Lo pudimos comprobar el domingo 4 de octubre de muy primera mano. Y es que en esta tierra nuestra, siempre alegre y siempre herida, hay hombres que pertenecen a un lugar. Y pertenecen incluso cuando la infancia los lleva lejos, porque siempre regresan para devolverle a su tierra aquello que ella sembró en ellos.
Juan Luis Cabrera González (Morón de la Frontera, 1948), Laranla para su buena gente de Morón, pertenece a esa estirpe. Su historia es también la de un Morón de la Frontera que buscaba entonces palabras nuevas para contarse y expresarse. «Yo en mi vuelo no me arrastro, que arrastrarse es la ruina. Yo soy pájaro de encina, de monte y de cordillera. Yo no canto la zonzera del que canta lo gallina».
Juan Toro Barea, después de adentrarse en la figura de Dieguito del Gastor en su anterior libro publicado por Almuzara, vuelve ahora la mirada hacia otro personaje histórico de la ciudad del Gallo. Lo hace a petición de la editorial LaBaja Andalucía, que acoge la obra Juan Luis Cabrera «Laranla», Alma de pampa y olivo con el cuidado que merece un relato nacido de la memoria, de la conversación y de la necesidad de rescatar a quienes hicieron pueblo. La edición ha sido maquetada y cuidada con especial cariño por Fran Villena y Jacobo Vega.
Laranla nació junto a las cuevas del Castillo de Morón, donde vivió su primera infancia. Un territorio de piedra, humildad, necesidades, dignidad y supervivencia donde comenzaron a dibujarse sus primeros paisajes. Muy pequeño marchó a Cádiz. Allí, a orillas del Atlántico, creció, escuchó, aprendió y fue construyendo una personalidad que nunca dejó de mirar hacia atrás. Hasta que regresó. Volvió a Morón para entregarle su sangre a la parte que se lo había dado todo. La sal y la cal.
«Entre la pampa soñada y el olivo conocido, entre Cádiz y Morón, entre el flamenco y el carnaval, Laranla encontró su propia voz. Y Juan Toro la rescata ahora y se lo regala a los flamencos, y a todo el que quiera, para que no vuelva a perderse»
En el prólogo de Antonio Escobar, que pertenece a la generación de músicos moroneros posterior a la de Juan Luis, el maestro de la agrupación de San Francisco pone voz a los recuerdos y evoca su propia vida junto al protagonista de nuestro libro. Antoñito lo define desde una frontera difícil de fijar: entre el cantaor flamenco y el coplero de carnaval. Porque la ancha figura de Laranla no cabría en un solo género. Su cabeza tampoco. Las coplas que había escuchado desde siempre no le bastaban para expresar y transmitir aquello que llevaba dentro.
Tuvo que viajar, sin moverse —quizá— demasiado de su tierra hasta los poetas sudamericanos que hablaban de gauchos, de hombres a caballo, de tierras abiertas y destinos ásperos. Y de aquel viaje emocional se trajo a nuestro paisaje una nueva manera de nombrarse y de nombrar su mundo: los olivos, los jornaleros, el campo y la vida.
Por eso este libro no es solamente la biografía de un hombre. Es también la crónica íntima de una época. «No tengo ganas de cantar y estoy cantando. Me da pereza abrir mi boca para decir lo que dijeron tantos…». Juan Toro se ha convertido en un autor fundamental para comprender aquellos años setenta y ochenta en los que Morón cambiaba, despertaba y veía cómo algunas puertas, después de mucho tiempo cerradas a cal y canto, comenzaban de nuevo a abrirse. Al menos, a entornarse. Pero también fueron años de decepciones políticas e ilusiones rotas, de promesas incumplidas y hastío que se canta con quebranto. «Por eso hoy canto solo por cantar sin ningún motivo de preocupación. Que los problemas son de cada cual, y cada cual ya tiene su canción…».
Entre la pampa soñada y el olivo conocido, entre Cádiz y Morón, entre el flamenco y el carnaval, Laranla encontró su propia voz. Y Juan Toro la rescata ahora y se lo regala a los flamencos, y a todo el que quiera, para que no vuelva a perderse. ♦

















