La historia reciente del flamenco no puede entenderse sin la figura de Juan Lebrón. Aunque su nombre permaneciera muchas veces en un discreto segundo plano, el productor antequerano fue uno de los grandes responsables de que el arte jondo encontrara en el lenguaje audiovisual una vía privilegiada para llegar a todo el planeta, en el lugar justo y en el momento justo. Ahora, cuando nos ha dejado en Sevilla a los 73 años, queda ese legado que trasciende el cine para fundirse con toda una cultura musical.
Mucho antes de que la industria audiovisual andaluza alcanzara la solidez de la que hoy goza, Lebrón comprendió que el flamenco merecía una producción a la altura de su dimensión artística y patrimonial. Con una intuición poco común y una extraordinaria capacidad para sacar adelante proyectos de gran envergadura, convirtió en realidad obras que hoy forman parte de la iconografía contemporánea del género.
Su trayectoria comenzó en los primeros años setenta como fotógrafo en Londres. Después trabajó en Cifra Gráfica y Cosmo Press antes de foguearse como cámara de televisión en TVE, donde participó en producciones tan emblemáticas como El hombre y la tierra, de Félix Rodríguez de la Fuente, o Verano azul, de Antonio Mercero. Sin embargo, el verdadero punto de inflexión llegó durante su estancia de cinco años en Estados Unidos, donde amplió su formación y adquirió una visión mucho más moderna de la producción audiovisual.
A su regreso a España continuó trabajando como cámara en documentales como El arte de vivir, dirigido por Luis Calvo Teixeira, y Otros pueblos, de Luis Pancorbo, hasta dar el salto definitivo a la producción. Instalado en Sevilla en vísperas de la Exposición Universal de 1992, impulsó numerosos proyectos institucionales y televisivos, pero sería precisamente aquel año cuando iniciaría la etapa que lo convertiría en una figura esencial para la difusión del flamenco.
La alianza con Carlos Saura dio como resultado Sevillanas, estrenada en 1992. Una obra que revolucionó la manera de filmar el baile, el cante y la música flamenca. Más que un documental, la película reunió a algunas de las mayores figuras del momento en una propuesta visual de enorme belleza que acercó el género a públicos que hasta entonces apenas habían tenido contacto con él. La imagen de un Camarón de la Isla próximo a la muerte, casi un testamento en imágenes, quedaron grabadas de forma indeleble en la memoria de los aficionados.
«La desaparición de Juan Lebrón deja un vacío en el audiovisual andaluz, pero también en la historia del cante, el baile y el toque. Porque detrás de muchas de las imágenes que hoy forman parte del imaginario colectivo de este arte estaba la mirada de un productor que supo reconocer su valor y proyectarlo más allá de cualquier frontera»
El éxito fue inmediato. Sevillanas obtuvo la Rose d’Or y la Rosa de Plata en el Festival de Montreux, fue finalista de los premios Emmy y se convirtió en el vídeo más vendido de la historia del cine español hasta ese momento, con más de 387.000 copias en formato VHS, cifras que hablan de un fenómeno cultural que desbordaba ampliamente los límites del circuito flamenco.
Si Sevillanas abrió una brecha, Flamenco terminó de abrir la puerta de par en par. Estrenada en 1995 en el Festival de Venecia y fotografiada por Vittorio Storaro, ganador de tres Oscar, la película elevó el flamenco a una categoría visual pocas veces alcanzada en el cine. El tándem Lebrón-Saura volvió a demostrar que era posible combinar ambición artística, excelencia técnica y capacidad para conectar con espectadores de muy distintas culturas, además de reunir a un impresionante elenco con La Paquera, Farruco, Chocolate, Enrique Morente, Manuela Carrasco, Merche Esmeralda, Manuel Agujetas, Paco de Lucía o Manolo Sanlúcar, entre otros astros.
Ambas producciones recorrieron los principales festivales internacionales —Cannes, Venecia, Nueva York, Montreal, Londres, Toronto, San Sebastián o Berlín, entre muchos otros— y contribuyeron decisivamente a consolidar una imagen del flamenco como una de las grandes expresiones culturales universales nacidas en Andalucía. Buena parte de la consideración internacional que hoy disfruta este arte encontró en aquellas películas un escaparate excepcional.
Aunque posteriormente desarrolló otros proyectos de notable repercusión, como Andalucía es de cine, siempre permaneció estrechamente vinculado al flamenco. Su empeño por seguir ampliando ese legado quedó patente hasta el final: pese a la enfermedad que padecía, trabajaba en una tercera entrega del universo cinematográfico de Flamenco junto a Carlos Saura, esta vez con Nueva York como escenario.
Además de los reconocimientos institucionales recibidos a lo largo de su carrera, Juan Lebrón deja una aportación difícil de medir únicamente en premios. Su desaparición deja un vacío en el audiovisual andaluz, pero también en la historia del cante, el baile y el toque. Porque detrás de muchas de las imágenes que hoy forman parte del imaginario colectivo de este arte estaba la mirada de un productor que supo reconocer su valor y proyectarlo más allá de cualquier frontera. ♦




















































































