Sevillano nacido en 1937, abogado de carrera y flamenco por vocación, fue uno de esos tipos que aparecieron en la España de los setenta cuando todavía olía a dictadura, a tabaco negro, a carreras estudiantiles delante de los grises y a calle mojada. Alguien decidió, en unos años en los que decidir era jugársela cuerpo limpio, que el cante flamenco podía salir del tablao, ponerse una chupa de cuero guapa y echarse a andar por Triana. Y ese fue él. Él y solo el.
Pachón fue tocaor —que con la guitarra acompañó a la Niña de los Peines, ni más ni menos—, productor, arreglista, compositor, documentalista… buscador de tesoros. Pero, sobre todo, fue oído. Un oído de esos que saben distinguir entre el ruido de una guitarra y una voz rota. Por dónde venía apretando el toro fiero del futuro.
A comienzos de los setenta se cruzó con el grupo Smash y empujó a Manuel Molina hacia aquella mezcla imposible de rock, blues y compás que terminaría llamándose rock andaluz. Después llegaron Lole y Manuel, Veneno, los Pata Negra, Silvio, Imán, Tomatito, Riqueni… Y, en el centro de aquella tormenta eléctrica, Camarón, que a su lado perdió el “de la Isla” para presentarse al mundo como nunca había hecho un flamenco.
En 1979 puso su firma de productor a La leyenda del tiempo, aquel disco que al principio cayó sobre el flamenco como una bomba de relojería. Mucha goma (dos). Hubo quien no entendió nada. Hubo quien se quedó mirando la portada como quien mira llegar un ovni. Cuentan que muchos devolvieron el vinilo porque el que cantaba “no era José”. Pero el tiempo, que suele poner las cosas en su sitio, acabó convirtiendo aquel experimento en la piedra angular de la música española.
Pachón entendía que la tradición no era una cárcel. No podía serlo. La costumbre era una puerta abierta de par en par. Una fuente más del derecho. Digo… de la múscia.
«Hoy tienen que sonar las guitarras y que el compás de las palmas recorran las calles antiguas de la ciudad. Que la voz de Camarón truene en las radios de los coches a todo trapo. Que Lole y Manuel se vuelvan a encontrar cualquier rincón de Triana. Que Veneno vuele por las Tresmil»
También fue archivero de la memoria. Guardó cantes antiguos, voces, sonidos que podían perderse en la cuneta del tiempo. Cuando dirigió Triana pura y pura, miró de frente la herida de un barrio y la expulsión de sus gitanos, entendiendo que el flamenco no es solamente música. También es territorio, memoria, sangre y barrio.
Tuve la suerte de conocerlo, de la sabia mano de Pive Amador. Hombre generoso, cariñoso, listo como ninguno, sensible y la enciclopedia de los años setenta y ochenta, cuando Sevilla molaba más que la Movida Madrileña. En el tintero se nos quedó publicar su libro sobre la identidad del flamenco. Las cosas.
Durante décadas trabajó desde la sombra, lo más lejos posible del escaparate, de los focos y de las medallas. Muchas de sus producciones no vendieron entonces lo que merecían. Pero la historia, esa vieja gitana que acaba siempre poniendo cada cosa en su sitio, terminó por darle la razón. “De fracaso en fracaso hasta el éxito más absoluto”.
Hoy, que ha tocado escribir su gori-gori, no tiene que ser un día triste. Mala sea la hora. Pero hay que celebrar lo mucho que nos regaló a los que soñamos con música de fondo. Hoy tienen que sonar las guitarras y que el compás de las palmas recorran las calles antiguas de la ciudad. Que la voz de Camarón truene en las radios de los coches a todo trapo. Que Lole y Manuel se vuelvan a encontrar cualquier rincón de Triana. Que Veneno vuele por las Tresmil.
Y que Sevilla, por una puta vez, guarde silencio por un hombre que supo descubrir el futuro con la vista puesta en el pasado mientras vivía intensamente el presente. Porque Ricardo Pachón no produjo solamente discos. Produjo futuro. ♦















