le han acompañado a lo largo de los años, Juan Gómez “Chicuelo”, Raúl “El Perla”, Juan Ramón Caro, Alejandro Hurtado, José Gálvez o José Luis Montón, entre otros, diversos colores, maestros de la sutileza, con armonía contemporánea, o la misma Mayte que se acompaña a sí misma con todo el valor y tranquilidad del mundo. También es notable su álbum de boleros con el Moncho, o su colaboración con el pianista Tete Montoliú, ambos desaparecidos. Durante una temporada cantaba al baile de Belén Maya, hija del maestro Mario Maya.
La voz blanca de Mayte gusta a los que suelen preferir el cante rancio, porque no es dulzura melindrosa sino doliente. O como dice este reclamo publicitario de pintalabios que acabo de leer y que casualmente describe bien el planteamiento de Mayte Martín: un tono fuerte hecho sencillo, porque lo icónico nunca envejece, sino que se redefine.








































































