“Se nos va Triana, el barrio, la música, el ser. Quedamos con el radiocasete y nuestros oídos, para siempre jóvenes. Eduardo ha cerrado la puerta. ¿O la ha abierto definitivamente? Buena pregunta. Ahora, Triana es un trozo del cielo más limpio de Sevilla” (Paco Robles).
Hay días en los que la música parece quedarse un poco más lejos, más despegada de los huesos, del tuétano. Días en los que una noticia pesa como una piedra en el pecho y uno comprende, de golpe, que el tiempo no perdona ni siquiera a las canciones que creíamos eternas. Se nos ha ido Eduardo Rodríguez Rodway, el último integrante de aquel Triana que cambió para siempre la manera de entender el flamenco y el rock en España. Y con él se marcha otra parte de nosotros.
Los artistas de una época se nos están yendo como se nos va el agua entre las manos. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, aquella generación irrepetible va dejando un silencio detrás. Una época dorada se apaga lentamente en nuestros corazones, aunque su música siga encendiendo la memoria.
Triana fue mucho más que un grupo. Fue una puerta abierta. Nos enseñó que la jondura también podía entrar con batería, con sintetizadores, con guitarras eléctricas y con mucha caña. Que el quejío podía convivir con el rock progresivo. Que había un flamenco nuevo esperando a nacer, con aires frescos, con otra respiración, con un lenguaje capaz de mirar al futuro sin renunciar a sus raíces.
«Y en ese viaje de Triana, junto a Jesús de la Rosa y Tele Palacios, estuvo Eduardo Rodríguez Rodway, dejando su huella en una música que todavía hoy sigue sonando sorprendentemente viva. Rica. Inalcanzable»

Triana puso banda sonora a una generación que buscaba nuevas formas de expresarse. Y en ese viaje, junto a Jesús de la Rosa y Tele Palacios, estuvo Eduardo Rodríguez Rodway, dejando su huella en una música que todavía hoy sigue sonando sorprendentemente viva. Rica. Inalcanzable.
Quizá esa sea la mejor manera de despedirlo: escuchando sus canciones. Porque cada vez que suenen aquellos teclados, aquellas guitarras y aquella voz que parecía venir de muy lejos, Eduardo seguirá regresando. Volverá con la misma fuerza de entonces, cuando Triana parecía tocar cada día mejor y el futuro era todavía un territorio por descubrir.
Se nos ha ido el último pedazo de aquella Triana que nos enseñó que la música podía romper fronteras sin perder el alma. Y nosotros nos quedamos aquí, con los discos, con los recuerdos y con esa extraña sensación de haber perdido a alguien que, aunque nunca conocimos personalmente, formaba parte de nuestra vida. Porque hay músicos que no mueren del todo.
Mientras alguien vuelva a poner un disco de Triana y cierre los ojos, Eduardo Rodríguez seguirá tocando su guitarra de alas blancas. Y quizá entonces, por un instante, el tiempo vuelva atrás. Porque es rotundamente cierto que la vida sigue siendo Una noche de amor desesperada.
El guitarrista de Triana
Eduardo Rodríguez Rodway nació en Sevilla, el 10 de junio de 1945, en una ciudad donde el flamenco parecía formar parte del aire y la música acompañaba las calles, las plazas y las noches. A los dieciséis años comenzó a recorrer ferias y plazas con otros jóvenes sevillanos, descubriendo poco a poco que aquella guitarra que llevaba entre las manos podía convertirse en el lenguaje de toda una vida.
Después de una breve estancia en París y de cumplir el servicio militar en Aviación, Eduardo emprendió su carrera musical. Con Flexor’s se adentró en el rock and roll, tocando por las bases militares estadounidenses de Rota y de Morón de la Frontera. Más tarde llegó a Los Payos, donde recuperó la guitarra española y conoció a Juan José Palacios, Tele. Allí participó en el éxito de María Isabel, canción que en 1969 llevó el nombre del grupo a todos los rincones de España. En la cara B del sencillo, Compasión, quedó además la huella compositiva de Eduardo.
«Junto a Jesús y Tele, Eduardo ayudó a construir un sonido nuevo, una música que tendía un puente entre el rock progresivo y las raíces flamencas de Andalucía. Nacía así el llamado rock andaluz»
Su camino continuó en Tabaca, donde coincidió con Jesús de la Rosa. Aquellos encuentros terminarían desembocando en una de las aventuras más importantes de la música española: Triana. Junto a Jesús y Tele, Eduardo ayudó a construir un sonido nuevo, una música que tendía un puente entre el rock progresivo y las raíces flamencas de Andalucía. Nacía así el llamado rock andaluz.
Aunque El patio (1975), el primer álbum de Triana, no contó con composiciones suyas, Eduardo colaboró y escribió canciones para los discos posteriores del grupo, dejando en ellos una parte de su sensibilidad musical. Posteriormente llegarían Hijos del Agobio (1977), Sombra y luz (1979), Un encuentro (1980), Un mal sueño (1981) y Llegó el día (1983).
La muerte de Jesús de la Rosa en 1983 puso fin a aquella etapa. Eduardo continuó su camino en solitario con Velo de amor (1986) y Noche y día (1987), obras que no alcanzaron la repercusión esperada.
Eduardo ha fallecido en la madrugada del 26 de septiembre en el Hospital de Puerto Real, mirando la “salada claridad”.
Su nombre ha quedará por los restos, unido a una guitarra, a Triana y a aquella Andalucía que supo transformar sus tradiciones en música. ♦















