Hay artistas que necesitan un solo triunfo para justificar una vida entera dedicada al arte. Y hay otros, los menos, los más grandes, que entienden que la verdadera hazaña no está en ganar una vez, sino en volver, edición tras edición, a poner el talento sobre el escenario y demostrar que aquello no fue casualidad, sino destino. A esa segunda estirpe pertenece Ostalinda Suárez.
Ya, fuera de España, comienzan a entenderlo. Este año, en el marco del 33° Concorso Artistico Internazionale Amico Rom en el Teatro Mazzini di Lanciano, Italia, el 9 de octubre, la extremeña recibirá el Premio Eccellenza Romanì. Una distinción a su trayectoria musical y a la labor que realiza, con la flauta travesera, difundiendo y preservando la cultura gitana a través de la música. “Para mí es un orgullo recoger en Italia este premio, porque es el país que, junto con mi familia y nuestra música, hemos recorrido desde niños. Este premio internacional me reconcilia con los reconocimientos públicos”, comenta la flautista extremeña Ostalinda Suárez Montaño (Zafra, Badajoz, 1980), que figura en el Registro Civil como María Antonia.
Un premio internacional que viene a paliar el desencanto tras su paso por La Unión. La flautista extremeña volvió a subirse al Antiguo Mercado Público de La Unión, la llamada Catedral del Cante, y volvió a bajar de él con el segundo puesto en la categoría de instrumentista del Festival Internacional del Cante de las Minas. No es la primera vez. Es, exactamente, la segunda. Y en esa repetición, en esa capacidad de regresar al lugar donde ya se sufrió y se gozó a partes iguales para volver a jugárselo todo, reside quizá la lección más honda que Ostalinda Suárez tiene para ofrecer al flamenco: la tenacidad, la humildad, y seguramente, el mantener un prudente silencio.
“Me volví sorprendida, no voy a engañarle. Me gustaría saber qué ha faltado para no conseguir el Filón de Oro. La verdad es que sigo dándole vueltas y no encuentro una explicación coherente. Me quedo con los mensajes, tanto en redes sociales como en privado, donde han compartido su decepción, asombro y estupor aficionados y artistas consagrados que no han logrado entender esta decisión final. Aun así, me siento satisfecha por el trabajo realizado sobre el escenario. El público así lo agradeció”.
Arropada por Manuel Pajares al cante, Juan Manuel Moreno a la guitarra, Pakito Suárez ‘El Aspirina’ a la percusión, y las palmas y voz de Manu Soto, Ostalinda derramó poesía, sabiduría y flamencura con la liturgia electrizante y seductora de su flauta travesera. Ofreció tradición, arte, magia. Y el filón, sin obtenerlo, brilló para ella. La extremeña y gitana demostró con el taranto y su personal recorrido por alegrías, bulerías y tangos (con guiño especial a la cartagenera) que no hay yacimiento más valioso que el talento y el trabajo. Con su interpretación de Taranto y Flautasía 2.0, la flautista segedana impregnó la atmósfera de la final de su virtuosismo y vibrante carisma. Pero no fue suficiente.
«Uno de mis objetivos, ya que difícilmente volveré a presentarme a La Unión, es que mis hijos se suban a ese escenario y consigan el Filón que yo no me he traído. Ellos serán los que le regalen a Extremadura este premio que aún no ha conseguido mi tierra. Daré siempre las gracias a mis padres, que me dieron el privilegio de crecer en un entorno creativo y libre, consagrado a la música»

“Nunca me he presentado a ningún concurso a lo largo de mi carrera, porque no lo creí necesario. Nunca sentí esa inquietud. Una persona me mostró este camino, y me animó a que me presentara a La Unión. La decisión de concursar por segunda vez me costó, pero estaba tan segura del trabajo realizado, de la novedad que llevaba al escenario de La Unión, y aún arropada por ese público que no me dejó de abrigar y de felicitar la primera vez que me presenté, me decidí”.
Porque no se trata solo de talento —que lo tiene, y de sobra, como acredita ser la primera mujer gitana en licenciarse en flauta travesera en toda Europa—. Ni de virtuosismo, aunque su manera de trenzar la taranta y la cartagenera con el aliento de un instrumento clásico, en un ejercicio que ella misma bautizó como flautasía flamenca, sea de una precisión técnica que pocos instrumentistas podrían igualar. Se trata, sobre todo, de tenacidad: de la que se necesita para presentarse de nuevo ante un jurado que ya la conoce, ante un público que ya la ha aplaudido, y volver a arriesgarlo todo con la misma humildad y la misma ambición que la primera vez. “Me quedo con mi arrojo, con mi música y mi manera de entender y transmitir el flamenco”, dice.
Este galardón de plata es la confirmación de una trayectoria que ya no puede explicarse como un hallazgo aislado, sino como una carrera sólida, sostenida y en ascenso. En su flauta convive la memoria de su familia —su padre, Paco Suárez, director de orquesta; su hermano Pakito Suárez ‘El Aspirina’, multiinstrumentista; su madre, Ana Montaño, cantaora; y dos hijos, Paco y Juan, chelista y pianista respectivamente— con el compromiso de una mujer que ha querido, desde niña, elevar a un mismo altar la música clásica y el flamenco.
“Uno de mis objetivos, ya que difícilmente volveré a presentarme a La Unión, es que mis hijos se suban a ese escenario y consigan el Filón que yo no me he traído. Ellos serán los que le regalen a Extremadura este premio que aún no ha conseguido mi tierra. Daré siempre las gracias a mis padres, que me dieron el privilegio de crecer en un entorno creativo y libre, consagrado a la música. Eso mismo es lo que le quiero transmitir a los míos”, reflexiona Ostalinda.
En esta perseverancia late algo que trasciende lo estrictamente artístico: la certeza de que el segundo puesto, lejos de ser una espera, es una promesa que se renueva. Ostalinda Suárez no volvió a Las Minas para confirmar lo que ya sabíamos de ella. Ha vuelto para recordarnos que el talento que no se rinde, tarde o temprano, termina por conquistarlo todo. ♦













