Casi un siglo después de su estreno, el Bolero de Ravel sigue girando como una máquina que nadie sabe apagar. Israel Galván se mete dentro de ese engranaje en Bolero de Blanco y Negro, estreno absoluto en el Teatro de la Maestranza dentro de la XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla. Despide a la orquesta y lo deja en dos pianos. Sus teclas dan nombre a la obra, igual que las botas blanca y negra de Vicente Escudero, el bailaor que ya se atrevió con la vanguardia en el París de los años veinte.El sevillano –Premio Nacional de Danza, hijo de los bailaores José Galván y Eugenia de los Reyes– llegó a la Bienal como un hereje y se ha quedado como un clásico. Tiene su gracia que el menos ortodoxo de la casa sea hoy de los más imprescindibles. Aquí presentó en 1998 ¡Mira! / Los zapatos rojos, la obra que descolocó para siempre la manera de montar un espectáculo flamenco, y en 2018 abrió la Bienal en pleno ruedo de la plaza de toros con Arena, nacida en este mismo teatro catorce años antes. Cada vez que vuelve, Sevilla discute. Esta vez se mide con otra partitura gigante, como antes hizo con La consagración de la primavera o El amor brujo.
Pero el título guarda otra puerta, la del bolero de canción de Moncho, el gitano de Gràcia al que Lucho Gatica coronó rey del bolero, con la mesa roja de Béjart y Jorge Donn al fondo. La pregunta es cuánto aguanta una obra tan monumental cuando la desnudan hasta los huesos.Galván reparte la noche en dos temperaturas. Durante la primera hora manda el bolero de canción, el de la pena bien peinada y el pañuelo en la solapa. Lo sirve Juan José Amador, al cante y a la guitarra, en cuya voz Galván dice oír el romanticismo de Moncho, con José Carrasco a la percusión. El bailaor lo recibe sobre una tarima diminuta, vestido de negro, con medias blancas y bigudíes blancos en el pelo, como alguien sorprendido a medio arreglar antes de una cita. Los petardos que saca del mandil revientan contra el suelo como aplausos adelantados, e Ilona Astoul, maestra de ceremonias de verbena, bautiza a los músicos con nombres inventados. Todo tiene el aire de una fiesta que no acaba de decidir si es homenaje o parodia. Cuando emergen los dos pianos, negros y enfrentados, con Andrea Rebaudengo y Gerard Bouwhuis de esmoquin blanco, entendemos que el blanco y negro es el cuerpo y el leitmotiv de la obra, desde las teclas hasta los bigudíes del propio bailaor.
«La flamencura de Amador y Carrasco se queda aparcada en favor del bolero y de la idea, y el aficionado espera en vano el momento en que se suelten. Galván, en cambio, no se deja domesticar. Baila en Galván, que a estas alturas es casi un palo propio, y arrastra cada bolero a su terreno, el de la canción y el de la partitura, entre la lucha y la fusión»

Amador y Carrasco cumplen de sobra con lo suyo y ponen su arte al servicio de la causa. Ese es también su peaje. La flamencura, que la tienen, se queda aparcada en favor del bolero y de la idea, y el aficionado espera en vano el momento en que se suelten. Galván, en cambio, no se deja domesticar. Baila en Galván, que a estas alturas es casi un palo propio, y arrastra cada bolero a su terreno, el de la canción y el de la partitura, entre la lucha y la fusión. Ahí está su fuerza y ahí está su alambre. A fuerza de ser él mismo corre el peligro de repetirse, y buena parte de la noche la baila sobre ese filo.En medio de ese vaivén irrumpe la actriz Nathalie Seseña, sacerdotisa algo desordenada de una fe que ella misma soñó para Galván. Habla del bolero en dos idiomas, dice que dos y dos son cuatro y que el bolero es matemática, lo coloca entre la vida y la muerte, y su discurso salta sin red de una idea a otra. El caos le sienta bien a su papel, el de la creyente que no sabe explicar lo que siente y acaba bailándolo. Cuando por fin lo baila, sobre el pizzicato de los pianos, se gana una de las ovaciones de la noche. Luego se despide en calma, con la luz yéndose, y nos deja su dogma: «O te gusta o no te gusta».
Y entonces, el hueso. Con el escenario desnudo hasta el muro del fondo, Galván baila el Bolero de Ravel entero, sin cortar un compás. Nos sorprende verle ponerse serio y guardar la retranca que tanto le conocemos. El cuerpo se vuelve una pieza más del engranaje. Cuenta los compases como quien cuenta olas desde la orilla, sin equivocarse en una sola, y la máquina crece y se le echa encima sin que él se inmute, hasta reventar.De ese último acorde renace en sus manos Bésame mucho, y los dos boleros, el del pañuelo y el de la fábrica, se trenzan en un final que deja la puerta entornada. El público se pone en pie tras una hora y cuarenta minutos, con alguna deserción por el camino, tan esperada como entrañable. Galván avisaba de que todo lo anterior era preparación para ese final. Se entiende, aunque el camino pesa. De niño, en Japón, le asustaba un vídeo de Jorge Donn bailando a Béjart. Aquel niño baila ahora el Ravel entero y nos demuestra que la obra aguanta, en blanco y negro, hasta los huesos. ♦


























