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Pa cantar bien hay que tener buena solera

Releyendo el magnífico libro de Manuel Herrera, me encuentro con estas sabias palabras de José de los Reyes, El Negro del Puerto de Santa María: "Pa cantar gitano no hay que ser gitano, pero sí saber cantar gitano". Aquel cantaor de romances rescatado por el añorado Luis Suárez Ávila usó en aquella entrevista 'gitano' como adjetivo.

Faustino Núñez por Faustino Núñez
15 octubre 2025
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José de los Reyes 'El Negro del Puerto'. Portada del libro 'Flamencos', de Manuel Herrera.

José de los Reyes 'El Negro del Puerto'. Portada del libro 'Flamencos', de Manuel Herrera.

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Releyendo el magnífico libro de Manuel Herrera que me regaló su hija cuando estuve en Los Palacios, me encuentro con estas sabias palabras de José de los Reyes, El Negro del Puerto de Santa María: «Pa cantar gitano no hay que ser gitano, pero sí saber cantar gitano». Aquel cantaor de romances rescatado por el añorado Luis Suárez Ávila usó en aquella entrevista ‘gitano’ como adjetivo. Y he aquí, en mi opinión, el más grande malentendido de los muchos que inundan las frecuentes discusiones entre aficionados a la música jonda: confundir, creo que intencionadamente, o sea, haber pretendido confundir al personal entre el calificativo gitano, esto es: cantar, tocar o bailar gitano, lo gitano, respecto del sustantivo, el ser o no ser gitano como condición para cantar, tocar o bailar flamenco como Dios manda.

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Si nos remontamos al año 1847, la primera vez que aparece escrita la palabra flamenco, al menos hasta hoy, en relación con un género de música cantable, concretamente el 6 de junio, fue en el diario madrileño El Espectador en una gacetilla titulada «Cantante Flamenco», en referencia al gaditano y sobrino de Antonio Monge El Planeta, Lázaro Quintana. Ahí podemos leer bien clarito: «El cantante del género gitano», literal. Habida cuenta de que Lázaro, quien seguramente ni siquiera era gitano, sí fue, y es lo que nos importa en el contexto que estamos comentando, un pionero en la interpretación de canciones del género gitano, aquel nuevo tipo de música, según se viene a relatar en ese anuncio, que se interpretó aquella noche en Madrid, vemos que gitano se refiere al género, y no a quien lo interpreta. Y resulta que un siglo largo después un cantaor, nada sospechoso de intentar barrer para su casta, José El Negro, la noticia de 1847 viene a corroborar sus palabras: «Pa cantar gitano no hay que ser gitano, pero sí saber cantar gitano». Y así, queridos lectores, vamos a meternos en un jardín que veremos si podemos salir, o no, ilesos.

En otro momento, la sabiduría natural de José de los Reyes afirma con rotundidad que los cantes gitanos son la seguiriya, la soleá, el martinete, la bulería, la alegría y la malagueña. ¡Anda que no! Ahí tienen la cantiña gaditana y el supremo fandango malacitano como cantes gitanos. ¡Claro que sí! Lo dice porque gitanos son los cantes, la música, la forma de interpretar melodías, armonías y ritmos, y no quién los hace. Y saber cantar gitano es cantar bien por seguiriya, soleá, alegrías o la malagueña del Canario, aunque quien lo cante se apellide Kawasaki.

 

«Qué quieren que les diga. Nunca miro el ADN de quien canta, toca o baila, jamás se me ocurriría elegir entre Händel o Scarlatti por el hecho de ser uno alemán y el otro italiano, o elegir entre Mozart y Haydn, por ser de Salzburgo y Viena respectivamente»

 

Me gusta el libro de Herrera porque deja hablar a los artistas, aunque casi todos gitanos, para gustos los colores y las preferencias de Manuel iban por ese palo, y esos maestros, la mayoría bien entrados en años, son la voz de la experiencia y no suelen contener trampa ni cartón. Ahí siempre se aprende o al menos se aclaran las ideas, y casi siempre es un ejercicio muy recomendable eso de escuchar la voz de la experiencia.

Y ahora viene el quid de la cuestión: ¿qué es realmente cantar gitano? Para muchos, en mi opinión erróneamente, tiene que ver con el timbre, ya expresé esta idea en otro artículo. Hay que tener la voz ronca, voz de piedra, es decir, estar en las antípodas del cante de José Tejada Martín, para el arte Niño de Marchena, que en general a oídos del aficionado representa el colmo del cante… digamos payo. Para aquellos que son de esa opinión, para cantar gitano hay que poseer la voz de Manuel Agujetas, Alonso Núñez Rancapino, Gregorio El Borrico, Tía Anica La Piriñaca, Fernando Terremoto, voces atávicas, de hondura inconmensurable, esas que cuando cantan por seguiriya la boca les sabe a sangre, según la poética del mundillo jondo, que suele reconfortar las ensoñaciones raciales de aquellos que consideran que si no eres gitano no puedes cantar flamenco. Una cuestión de gustos elevada a categoría del ser o no ser. Y yo me pregunto: ¿cuántos apellidos gitanos hay que tener para ser considerado gitano, en Andalucía, el paraíso del mestizaje? Porque la gran Lola de Jerez, que para muchos sigue siendo un paradigma de lo gitano, al parecer de cuatro abuelos solo uno lo era, aunque su arte, su voz, su baile, aquel del «no se lo pierdan», no podía ser más gitano, como adjetivo calificativo.

Hace unos días, en mis labores de ratón de biblioteca, me topé con un anuncio del Ballet de José Greco sobre una actuación en Guadalajara, México, de 1966, donde se anuncia al «célebre guitarrista gitano Paco de Lucía«, y hace mucho encontré una crónica de Nueva York donde destacaban la maestría gitana de Antonio Gades. Para los cronistas lo gitano era un adjetivo, una forma de calificar el toque y el baile de dos payos. No es el verbo ser, es el verbo cantar, tocar o bailar. ¿Si eres gitano sabes cantar gitano mejor que alguien que no lo es? No siempre. Chacón por malagueñas fue un portento y según El Negro es un cante gitano. También fue Don Antonio grande por soleá, seguiriya y por cantiñas, y nadie le puede quitar el haber sido el faro que iluminó la senda por la que circuló el flamenco durante un siglo, camino recorrido por Pastora, Tomás, Mojama, Caracol, y hasta Camarón está en deuda con aquel titán jerezano que algunos osados que jamás lo escucharon cantar lo llegaron a calificar de cantante, negándole la categoría flamenca de cantaor, por ser gachó.

 

«Puedes ser fino, palo cortao, oloroso o Pedro Ximénez, todos tienen su solera, es decir: saben transformar lo viejo en nuevo, con raíces profundas, mucho más hondas que las cuestiones de sangre, alcurnia, y otras purezas de sangre tan sobrevaloradas hoy en día»

 

Y en esas estamos. Como es natural de toda naturalidad, cada uno tenemos nuestras preferencias. Es cuestión de gustos, y, como suelo decir, para gustos las versiones. Personalmente tengo debilidad por Vallejo y por Tomás Pavón, por Camarón y Morente, por Caracol y Marchena, por Mairena y Fosforito, por Menese y Panseco, por Antonio Reyes y Mayte Martín. Qué quieren que les diga. Nunca miro el ADN de quien canta, toca o baila, jamás se me ocurriría elegir entre Händel o Scarlatti por el hecho de ser uno alemán y el otro italiano, o elegir entre Mozart y Haydn, por ser de Salzburgo y Viena respectivamente.

Todo es una cuestión de solera, para cantar bien parece imprescindible el haberse forjado con los preciosos metales de la jondura, y esos se dan en los hogares más variopintos y a nadie se le ocurre que intervengan cuestiones raciales en tan exquisita y sofisticada selección natural. Puedes ser fino, palo cortao, oloroso o Pedro Ximénez, todos tienen su solera, es decir: saben transformar lo viejo en nuevo, con raíces profundas, mucho más hondas que las cuestiones de sangre, alcurnia, y otras purezas de sangre tan sobrevaloradas hoy en día.

 

Faustino Núñez

Faustino Núñez

Faustino Núñez (Vigo 1961) es musicólogo. Licenciado y master en musicología por la Universidad de Viena, ha impartido cursos y seminarios por todo el mundo. Violonchelista y guitarrista, ha sido director musical de la Compañía Antonio Gades y presidente de su Fundación. En los años noventa fue director del sello Deutsche Grammophon. Autor de numerosos libros didácticos y de carácter científico sobre flamenco, música española y música clásica. Es autor de la la página web www.flamencopolis.com. Productor discográfico y profesor del Aula de Flamencología de la Universidad de Cádiz, del Master de la Escuela Superior de Música de Cataluña y hasta septiembre de 2017 ha sido Catedrático de flamenco del Conservatorio Superior de Música de Córdoba. Actualmente reside en su ciudad natal donde continua su labor como profesor y conferenciante.

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