María Moreno (Cádiz, 1986) ha conseguido, con su Magnificat, transformar uno de los episodios más venerados de la tradición cristiana en una celebración flamenca que respira alegría, complicidad y autenticidad. En el Centro de Danza Matadero de Madrid, ante un teatro prácticamente lleno donde destacaba la presencia de público joven –fenómeno que se ha repetido en varios espectáculos de baile de esta primera Bienal de Flamenco de Madrid–, la bailaora gaditana ofrecía este miércoles una propuesta que consigue ser respetuosa, religiosa y radicalmente profana a la vez.
Se trata de su séptimo montaje desde que puso en marcha su propia compañía, aunque ella dice sentirse aún muy joven y con todo por delante por hacer. En Magnificat, Moreno recrea la visitación, esto es, el encuentro bíblico entre la Virgen María e Isabel, ambas embarazadas, que dará lugar a las oraciones del Ave María y el Magnificat. Pero Moreno no se limita a una interpretación literal: su genialidad reside en entender este episodio como lo que realmente es: el encuentro gozoso entre dos mujeres que celebran la vida que llevan dentro. Y lo hace con las herramientas que mejor conoce: un flamenco que respira profundidad pero no tiene corsés ni barreras que le resten libertad.
La génesis de la obra está en un proyecto truncado que iba a llevarla a la Real Academia de España en Roma, cuando tras el final de su anterior montaje se sumergió en la música sacra, pero después de año y medio de gestación, el espectáculo se ha convertido en algo completamente diferente: una fiesta flamenca en estado puro.
María Moreno aparece en escena, tras un tamboril rociero anunciador, ataviada con una bata de cola rosa que posteriormente cambia por una falda amplia de vuelo, manteniendo el color que la identifica. Bajo la bata, medias y tacones rojos, el mismo color elegido para los lazos que adornan el cuerpo del vestido y la trenza de su pelo. Su presencia escénica es arrolladora desde el primer compás por alegrías, cuando sale juguetona y establece pronto un diálogo cómplice con los músicos: la guitarra de Raúl Cantizano, el cante de Miguel Levi y las palmas, jaleos, y tantas cosas más del incombustible e imprescindible Roberto Jaén. La bailaora está, literalmente, en estado de gracia: su baile es rotundo, completo, salvaje y técnico a la vez, un torrente de fuerza expresiva que nunca pierde la elegancia ni la precisión técnica.
Para lograr esta intensidad emocional, Moreno ha trabajado de forma completamente diferente, tratando de llegar a un estado energético adecuado que mantiene durante toda la obra. En Magnificat no hay descanso, ni sosiego: a lo largo de los números que se suceden la energía es desbordante. Ella ha querido construir una sucesión de paisajes siempre desde la alegría y el disfrute porque, según confesaba unos días antes de la obra, así se siente en la actualidad.
«La bailaora está, literalmente, en estado de gracia: su baile es rotundo, completo, salvaje y técnico a la vez. Un torrente de fuerza expresiva que nunca pierde la elegancia ni la precisión técnica»
Rosa Romero: la Isabel perfecta
La irrupción de Rosa Romero –actriz, cantante y performer gaditana–, vestida de negro con mangas verdes adornadas con lazos y zapatos de baile del mismo color, rompe la cuarta pared y transforma por completo la dinámica del espectáculo. Su Isabel es, igual que la María de Moreno, gozosa, juguetona, disfrutona; una mujer que se sabe en segundo plano jerárquico pero que ha venido a celebrar, a acompañar, a compartir. La complicidad entre ambas intérpretes resulta maravillosa: se buscan con los ojos, dialogan con los cuerpos y las voces desde la alegría pura, desde el disfrute compartido.
Romero no solo acompaña a Moreno en escena, sino que también aporta en la dramaturgia y dirección. Es la primera vez que Moreno incluye en escena a alguien que no es músico, una decisión que marca uno de los puntos novedosos del espectáculo. No es la suya una presencia arrolladora, no distrae, ni roba protagonismo, pero su presencia es fundamental, no sólo para elevar a la protagonista: también para hacerlo con el público, al que interpela constantemente y que, el miércoles en Madrid, provocó risas y jaleos.

El paso a dos entre jaleos, palmas y pies que interpretan en silencio constituye uno de los momentos más hermosos del espectáculo, un intercambio de compás que habla de amistad, de sororidad, de la celebración de lo femenino.
También imprescindible se torna Raúl Cantizano, que aquí trasciende su papel de acompañante musical para convertirse en un tercer protagonista de la historia. Tocará con tino y emoción, en el mismo tono en el que se desenvuelve la obra, y tras el encuentro con Isabel, alcanzará el protagonismo: ataviado con casco romano y cordón a modo de banda, no solo toca sino que canta, baila y jalea. Su aparición con guitarra eléctrica para interpretar un Magnificat eléctrico que desemboca en unas sevillanas corraleras de nueva letra creada para la ocasión demuestra que la propuesta de Moreno no teme a la experimentación ni a la mezcla de registros.
Miguel Lavi al cante y Roberto Jaén a la percusión y palmas completan un elenco que funciona como un verdadero conjunto, donde cada elemento dialoga con los demás en perfecta armonía.
«Magnificat es una fiesta. Una celebración de la vida, de la amistad femenina y de la libertad flamenca. Refleja plenamente a la María Moreno actual, una artista madura que forma parte de una generación de creadoras que se mueven con soltura entre lenguajes escénicos sin renunciar a su esencia flamenca»
Una puesta en escena inteligente
La escenografía es reducida pero eficaz. Sillas de diferentes tipos –las que encontraríamos en cualquier fiesta andaluza–, banderines, farolillos y flores crean el ambiente festivo perfecto. Pero el toque de modernidad llega con una pantalla digital de avisos, similar a las de cualquier estación, que va reforzando los mensajes que transmiten las letras y los jaleos, cobrando especial protagonismo cuando Rosa proclama la anunciación en letras rojas luminosas.
El recorrido musical de la obra es magistral. Desde el tambor rociero que anuncia el comienzo hasta el remate por pregón de las flores, pasando por el martinete del cantaor, el villancico A las puertas de un rico avariento (versión de los campanilleros) y la soleá por bulerías, cada palo flamenco está elegido no solo por su sonoridad sino por su capacidad expresiva y se adapta a las escenas que María quiere representar.
Especial mención merece la seguiriya con castañuelas, quizás el único momento de verdadero recogimiento de la obra, donde el diálogo entre bailaora y cantaor alcanza cotas de profundidad emocional que contrastan hermosamente con la alegría desbordante del resto del espectáculo.
Magnificat es, queda dicho ya, una fiesta. Una celebración de la vida, de la amistad femenina y de la libertad flamenca y refleja plenamente a la María Moreno actual, una artista madura que forma parte de una generación de creadoras que se mueven con soltura entre lenguajes escénicos sin renunciar a su esencia flamenca.
La ovación final del público, puesto en pie, fue el reconocimiento merecido a una obra imprescindible de esta primera Bienal de Flamenco de Madrid.
Ficha artística
Magnificat, Compañía María Moreno
I Bienal Flamenco Madrid
Centro de Danza Matadero, Madrid
4 de junio de 2025
Baile: María Moreno
Intérprete y performance: Rosa Romero
Guitarra: Raúl Cantizano
Cante: Miguel Lavi
Percusión y palmas: Roberto Jaen








































































