Miguel Poveda vuelve a situar el flamenco en el nivel que merece: el de un arte culto y mayor. Así lo demostró el pasado jueves 30 de octubre en el Cartuja Center de Sevilla, donde puso el broche final a la gira de su magistral Poema del Cante Jondo. Allí estuvimos y volvimos a estremecernos ante un monumento sonoro que enlaza la música jonda con la figura eterna de Federico García Lorca a través de su célebre obra poética, que el cantaor ha llevado por teatros de toda España durante los últimos dos años.
Estas líneas no pretenden ser una crítica al uso, sino una valoración de la relevancia de este artista catalán en la dignificación del flamenco. Ya hace algo más de un año apuntábamos una primera reflexión al respecto, que hoy retomamos para ampliarla con convencimiento renovado.
En un mundo en el que la subvención pública corre por sus anchas debido a la manipulación de los representantes de turno, en el que predomina el engaño en los datos de asistencia de público para cubrir el expediente y en el que las carencias organizativas son el padre nuestro de cada día, aparece un señor a taquilla y ante tres mil personas es capaz de, durante más de dos horas y con un emocionante y respetuoso silencio, proponer un espectáculo de cante flamenco de muchos quilates. Un espectáculo perfectamente enhebrado de principio a fin con el que Miguel vuelve a certificar su indiscutible valía cantaora, exquisito gusto por lo estético –en lo musical y en lo literario– y un dominio de la escena que impresiona. Todo ello aderezado por un extraordinario grupo de músicos que a través de la guitarra, palmas, percusión, coros y jaleos nutren de indiscutible calidad musical la propuesta cantaora. Y por si esto no fuese suficiente, Miguel complementa lo musical con una encantadora y espontánea locuacidad en la que no falta de ná: referencias a su infancia, familia y trayectoria vital que consiguen conectar aún más con un público absolutamente entregado.
«Poveda se sube al escenario con un nivel de responsabilidad y de (auto) exigencia máxima, consciente del enorme patrimonio artístico que custodia, yendo directamente al grano: emocionar al público. Y vaya si lo consigue. Además, con la plena libertad que le otorga una trayectoria artística de más de tres décadas, un conocimiento exhaustivo de lo musical y una cabeza muy bien amueblada»
Cuánto me alegra saber que Miguel durante estos últimos dos años haya estado dignificando el flamenco por nuestras Españas. Un arte aún muy necesitado en la tierra que lo vio nacer de una profunda revisión que le permita desterrar de una vez por todas manidos clichés, actuaciones indeseables e intromisiones interesadas. Sinceramente, lo que más me gusta de él es su talante. Desde un incuestionable y sagrado respeto hacia el flamenco y su visión profesional, se ve que le importa un pimiento lo insustancial y superfluo, eso por lo que los aficionados solemos rellenar ríos de tintas en las redes sociales creyéndonos los más fieles guardianes de la cultura jonda. Poveda se sube al escenario con un nivel de responsabilidad y de (auto) exigencia máxima, consciente del enorme patrimonio artístico que custodia, yendo directamente al grano: emocionar al público. Y vaya si lo consigue. Además, con la plena libertad que le otorga una trayectoria artística de más de tres décadas –se dice pronto–, un conocimiento exhaustivo de lo musical y una cabeza muy bien amueblada.
Eso es dignificar lo jondo: elevarlo sin pedir permiso… y lograr que el público lo confirme en pie. Quien es capaz de conmover a tres mil personas por soleá o por seguiriya en pleno siglo XXI no necesita demostrar nada a nadie. Eso solo ocurre cuando hay verdad, trayectoria y conocimiento. Y a Miguel Poveda le sobran los tres.
Saludos flamencos.







































































