Tenía cara de boxeador veterano, con cierto aire a Juan Marsé, y una mirada serena y penetrante. La misma que proyectó en su faena cinematográfica para mostrar al mundo cómo eran los eternos olvidados, los ignorados, los despreciados. Tony Gatlif murió el pasado 2 de septiembre en Arles, Francia, a los 77 años de edad, y solo los jaleos de la Bienal nos habían impedido hasta ahora publicar la despedida que merecía. Pero nos ha extrañado el silencio general con que esta noticia ha pasado por los foros flamencos, incluso los más gitanistas. Tal vez un síntoma de que vivimos tiempos en que el olvido actúa deprisa y, sin darnos cuenta, a veces nos arrastra a la ingratitud.
Merecía sin duda otra cosa aquel hombre cuyo carné de identidad rezaba Michel Dahmani, nacido en la capital argelina en 1948 y que desde lo más bajo construyó una carrera cinematográfica que le valdría la Palma de Oro de Cannes y varios premios César. Pero antes hubo de salir de una Argelia incendiada por la guerra de la independencia, vagar por París como un paria, malcomiendo y durmiendo en los cines Grand Boulevars, hasta que un encuentro providencial con el actor Michel Simon encaminó sus pasos hacia la interpretación y más tarde hacia la dirección.
Fue a partir de Corre, gitano, un filme rodado en España y estrenado en 1982, cuando el rebautizado Gatlif puso el foco en la comunidad romaní. Para esta cinta contó con figuras como Mario Maya, Carmen Cortés o Manuel de Paula, y con Rafael Álvarez El Brujo como actor principal. Abría así un camino que continuaría brillantemente al año siguiente con Les princes, una mirada sobre los barrios pobres de París que compartía su siguiente trabajo, Rue du départ.
«Su persona y su producción merecen el reconocimiento y el recuerdo de los aficionados, y desde luego del pueblo gitano. Uno de los pocos flamencos a los que les hemos leído una despedida a Tony Gatlif es Rycardo Moreno: “Cada una de sus películas me llevaba a descubrir una parte de mí, justo ahora pensaba en un espectáculo que estaba influenciado directamente por él, más que nunca será realidad, ¡os lo prometo! ¡Dios te guarde, maestro, tu alma viva en paz por siempre!”»
Pero su obra magna en este sentido fue sin duda Latcho Drom, de 1993 y premiada en Cannes. Un recorrido por la cultura gitana desde sus remotas raíces indias hasta nuestros días, y en cuyo elenco destacaban, entre otros, artistas flamencos como La Caíta o Remedios Amaya. Ya en los 2000, tiró de un Antonio Canales en el esplendor de su carrera para rodar Vengo, donde también se dejaban ver La Paquera, Bobote y Tomatito. En Exils (2004), otro de sus éxitos, aparecían El Farru, La Macanita y Diego del Morao.
Más allá de estos nombres, Gatlif mostró siempre un enorme amor por la música. No solo dirigió y escribió guiones, sino que también compuso buena parte de sus bandas sonoras, con una variedad de registros verdaderamente admirable. Aquel muchacho que conoció la privación y la marginalidad se convirtió en un creador total, un hombre del arte que mostró en pantalla grandes realidades ampliamente ignoradas, pero que al revelarse hacían brotar la empatía y la solidaridad más humanas. Volvería a España muchas veces, también para rodar uno de sus últimos trabajos, Indignados, sobre el movimiento del 15-M.
Su persona y su producción merecen el reconocimiento y el recuerdo de los aficionados, y desde luego del pueblo gitano. Uno de los pocos flamencos a los que les hemos leído una despedida a Gatlif es Rycardo Moreno, que en sus redes sociales manifestaba: “Era inspiración para mi carrera artística, adoro tu gitanidad desde Latcho Drom, pude verla con 15 años, hasta el día de hoy que pude ver todas tus películas, reír, llorar y amar a través de ellas. Cada una de sus películas me llevaba a descubrir una parte de mí, justo ahora pensaba en un espectáculo que estaba influenciado directamente por él, más que nunca será realidad, ¡os lo prometo! ¡Dios te guarde, maestro, tu alma viva en paz por siempre!”. ♦














