El 12 de octubre de 2026, Día de la Hispanidad, la Plaza Mayor de Madrid congregó aproximadamente a diez mil personas para celebrar el flamenco. Fue gracias a la Gala de Estrellas del Flamenco del icónico Corral de la Morería, sello indiscutible y guinda de una celebración como esta, a pesar de las dificultades a las que se enfrenta. Una metáfora del mismo: conseguir abrirse paso entre tanto ruido.
Son las 8 de la tarde y la gente empieza a aglutinarse alrededor de las vallas que cercan el escenario en el que va a tener lugar un espectáculo que para muchos será una experiencia nueva. El flamenco en directo y de forma gratuita, protagonizado por las grandes personalidades que mantienen su nombre. No es un privilegio al que siempre se puede acceder.
La celebración consigue reunir tanto aficionados como gente de todas partes del mundo que disfrutan de este arte por primera vez. Es el emblemático Corral de la Morería, en el año de su septuagésimo aniversario, el que se encarga de patrocinar este acto. Así, Blanca del Rey, a la que enfocan en las grandes pantallas con asiduidad, disfruta orgullosa de la actuación de cada uno de los artistas que dejan su huella en el escenario madrileño.
La Moneta, bailaora granadina, abre paso al arte con una soleá que llama la atención de la gente que pasea por allí sin rumbo. Madrileños que termina por querer pararse, a ver si consiguen verlo de frente. Pero a pesar de la curiosidad, prima un ambiente ciertamente frío. Público inexperto.
Entre tanto, un grupo de seguidores del Manchester United distorsiona la tranquilidad de la plaza con unos cánticos que en un principio parecen anecdóticos, pero finalmente resultan bastante molestos. Por un lado, para la gente que intenta disfrutar del acto. Pero sobre todo para las personalidades que intentan dejar su firma encima del escenario. Alguien llama a la policía, que tampoco consigue desvanecer los gritos hasta bien entrada la velada.
Si ya de por sí el flamenco lo tiene difícil para mantener la atención de esas personas que lo consumen por primera vez como algo puntual, más aún si hay otra circunstancia que despierta un morbo más allá de la máxima exposición del arte. Pero el arte no se rinde y poco a poco logra ganar terreno.
«Una vez más, el eco del flamenco consigue hacerse paso entre tanto ruido. Incluso arrancar varios ‘oles’ novatos con una entonación muy poco flamenca, pero entre los que se alcanza a distinguir la emoción. Incluso algún extranjero se atreve a dar palmas o bailar, imitando a los artistas encima del escenario»

Algún comentario repetitivo que se consigue apreciar en el barullo de la plaza es que se trata de un flamenco excesivamente puro. El público demanda algo más coreográfico. Quizá porque nadie les ha explicado que si algo mantiene viva la llama del flamenco es la posibilidad de desplegar las emociones de forma anárquica. Una comunicación y una conexión extrema entre los miembros del conjunto, que permite crear una experiencia nueva cada vez que se exponen.
Diana Navarro entra al escenario denunciando la falta de respeto de los seguidores del Manchester United. Comienza con una guajira que mantiene al público totalmente anonadado. Es la primera, después de La Moneta y Mercedes Ruiz, que rompe esa ‘pureza’ de la que se habla entre los asistentes, a pesar de ceñirse a los palos del flamenco. Algo que los más aficionados sí son capaces de distinguir. Es ella la que termina por crear un ambiente de interés y reflexión que comienza a alejar el ruido de los irrespetuosos. De repente, se siente romper la austeridad con la que el público se enfrenta a la gala. Diana abre paso al siguiente artista, que de algún modo parece haber escuchado las demandas de la plaza. Jesús Carmona es arriesgado, pero a la vez estratega, pues sabe bien cómo entrarle a un público que no es nada homogéneo. Mezcla calidad con contemporaneidad y coreografía con improvisación. Una amalgama que parece ser clave en este momento.
Finalmente, Olga Pericet y José Maya optan por bailar soleá por bulerías respectivamente, pero ambos manteniendo sus particulares formas. El hecho de repetir el palo pasa desapercibido, porque la enmascaran de la personalidad suficiente para que no resultar reiterativos.
Una vez más, el eco del flamenco consigue hacerse paso entre tanto ruido. Incluso arrancar varios ‘oles’ novatos con una entonación muy poco flamenca, pero entre los que se alcanza a distinguir la emoción. Incluso algún extranjero se atreve a dar palmas o bailar, imitando a los artistas encima del escenario.
No ha sido la forma más cómoda de disfrutar de ello, pero sí una manera de evidenciar que el flamenco siempre sabrá cómo hacer el puzzle, por muy heterogéneas que sean las piezas. También, esquivar las faltas de respeto de aquellos que piensan que ante la libertad de expresión y la ignorancia, todo vale. Sobre todo, pasando por alto la capacidad de este arte para mantenerse intacto después de tantas y tantas décadas y seguir conquistando nuevos aficionados. ♦
















