Hay quienes bailan sobre un azulejo y les sobra espacio, y quienes son capaces de llenar con su danza todo un escenario. Marco Flores, asistido por tres cantaores y un guitarrista en su nuevo espectáculo, Tierra virgen, sabe que pertenece a los segundos. Hay que bailar mucho, sí, para llenar las tablas del Teatro Villamarta de gracia, de pellizco y de sentimiento.
Al comienzo del montaje, Marco Flores y los suyos recrean con mínimos medios el imaginario campesino. Suena una canción de siega burgalesa, seguida de un popurrí de arrieras de Arcos, carceleras, cantes de la escarda y ese otro cante de Palacio que nos habla de Rodrigo Martínez, el que silbaba a los ánsares pensando que eran vacas. Es suficiente para que estemos metidos en ese mundo de sonidos ancestrales y fuerzas telúricas. Y para levantar la primera ovación.
El bailaor emula a una yegua o un mulo, y pronto caen sobre él las cuerdas que quieren domarlo. La sombra de Gades y Mario Maya planea fugazmente sobre el escenario, pero es solo un instante. El arcense quiere explorar un vasto territorio de la herencia musical de la que viene, de la que venimos todos, y se adentra en el cuplé y el bolero. Una impetuosa Chelo Pantoja ataca Pena, penita, pena en la tierra de Lola Flores, que es también la suya, y el teatro vuelve a venirse abajo.
«El viaje entre lo festivo y lo litúrgico concluye ahí, pero después de haberlo acompañado de un derroche de compás y de arte que deja de nuevo bien alto el listón de la irregular programación de Jerez. Y pone de manifiesto que esta compañía es sencilla y gozosamente indomable»
Es el momento de amansarse un poco, y la guajira, hija del punto cubano, parece una buena opción. La inconfundible flauta del afilador anuncia la entrada en escena de un singular pavo real, que no es otro –claro– que Marco Flores en su versión más desenfadada y juguetona, dispuesto a bordar ese palo “de chifla y vuelta” blandiendo un abanico con estela de gasa. Una hermosura de baile en el que le vemos incorporar elementos del claqué y los viejos musicales de Hollywood sin perder su flamencura.
El buen humor se mantiene en el número de la pluma y el pito de caña que da paso a nuevas referencias musicales del pasado, desde Las violeteras al Fumando espero, y entre veras y bromas (“¡Tú tienes que ir al gimnasio!”, le dice Chelo a Flores) llegamos a esa soberbia soleá caracolera que termina de sacudir al respetable. Todo ha venido pareciendo un repertorio libérrimo, una sucesión de cantes sin vertebración aparente, pero la ruta trazada es clara: toda una memoria sentimental, una banda sonora de siglos que el bailaor y los suyos no se resignan a olvidar, pero tampoco quieren en estado fósil. Así, apuntábamos al principio, se llena un escenario: invocando a los que fueron antes y dejando que sigan iluminando el camino.
Eso incluye acabar haciendo un rescate del folklore canario como El baile del vivo con final por bulerías (y qué bulerías) así como un clásico latinoamericano como las Preguntitas sobre Dios de Atahualpa Yupanqui. El viaje entre lo festivo y lo litúrgico concluye ahí, pero después de haberlo acompañado de un derroche de compás y de arte que deja de nuevo bien alto el listón de la irregular programación de Jerez. Y pone de manifiesto, por si alguien quería echarle una cuerda a Marco Flores y los suyos, que esta compañía es sencilla y gozosamente indomable.
Ficha artística
Tierra virgen, de Compañía Marco Flores
XXIX Festival de Jerez
Teatro Villamarta
5 de marzo de 2025
Baile: Marco Flores
Cante: Manuel de la Nina, Enrique Remache, Chelo Pantoja
Guitarra: José Tomás




























































































