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Canito: «Nunca me planteé ser concertista, pero el camino me fue llevando a eso»

El guitarrista barcelonés se alía con Raúl Rodríguez y su tres cubano en ‘La cuerda al aire’, el espectáculo con el que se presentan en la Sala Turina dentro de la Bienal de Sevilla.

Alejandro Luque por Alejandro Luque
12 septiembre 2026
Tiempo de lectura: 8 mins
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El guitarrista Juan Antonio Suárez 'Canito, en La Carbonería (Sevilla). Foto: perezventana

El guitarrista Juan Antonio Suárez 'Canito, en La Carbonería (Sevilla). Foto: perezventana

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Si hay un guitarrista singular en fondo y forma en el flamenco actual, ese es Juan Antonio Suárez, Canito. Barcelonés de 1971, deslumbró en la Bienal de 2022 de la mano de Gerardo Núñez, uno de sus maestros, y ahora regresa con La cuerda al aire, donde se alía con otro talento inclasificable como Raúl Rodríguez y su tres cubano. Se presentan este sábado 12 de septiembre en la Sala Turina de la capital hispalense.

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¿Cómo se conocieron Raúl y usted?

Pues nos conocíamos digitalmente, pero no en persona, hasta que Luis Ybarra nos llamó para hablar del proyecto. Fue una propuesta de la Bienal. Y empezó ya casi de tirón, desde el primer día que nos vimos, con un sentimiento muy bonito. Cualquier cosa que hacíamos empezaba a sonar desde el principio.

Raúl es flamenco, rockero y caribeño. Usted es también como Juan Ramón Jiménez, “español de tres mundos”, o más. ¿Van a tener que medir cuánto flamenco se echa al guiso y cuánto de otros ingredientes, como en las recetas?

No, no hemos medido absolutamente nada. Hemos sido muy naturales, algo fundamental, a no ser que haya un proyecto que requiera un poquito más de adaptación hacia una idea o hacia un mensaje determinado. Aquí simplemente hemos juntado nuestros mundos y, de repente, se llevaban tela de bien. Desde el principio hubo química, que es importante. Y respiración unificada, que es más importante todavía. Siendo dos solos es muy importante respirar juntos y sentirnos.

Y los dos de pie, por supuesto…

Sí, sí. Al principio tuvimos un poquito de diálogo sobre qué podíamos hacer con las sillas, cómo utilizarlas, a lo mejor, escenográficamente… Pero rápidamente lo quitamos de en medio, porque nos parecía mucho más interesante ir hacia la música y centrarnos en eso. Ya yo creo que todo el mundo sabe que los dos tocamos de pie. Es una cosa que nos distingue.

¿Usted recuerda cuándo, como diría otro, se “operó” de la silla?

[Risas] Claro que lo recuerdo. Fue muy lejos de aquí. La primera vez que yo toqué de pie fue en Yakarta. Y además hicimos una gira grande por Bali… ¿Qué otras ciudades eran? Pues creo que fuimos a China, a Macao, a Singapur. Todavía, claro, no sabía muy bien cómo. Y me compré el cacharrito este de aquí [señala el enganche inferior de la guitarra], para probar. Fue muy guay.

Otra de las cosas que le singularizan, además del sombrero de ala ancha, es el hecho de ser casi el único flamenco que toca con la cutaway, ¿por qué?

No lo sé. Recuerdo hace muchos años se compró una de José Luis Montón. De hecho, tenemos las mismas guitarras de Arcadio Marín. No renuncié a las otras, lo que pasa es que con las cutaway me di cuenta de que el sonido era igual o mejor, y para tocar de pie la necesito. Si no, no puedo subir, nadie puede meter los dedos tan arriba.

Y cuando dice que suena mejor, ¿no escandaliza a los puristas de la guitarra?

Las guitarras son guitarras y cada uno tiene un sonido… Mi guitarra es un cañón. Y las de Jesús son un cañonazo.

 

«Yo lo que aporto al jazz es mi forma de ver la rítmica, ¿no? Intentando estar, porque tú no puedes romper. Aunque quieran un color flamenco, hay que estar en unión con la música, hay que ir hacia la música. Y me sentía como pez en el agua. Mi cometido ha sido dar otra rítmica que ellos no tienen, tienen otro sentido. Esa fusión de esas dos rítmicas creo que es lo que realmente hace que yo siga ahí todavía»

 

El guitarrista Juan Antonio Suárez 'Canito, en La Carbonería (Sevilla). Foto: perezventana
El guitarrista Juan Antonio Suárez ‘Canito, en La Carbonería (Sevilla). Foto: perezventana

 

Sus orígenes son extremeños. ¿Había flamencos en su familia?

Sí, había flamencos no profesionales, excepto un tío mío que fue cantaor, Ramón el Cumbreño, que fue un excelente cantaor y bailaba también muy bonito. Y, a nivel de la guitarra, yo tenía —porque ha muerto— a la madre de Pablo Suárez, mi tía Adela, que tocaba muy bonito. Tocaba el punteado extremeño. Ella se lo escuchó a la Tía Tijera, de Villafranca de los Barros, y después iba a casa y sacaba su versión de lo que había escuchado, muy similar, pero dándole su forma. Es la guitarra que yo he tenido muy cerca. Fue lo primero que aprendí, de hecho.

Pero usted nació en Barcelona. ¿Se forjó allí como músico?

Yo nazco en Barcelona y hasta los 23 años estoy allí. Nosotros somos gitanos extremeños emigrados a Cataluña, pero tenemos mucha relación con Huelva, con Cumbres Mayores en concreto, porque mi abuelo se fue allí a vivir, como antes los gitanos iban recorriendo los pueblos con las bestias. Aterrizó allí y se quedó 40 años. Yo empecé en Barcelona, creo que tenía 15 o 16 años. Fui a la Academia de Flora Albaicín y allí estuve dos o tres años, yendo a aprender a acompañar el baile. Allí tocaba también Chicuelo. Por mediación de él fui al Tablao de Carmen. Esa es mi primera historia profesional.

¿Y después?

Estuve con Julián Califa, que fue un maestro fantástico. Y luego me fui a Japón con Belén Maya. Hicimos muchas cosas con ella. Y volví a los dos años, con Andrés Marín y La Tania como figuras. Y ya me fui a Madrid después de venir de Japón, y ahí empecé a trabajar en la compañía de Carmen Cortés, donde estaban Gerardo [Núñez], Londro, Tony Maya, el Guadiana… Ahí fue la primera vez que veo al maestro Gerardo, que estaba hecho un cañón, brutal, y yo flipaba.

Luego Gerardo los llevó, a usted y otros compañeros, en aquella gira de The new school of flamenco guitar que se plasmó en disco. Recuerdo que un día lo felicité por la iniciativa, y se quejó de que “los niños” tocaban muy bien, pero se quedaban dormidos y llegaban tarde a los aeropuertos. ¿Eran ustedes muy revoltosos?

Yo no recuerdo nada de eso, la verdad. Yo creo que éramos bastante formales. Es mi recuerdo, ¿no? Yo, desde luego, para ese tipo de cosas, a no ser que pase algo que no sea algo lógico y normal, siempre estoy a mi hora y en mi momento. Yo lo viví todo súper guay, con todos los compañeros y con Gerardo, por supuesto.

Aunque usted ha seguido acompañando a muchos artistas, su carrera de guitarrista de concierto no tiene vuelta atrás. ¿Lo tenía claro?

Yo nunca me había planteado ser concertista, pero el camino me fue llevando a eso. En el momento que hago música para teatro clásico y teatro flamenco, por supuesto, ahí empiezo a componer. Antes, sí, componía falsetas, lo normal de un guitarrista para baile, ¿no? Pero ahí ya empecé a componer para ir hacia una idea, ir hacia una atmósfera, contar algo, con una dirección musical. De repente digo: «Hostia, pues no se me da mal, ¿no?». Seguí caminando hasta que me vi tocando solo en los escenarios y poniendo mi música.

Muchos flamencos quizá no se hagan una idea del nivel galáctico de los músicos con los que ha estado usted tocando recientemente, como Alex Acuña, Frank Gambale, John Patitucci, Vinnie Colaiuta… ¿Cómo se cuela uno en esa liga?

Pues yo estoy igual de sorprendido que tú. Son parte de la élite de Estados Unidos, de los grandes del jazz, un lujazo brutal. Lo intento vivir lo más cercano posible a nivel humano, porque me he encontrado con gente realmente fantástica, personas maravillosas, todos. Fue por una llamada del productor que lleva a Andy James, que es una cantante de jazz. Los conocí en Madrid y trabajé con ellos hace veintitantos años. Y de repente una mañana me llama: «¿Tú quieres grabar?». Con este, con el otro, con el otro. Y yo digo: «Tío, yo no sé qué hacer ahí, yo no soy jazzero, yo no sé improvisar, no controlo ese lenguaje». Me convenció, quería que fuera a Madrid, pero le dije: «No, vente tú para Sevilla. Yo para hacer esto necesito ayuda de alguien que sepa leer». Porque eran 150.000 acordes por canción, y eran un taco de temas. Entonces llamé a un colega maravilloso, a Humberto Girón, que me echó un cable brutal. Total, que los preparamos en tres días, grabé y después me propuso ir a grabar a Las Vegas todo lo que nos había podido. Allí me encontré con toda esa gente.

 

«A ver cómo reacciona el público y qué sensaciones hay también. De repente nos hemos encontrado dos personas diferentes, pero que compartimos también muchas cosas, sobre todo en el sentido de la vida. Musicalmente también hemos sabido acercarnos el uno al otro. La cuerda al aire tiene ese sentido, ese sentimiento también, de tocar al aire del otro»

 

El guitarrista Juan Antonio Suárez 'Canito, en La Carbonería (Sevilla). Foto: perezventana
El guitarrista Juan Antonio Suárez ‘Canito, en La Carbonería (Sevilla). Foto: perezventana

 

¿Le impresionó alguno especialmente?

Colaiuta. De siempre, desde que lo descubrí, ¿no? Siempre me ha parecido una cosa excepcional.

Curioso que le haya atraído más el batería que las cuerdas, ¿no?

Sí, yo es que soy muy rítmico. Patitucci es una barbaridad, ¿no? Pero yo me iba a la batería totalmente.

¿Y qué aporta esta experiencia al guitarrista Canito?

Pues lo que me da es experiencia y me da vida, y me da alegría. Porque claramente yo no soy el más preparado para estar en un sitio así, ¿no? Pero también sé que aporto algo. De hecho, me siguen llamando. Me voy ahora a Australia.

Seguro que “los ha engañado” fantásticamente.

Yo lo que aporto ahí es mi forma de ver la rítmica, ¿no? Intentando estar, porque tú no puedes romper. Aunque quieran un color flamenco, hay que estar en unión con la música, hay que ir hacia la música. Y me sentía como pez en el agua. Mi cometido ha sido dar otra rítmica que ellos no tienen, tienen otro sentido. Esa fusión de esas dos rítmicas creo que es lo que realmente hace que yo siga ahí todavía.

Últimamente ha estado trabajando con Rocío Márquez, ¿no?

Sí, vengo ahora de hacer una minigira muy bonita por Paraguay, Uruguay y Chile, aparte de que íbamos para grabar un documental. La idea era hacer el repertorio de Visto en el Jueves, y después hemos ido improvisando cosas.

¿Y con más gente?

Estoy trabajando con Diana Navarro, que tiene una gira muy bonita por los 20 años de la canción Sola. Me encanta.

El proyecto con Raúl Rodríguez, ¿va a tener recorrido?

Creo que sí. De hecho, antes de haberlo montado ya nos salía una fecha, y nos reíamos. A ver cómo reacciona el público y qué sensaciones hay también. De repente nos hemos encontrado dos personas diferentes, pero que compartimos también muchas cosas, sobre todo en el sentido de la vida. Musicalmente también hemos sabido acercarnos el uno al otro. La cuerda al aire tiene ese sentido, ese sentimiento también, de tocar al aire del otro. ♦

 

 

Alejandro Luque

Alejandro Luque

Un pie en Cádiz y otro en Sevilla. Un cuarto de siglo de periodismo cultural, y contando. Por amor al arte, al fin del mundo.

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