La exploración del universo de la guitarra de acompañamiento sigue siendo, todavía hoy, uno de los territorios menos transitados del vasto mundo flamenco. Tal vez por complejo, tal vez por un hábito cultural que relega su protagonismo, este arte de permanecer siempre detrás —y, sin embargo, sostenerlo todo— ha recibido menos atención de la que merece. Se han publicado libros, no obstante, artículos y monografías sobre grandes guitarristas, subrayando su faceta de acompañantes como parte natural de una carrera prodigiosa. Otros trabajos han querido rescatar, en exclusiva, la memoria de una vida entregada a este noble arte, como el reciente volumen que José Manuel Gamboa dedica a Pepe Habichuela (2025) o el que José Manuel Suárez Japón, otrora rector de la UNIA, consagró a Manuel Morao (2014). Empero, pocas veces se ha entrado a valorar cuestiones relativas a prestigio, economía o subalternidad en lo tocante a este campo.
En 2005, movidos por menosprecios estructurales hacia la figura del guitarrista de acompañamiento —menosprecios que se enraizaban tanto en el mundo de la producción como en el estrictamente artístico—, publicamos un artículo en la revista El Olivo que pretendía encender luces sobre estas sombras. Señalábamos entonces cómo, en no pocos carteles, el nombre del guitarrista brillaba por su ausencia, mientras el cante o el baile acaparaban todo el espacio, alimentando un divismo y una jerarquía que no se han sostenido históricamente sobre la realidad artística. Denunciábamos también la desigualdad sangrante de los cachés: un reparto sin equidad ni lógica cualitativa, guiado más por especulación y costumbre que por justicia, y que colocaba a la guitarra junto a los parias del flamenco, percibiendo, en muchas ocasiones, apenas una mínima cantidad con respecto al salario de la figura contratante.
Dos décadas después, la situación ha variado en cuestiones esenciales, pero, ¿en qué medida se mantiene cierto sesgo discriminatorio? Hay un frente, eso sí, que puede darse por casi periclitado: el de los tablaos. En 2005 suponía una rareza que un negocio flamenco diera de alta a sus trabajadores. Durante décadas, en Sevilla, Málaga, Granada, Madrid o Barcelona —con honrosas excepciones— se trabajaba sin seguridad social, quemando la voz, los pies o las manos por cantidades que no guardaban proporción alguna con el esfuerzo, y que ni de lejos alcanzaban lo estipulado en cualquier convenio colectivo.
Hoy, casi la totalidad de los artistas de tablao están dados de alta. Los sueldos, en algunos casos, han multiplicado por cuatro o por cinco sus cifras de entonces y las condiciones generales han mejorado ostensiblemente respecto a veinte años atrás. Sin embargo, esta conquista no ha llegado tanto por la lucha organizada del colectivo afectado —escasa o muy aislada, quizá debida al temor a represalias por parte de ciertos “patrones” que ejercieron durante décadas un caciquismo vil e impune— como por la presión de las inspecciones de Trabajo y Seguridad Social, brazo de la Administración que ha ido cerrando el cerco.
Traemos aquí este apunte económico para aterrizarlo en el terreno que nos ocupa: el toque de acompañamiento. Los tablaos han experimentado una mejora evidente… pero ¿qué sucede con los festivales, con determinadas agencias de contratación, con las actuaciones concretas? ¿Persiste la brecha abismal en los cachés? ¿Continúa el guitarrista de acompañamiento relegado? ¿Hay una distancia notoria que infravalora al guitarrista de acompañamiento al baile con respecto a sus compañeros?
La investigación que realizamos hace dos décadas se topaba con un muro: la prudencia —o el silencio— de los propios guitarristas fuera de los ámbitos privados. Con todo, en 2005 basamos nuestras conclusiones en unas cincuenta entrevistas a tocaores ―y subrayamos el masculino por ser en aquella época aún territorio muy masculinizado, aunque ya contásemos con la contundente presencia de Antonia Jiménez, Bettina Flater y Celia Morales―. Este nuevo estudio de 2025 se apoya en un número similar de testimonios, lo bastante diverso en procedencia geográfica y estilos como para proporcionar unas conclusiones perentorias.
«La guitarra de acompañamiento es mucho más que una mera acompañante a diferencia de otro tipo de músicas donde las guitarras son más testimoniales. Es la verdadera conductora de un recital o espectáculo, la que marca el rumbo y sostiene la estructura invisible que lo mantiene en pie»
Juan Habichuela y la ironía de la (no) culpa
Juan Habichuela nos aguardaba en el hall del Hotel Carmen de Granada una luminosa mañana de verano de 2006. El legendario tocaor reposaba en mitad de un inmenso sofá iluminado por la pertinaz luz que proporcionaba una alta claraboya y rodeado de una pléyade de admiradores que habían viajado desde Málaga para escoltarlo, casi bajo palio, durante su estancia en la ciudad de la Alhambra. Destacaba entre el grupo, por su locuacidad y por ejercer de anfitrión del resto, el ya desaparecido Alfonso Queipo.
La entrevista, que intentábamos conducir con sosiego, se veía interrumpida una y otra vez por las entusiastas intervenciones de aquellos acompañantes que invocaban sin cesar la “santísima pureza” de lo gitano, la “razón incorpórea” de Mairena y otras proclamas por el estilo. Paradójicamente, estas patochadas —de tinte racista y anacrónico— suelen proceder argumentalmente de labios no gitanos y funcionan como un reflejo condicionado para el resto.
El patriarca de la casa Habichuela, todavía con la memoria intacta —poco después empezaría a resentirse—, nos regaló un caudal de anécdotas hilarantes junto a Camarón y Paco de Lucía, Fosforito, Mairena o Caracol. Al evocar a este último, y tras lanzar una mirada plena de intención a los asistentes, confesó con solemne franqueza que acompañarlo le llenaba más porque “le pellizcaba” en mayor medida que otros cantaores. Aquellas palabras hicieron que sus amigos se miraran creyendo vislumbrar una comparación tácita con Mairena y que, llenos de complicidad, aplaudieran mientras se retorcían de gusto en los asientos.
En ese instante, en previsión de que las expresiones llegaran a su cénit, le solté la pregunta:
—Pero, maestro, pase lo que pase en un escenario, la culpa es siempre del guitarrista, ¿verdad?
Juan Habichuela soltó entonces una carcajada sonora, rompió el círculo de complicidades y se vino hacia mí con los brazos abiertos. La respuesta iba implícita en el abrazo con que zanjó cualquier duda. Porque el maestro albaicinero, aun consagrado, había sufrido lo indecible al lado de figuras tan deslumbrantes en lo artístico como soberbias en lo personal, que no dudaban en descargar sobre el guitarrista todo el peso de la culpa de sus propios fallos.

Un bosquejo de las cualidades tocaoras
Con esta anécdota retrocedemos inevitablemente a las mismas conclusiones que ya esbozábamos en 2005: la guitarra de acompañamiento —y conviene aclarar que hablamos de artistas de indiscutible competencia— es mucho más que una mera acompañante a diferencia de otro tipo de músicas donde las guitarras son más testimoniales. Es la verdadera conductora de un recital o espectáculo, la que marca el rumbo y sostiene la estructura invisible que lo mantiene en pie. El guitarrista es conocedor profundo de las múltiples técnicas del instrumento y canalizador de los infinitos aromas, aires, sabores y soniquetes que habitan en el rico acervo estilístico del flamenco.
Es explorador minucioso de los rincones de cada cante, y a ese conocimiento suma un prolífico manejo de las distintas escuelas, de las formas diversas de abordar cada palo según los sentires y sensibilidades de quien lo interpreta, moldeando su toque a las exigencias cambiantes de cada momento sin traicionar nunca su propia esencia, su personalidad imbatible. Es creador de armonías y sostén emocional, acumulador de tensiones y responsable último de que el torrente del cante y el baile fluya con naturalidad. Es, si se me permite la metáfora, la columna jónica que sostiene el libro sacro donde el obispo, calzado con tacones, oficia el rito, esa sagrada comunión de palmas, jaleos, armonías, danza y cantes, que es el flamenco mismo.
En el baile, la guitarra es doctorada en los infinitos vericuetos que este añade a la música, poseedora de una memoria prodigiosa y de una capacidad de ensayo que nunca puede eludir, pues de este factor depende que los espectáculos se levanten y lleguen a buen puerto. Cuando el bailaor se detiene o desdobla hacia atrás el ritmo, la guitarra mantiene impertérrita la base. Cuando el cantaor recurre al silencio, la guitarra introduce una falseta. Cuando dice un cante, la guitarra acompaña, recoge, enmienda el compás, maquilla desafinaciones, luce, ensalza, enjoya… y así, siempre. No existe descanso posible en el oficio del acompañamiento. Es el Sancho Panza que escolta al caballero andante, aquel que baja los pies a la tierra para aterrizar las fantasías del que levita con sus desafines y síncopas trasnochadas. “Nosotros estamos obligados a enderezar al que se va de ritmo y maquillar al que desafina”, nos confesaba el guitarrista Paco Cortés tras recibir el premio a mejor acompañante del Festival del Cante de las Minas de La Unión 2025.
Este cúmulo de atributos se corona con una genialidad musical innata, pulida y ennoblecida por el tiempo, la disciplina y esa soledad imprescindible que han evocado, con la hondura de quien conoce su precio, Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar y cuantos tocaores de altura han hablado en libros y entrevistas de su universo más íntimo.
El/la tocaor/a es criatura forjada en incontables horas de encierro y recogimiento, en duelos callados con la técnica, en una lucha silenciosa contra límites que parecen inamovibles. Ha soportado frustraciones sin número y ha celebrado, como quien atesora un bien divino, cada pequeño triunfo que su esfuerzo le concedía de forma gradual.
Esa soledad primera, fértil y exigente, se transforma más tarde en la vigilia de la peña, en esa universidad sin aulas donde se reúnen los cabales, en veladas donde mujeres y hombres repiten los mismos cantes con devoción litúrgica, como si en cada repetición se afilara el cuchillo de la verdad jonda. Y allí comienza a obrarse el milagro: el momento en que la guitarra se entrega por entero, lanza su órdago a la música, extiende un manto, arropa todos los estilos y extrae de la raíz del quejío ese jugo que guardará para sí, esa esencia que le acompañará toda la vida.
Pongan ustedes, queridas y queridos lectores, el nombre que más se acomode a lo descrito, pues aquí no tratamos de abstracciones, sino de personas que han suplido su oficio con una dignidad artística extraordinaria.
Establecido este pórtico de nombres y memoria, es momento de rendir cuentas y exponer las conclusiones del análisis de campo, a modo de ensayo de carácter sociológico que ilumine, con el rigor que merece, cuán “cambiaítos están los tiempos” para la guitarra de acompañamiento.
«Es, si se me permite la metáfora, la columna jónica que sostiene el libro sacro donde el obispo, calzado con tacones, oficia el rito, esa sagrada comunión de palmas, jaleos, armonías, danza y cantes, que es el flamenco mismo»
La guitarra de acompañamiento ha hablado
Como ya hemos escrito más arriba, la encuesta se ha realizado a medio centenar de guitarristas flamencos, entre los que se cuentan tocaores habituales de primeras figuras del cante y del baile en el panorama internacional; intérpretes de ámbito más reducido, vinculados a círculos peñísticos o con escasa presencia en festivales; jóvenes que pugnan por abrirse un hueco y veteranos al borde de la retirada; mujeres guitarristas, titulados superiores en guitarra flamenca y habituales de los tablaos. El propósito: extraer una visión global que abarque todos los matices y realidades que circunscriben el ejercicio del acompañamiento.
Conviene insistir, aunque huelgue decirlo, en que el objetivo de este artículo no es sembrar discordias o polémicas estériles, sino tomar el pulso a la guitarra de acompañamiento y plantear un debate antiguo y muy legítimo: el de la mejora salarial allí donde corresponda. En un mundo regido por la justicia y la equidad —así lo entiende este que escribe—, la guitarra debería recibir una consideración económica superior a la que todavía hoy tiene estipulada. Pero veamos qué opinan los y las protagonistas.
Ante la siguiente pregunta: “En una escala del 1 al 10, siendo 1 muy poco, y 10 mucho, ¿en qué medida crees que ha gozado de prestigio la guitarra de acompañamiento a lo largo de la historia del flamenco?” La media de las respuestas daba un 6,14, siendo llamativo cómo guitarristas veteranos han puntuado una media de 4, y los más jóvenes rondando el 7. Es decir, los jóvenes perciben su época como más proclive al reconocimiento del toque de acompañamiento, mientras que los veteranos, que conocieron a los tocaores históricos, no comparten esa apreciación. En cuanto al prestigio de la guitarra de acompañamiento en la actualidad, llama la atención la tendencia inversa, es decir, los jóvenes consideran que hoy está peor valorado el toque acompañante, y los veteranos puntúan más alto. Curioso dato del que podemos extraer conclusiones.
La siguiente pregunta produce una respuesta afirmativa en todas las personas encuestadas al preguntarles si su nombre ha sido omitido en carteles donde solo se ha anunciado al cantaor o cantaora, bailaor o bailaora que contrataba sus servicios. Y en una escala del 1 al 10, la mayoría confiesan que sigue ocurriendo con cierta frecuencia, rondando el 6 de media, aunque ha disminuido esta tendencia con el tiempo, según hemos podido constatar por voz de los implicados. Esta es una de las cuestiones donde más claramente se manifiesta ese sesgo o menosprecio que todavía hoy existe hacia la guitarra de acompañamiento.
La pregunta cuarta rezaba así: “Hace 20 años, la mayoría de los tablaos o salas donde se ofrecía una programación de flamenco a diario no aseguraban en la Seguridad Social a sus trabajadores, ¿con qué frecuencia crees que se sigue repitiendo este patrón? Puntúa del 1 al 10, siendo 1 muy poco, y 10 con mucha frecuencia”. La respuesta ha sido muy clara, una media de 3, lo que muestra que en ese terreno se ha avanzado muy favorablemente. En la pregunta número cinco, una mitad ha contestado que son trabajadores autónomos fuera del ámbito del tablao, frente a la otra mitad que son asalariados. En cambio, la frecuencia con que se les da de alta en las actuaciones varía ostensiblemente entre los tocaores que trabajan con figuras de alto caché a quienes no, siendo la media de los primeros un 9 y la de los segundos un 3.
Y ahora vamos con las preguntas más comprometidas. La número seis dice: “¿Crees que, en general, está bien pagado desde el punto de vista económico el oficio del guitarrista de acompañamiento? Utiliza nuevamente la numeración del 1 al 10, siendo 1 la valoración más negativa y 10 la valoración más positiva”. La media de las respuestas ronda el suspenso con un 4,2, siendo las puntuaciones más bajas de los guitarristas más veteranos, y las más altas, de los guitarristas jóvenes. Otro dato de edad a tener en cuenta.
La pregunta séptima dice así: “Con respecto al caché del cantaor o figura principal, valora en qué medida consideras que el sueldo que percibe el guitarrista se corresponde con el esfuerzo/papel que desempeña en el conjunto de un espectáculo/recital. Responde del 1 al 10, siendo 1 poco, y 10 mucho”. En este caso, en correspondencia con el criterio de edad que se produzco en la anterior pregunta, la puntuación baja hasta el 3,7. Es decir, la mayoría consideran que perciben una cantidad muy inferior a la que corresponde a su esfuerzo y aportación. Cabe añadir, nuevamente, que la puntuación de los tocaores que trabajan con figuras de caché alto disiente notablemente del resto.
Avanzando hacia la siguiente pregunta, formulamos de esta manera: “¿En qué medida estás de acuerdo con esta frase: “La guitarra de acompañamiento es la columna vertebral del flamenco, la pieza base sobre la que descansa todo el ejercicio del cante y el baile, y sin cuya presencia el edificio se desmoronaría”. Responde del 1 al 10, siendo 1 poco de acuerdo, y 10, muy de acuerdo”, la mayoría han dado un 9 o 10, siendo la media 9,3.
Preguntamos ahora por la guitarra de acompañamiento al baile, y el 95 por ciento de los encuestados consideran que está peor pagada que la de acompañamiento al cante, en función del trabajo que requiere. En cuanto a los ensayos y su remuneración, teniendo en cuenta el tiempo que se invierte en los mismos, la mayoría están de acuerdo en señalar que no están bien pagados, siendo la media de las respuestas de 2,7 sobre 10, es decir, una puntuación muy baja. En la siguiente pregunta analizamos si se pagan los ensayos del cante, y la suma de las respuestas dan una media de 1,5 sobre 10, de la que se extrae una conclusión sumamente negativa. Con respecto al baile, la media sube algo más, llegando hasta el 3,2. Nuevamente debemos establecer diferencias entre quienes trabajan para compañías con caché elevado o alto presupuesto.
La pregunta doce, aunque pueda resultar irónica, encierra una triste realidad. Dice así: “Juan Habichuela, en una entrevista que hicimos en 2006, aseguraba que le habían echado muchas veces la culpa intérpretes del cante y el baile de errores solo aplicables a ellos mismos. ¿Con qué frecuencia te ha ocurrido esto desde tus inicios? Por favor, puntúa del 1 al 10, siendo 1 con poca frecuencia y 10 con mucha frecuencia”. Desafortunadamente es un patrón que se sigue repitiendo, arrojando una media superior al 6, si bien la mayoría reconocen que la frecuencia ha ido disminuyendo con el tiempo.
Por último, una pregunta exclusiva para las tocaoras que se formula así: “Como mujer y guitarrista, ¿has percibido alguna vez discriminación, comentarios sexistas o machistas, dentro del mundo flamenco? Valora del 1 al 10, siendo 1 con muy poca frecuencia y 10 con mucha frecuencia”. No deja de resultar curioso y significativo que las guitarristas de mayor edad puntúen con entre 9 y 10, mientras que las más jóvenes se queden entre el 5 y el 6, siendo, en cualquier caso, una valoración alta y, por tanto, negativa en materia de discriminación aún existente en ámbitos flamencos.
«La guitarra de acompañamiento al baile está peor pagada que la guitarra de acompañamiento al cante, según se desprende de lo analizado. Los ensayos no cuentan, en la mayoría de las veces, como trabajo remunerado, y el nombre de la guitarra, en un porcentaje todavía inadmisible, sigue sin aparecer en muchos carteles, limitándose a las figuras del cante y del baile»

A modo de conclusión
Aunque apreciamos cambios significativos tocantes a la profesionalización, mejoras sustantivas en las condiciones laborales y de altas en la Seguridad Social, junto con mejora progresiva de las condiciones generales, apreciamos que siguen siendo pobres algunas áreas específicas. Si bien, como mencionamos en este artículo, la encuesta está muy focalizada en determinados aspectos relativos al oficio y remuneración de la guitarra de acompañamiento, y no hemos tenido en cuenta vectores como la autopercepción del grado de dificultad/dureza de su trabajo por parte de los agentes implicados, entre otras omisiones, para volcarnos en la cuestión puramente artística, de especial incumbencia para los aficionados, la muestra puede darse por válida por el cuidado que hemos puesto en la cantidad de consultas y la diversidad geográfica y estilística.
Como observamos, existe aún una brecha salarial grande respecto a las figuras principales que se acentúa especialmente en artistas de caché medio y bajo, frente a figuras de caché alto que, por norma general, y tal como refleja la estadística que manejamos, aplican unas tarifas que las guitarras puntúan muy por encima de los anteriores.
Según testimonios recogidos a la luz de esta investigación, existen, de forma aislada, artistas de gran renombre que aprovechan su estatus y la admiración de jóvenes tocaores (hablo en masculino porque no hemos recabado otros datos al respecto) para pagar cantidades absolutamente ridículas que no incluyen siquiera gastos de viaje y alojamiento. Resta decir, en este particular, que no es nuestra intención crear una lista negra de “explotadores”, sino señalar un lamentable hecho que existe y se produce por parte de personas muy conocidas y admiradas. El factor admiración se considera a nivel de público, no, desde luego, por parte de este que firma el artículo.
La guitarra de acompañamiento al baile está peor pagada que la guitarra de acompañamiento al cante, según se desprende de lo analizado. Los ensayos no cuentan, en la mayoría de las veces, como trabajo remunerado, y el nombre de la guitarra, en un porcentaje todavía inadmisible, sigue sin aparecer en muchos carteles, limitándose a las figuras del cante y del baile, y relegando a un segundo plano a las “sonantas”, a pesar de que la práctica totalidad de las personas encuestadas perciben su instrumento musical como la columna sobre la que se sustenta el arte flamenco.
Mención aparte requiere el aspecto sociológico/político relativo a las mujeres guitarristas que arroja datos tristes sobre la discriminación que sufren aún en un mundo tan históricamente masculinizado como el de la guitarra. No obstante, la tendencia a la baja ofrece ciertas esperanzas en el futuro. ♦
Texto: Juan Pinilla (Granada)
→ Juan Pinilla Martín es cantaor, lámpara minera del Festival de Las Minas en 2007. Nominado al Grammy Latino en 2014. Licenciado en Traducción, Literatura Hispánica y Literatura Comparada. Tiene estudios en Derecho, Políticas y Filosofía. Máster en Estudios Literarios y Teatrales. Doctorando en Filología Hispánica por la Universidad de Granada. Ha publicado más de 500 artículos y entrevistas de materia flamenca en diferentes medios.





































































Como siempre, Pinilla conocedor de lo que está hablando sabe lo que dice y se le entiende muy bien. Luchador de buenas causas y correctos sus análisis. Gracias