Vivimos días de trileros y de magos de los que se les descubre el truco desde el gallinero. Malos tiempos para la lírica, que cantaban Golpes Bajos. Pero en Paradas (Sevilla), al finalizar el mes de junio, son días de seguir recordando al cantaor Miguel Rubio Vargas. Y hacemos acento en el verbo seguir porque su figura flamenca y su perfil de emperador romano no se le cae a los aficionados paradeños de la memoria, así que pasen mil años. O así que transcurran veintiocho años desde su muerte. Que se nos han pasado en un suspiro, en un abrir y cerrar de ojos, en la memoria de un tercio por soleá de los suyos.
Por eso, todos los años se acuerda de él la Peña Cultural Flamenca Miguel Vargas, con la colaboración del Ayuntamiento, organizando un memorial que, a pesar de los pesares, ahí sigue tendiendo puentes y abriendo puertas.
Ya hace años que Miguel Vargas traspasó la línea que separa al cantaor del mito. Su nombre, en las mentes jóvenes es ya leyenda. Cada vez quedan menos que echaran con él y que puedan contarnos cosas de primerísima mano. Las fuentes van faltando según pasan los años. Ni Cartones, ni su sobrino Curro, ni Rubito, ni Guerrilla… ni tantos y tantos.
La noche del viernes –que el jueves se dedicó a la tradicional ofrenda floral en el cementerio, a su tumba preñá de letras de Moreno Galván– estuvo cargada de electricidad. Sí, de electricidad. Pero no de la estática, sino de la dinámica, que la energía no se destruye, sino que se transforma.
Y en noche grande de flamenco, transformaron El Barullo y Rocío del Corzo –gaditana del Puerto, que gaditanea a compás y con gracia– las tranquilas sombras paradeñas de los Jardines de Gregorio Marañón. Sus ecos sonaron limpios y con la verdad por delante, como los toreros buenos echan la franela al hocico del burel.
«El Puerto, Jerez, Sevilla y los Alcores, la voz de los niños y la de la experiencia, y todo ello aderezado con el temple recio y puro de los ecos de Miguel»

Por su parte, El Barullo –gloria a Dios en las alturas y en la tierra compás a los hombres que saben de esto–, acompañado por la elegante guitarra del jerezano Miguel Salado y el compás de El Añoño y Miguel Salado, es sabor auténtico de La Prazuela. Lo que le corre por las venas –sangre real de la flamenquería jerezana– se le desparrama en una voz poderosa, sin alharacas, limpia y rasgada por los siglos de los siglos, que “a mí me llaman el loco”, que “el día que me eches de menos”, que “llorando nadie me vio”, que “que yo no tenga libertad en mi vía…”, que “dejadla que esta bebía”, que “mal tenga este civil…”, y ahí queda el cante de los Moneo. Casi ná.
Un poco antes, en una noche presentada por Rocío Escalera, los aires de la bahía de Cádiz ya habían partido en dos las palmeras de los jardines en la voz de la del Corzo con tientos y tangos auroreando con arte, soleá, bulerías al golpe y bulerías medidas y mecidas. Y a punto de romper en mil pedazos el monumento a Miguel estuvo, a fuerza de compás y más compás. Porque no pudo sonar aquello mejor, a los mandos de Manuel Martín Vázquez.
Escuchar cosas del flamenco y de Miguel en la voz inocente y verdadera de los niños fue una suerte. Un privilegio que cada año nos regala la junta directiva de la peña. Lo mismo que fue un privilegio disfrutar del saber la memoria del maestro José María Velázquez-Gaztelu. Distintos tonos, distintas vivencias, diferentes las formas… Pero el fondo del pozo es el mismo: el frescor del agua fresca.
La noche del sábado se templó con el joven sevillano Ismael de la Rosa El Bola, acompañado de Joselito Acedo, y con el veterano de Los Alcores José de la Mena, con el toque de Marcos Serrato. Ismael tiene un eco agradable y melódico, y sabe lo que hace con el cante, dónde lo lleva y dónde lo trae. Miel y tocino de cielo en la voz. De la Mena, por su parte, es recio y sube al cielo y baja a tierra con la capacidad del que se conoce el paño y con el yayai tan de Miguel Vargas por bandera. Su cante por seguiriyas fue un monumento de mármol a la memoria, un sacrificio profano en recuerdo al homenajeado.
La última noche, presentada por Pablo Parrilla, se cerró en flamenco del de siempre mirando al cielo, a las estrellas, a Miguel Vargas: el cantaor paradeño que nació en La Puebla de Cazalla. Mientras, los surtidores de la fuente de los jardines siguieron mudos ante el murmullo flamenco de Paradas.
El Puerto, Jerez, Sevilla y los Alcores, la voz de los niños y la de la experiencia, y todo ello aderezado con el temple recio y puro de los ecos de Miguel. ♦














































































