No soy cuidador de panteones, pero de vez en vez gozo dándole voz a los silenciados, a flamencos que quedaron en mi memoria pero que provocan, incomprensiblemente, olvidos intemporales, acaso porque salvo personajes mediáticos, la información procesada no se retiene en el mundo flamenco y, obviamente, las huellas se debilitan.
Frente a esa patología sólo queda la obligada restauración de nuestros históricos, como el caso de Manuel Oliver, al que, aprovechando que este 14 de octubre se cumple el 120 aniversario de su nacimiento, traemos hoy a ExpoFlamenco, pero no para rescatar su biografía, que está al alcance del lector, sino para agitar conciencias.
Me centraré, por tanto, en una grabación que, producida por Diego Pizarro Fernández, editó el sello Pasarela SL en 1989 y que, junto a otra doméstica que bien antes circulaba sobre Emilio Abadía, alcanza el rango de trascendental. Ambos son genuinos firmes puntales que sostenían a la Triana del Zurraque, dos puntos de referencia más que rigurosos por ser fieles a las mismas formas que caracterizaron sus comienzos.
Reseñemos que Oliver de Triana, como contamos no más conocer su publicación, siempre se negó al sometimiento de un estudio de grabación. Jamás permitió que la soleá de Triana entrara en los comercios de persas porque nunca consintió la alcahuetería: Tres cosas tiene Triana / que no se pueden igualar. / El Cachorro, La Esperanza / y el cante por soleá.
Cuando por fin decidió aceptar la solicitud formal de Pasarela, una traicionera enfermedad acabó con las ilusiones de muchos. Mas el aficionado trianero Manuel Cerrejón –al que en su día felicitamos efusivamente– permitió culminar el objetivo, aunque se trate de un recital realizado, junto a la guitarra de Antonio Sousa, en la Peña Flamenca de Huelva el año 1977.
En el panorama de la Triana del Zurraque, Manuel Oliver aparece como un maestro apasionante. Para él la música flamenca fue siempre una necesidad y sus soleares locales tienen ese aire de dulzura arqueológica que nace de la fidelidad total, de la perfecta identificación entre el pensamiento de la Cava de los Civiles y su concepción musical.
Los temas del disco en cuestión están concebidos con gran libertad rítmica e importan más los estilos y el tono de su realización que la inspiración del cantaor. No cabe dudar que utiliza el documento musical de sus predecesores y coetáneos, acusando la fuerte presencia de ellos en unas variantes que parecen no ser imitadas, sino plenamente absorbidas.
Aunque la soleá es su confidente artístico y estético, Oliver de Triana nos brinda unos cantes que emanan el calor que han aspirado durante el día. Anótese que aludimos a un guardador de valores incalculables; un tesorero de unos matices que expresan sonidos percibidos en la distancia, pero que establecen la diferencia entre lo que es y lo que hubiera podido ser.
«En el panorama de la Triana del Zurraque, Manuel Oliver aparece como un maestro apasionante. Para él la música flamenca fue siempre una necesidad y sus soleares locales tienen ese aire de dulzura arqueológica que nace de la fidelidad total, de la perfecta identificación entre el pensamiento de la Cava de los Civiles y su concepción musical»
El anverso del disco contempla y define los estilos soleareros del Zurraque, donde denota la influencia –¡y esto es importante!– de Ramón el Ollero en la soleá grande de La Serneta y en la de alivio de Joaquín el de la Paula, Garfia, La Gómez o las versiones que El Sordillo y Joaquín Costillares asimilaron de Emilio Abadía y El Pancho, respectivamente, concluyendo con las seguiriyas de Joaquín la Cherna, Paco la Luz y Frasco el Colorao.
En el reverso encontramos rotulados los martinetes de Cagancho –en realidad responden a los estilos de Pepe el Culata y El Malino– y dos grupos de soleares apolás. De un lado, las llamadas del Zurraque que fueron desempolvadas por El Pancho, y por otra parte, las etiquetadas como apolás de Silverio –nos parecen más valientes y fidedignas las del Tenazas de Morón–, que cierran con lo que los aficionados conocen por soleá petenera.
Los temas abordados comprendían por aquellas calendas un acercamiento sin ruptura al pasado, un hallazgo que debe propiciar el rechazo a la ornamentación baladí, la grandilocuencia y la farragosidad a que se estaban sometiendo. Se trata, en resumen, de expresiones íntimas, enormemente objetivas, que responden a múltiples ramificaciones de un mismo tronco: el espíritu trianero.
Todos los cantes autóctonos referidos se arropan mediante insólitas armonías que merced a Oliver de Triana, a su generosidad, maestría y esfuerzo, impedían en la época que el vacío no se convirtiera en abismo. La ternura, sin angustia ni quejas, de aquella soleá de Triana donde el intelecto prevalecía sobre el instinto musical y la realidad vivida encubría a la inspiración, despertó de su callada soledad.
Afortunadamente, con la vuelta de nuevo a los surcos de esta grabación, la versatilidad creadora que siempre distinguió a Triana sigue cargada de estímulos visuales y vivencias. Manuel Oliver, el menos presumido y más humilde de los trianeros, cual Cid Campeador, ganó aquel año la guerra tras la última batalla.
Y así lo afirmamos porque son cantes que, desde aquel año de 1989, reposan en el rincón de la historia merced a una tarea hermosa y fructuosa, una satisfacción que redescubre caminos pletóricos de rastros evidentes, que son los que se abren a nuevas lecturas de una historia en la que se atisba que aún hay mucho que rescatar del olvido. ♦















