Después de los seis meses más intensos de mi vida, montando, con el único genio con el que he trabajado, el que fue su último ballet, Fuenteovejuna (1994), no nos había dado tiempo a ensayar, ni una sola vez, la Carmen (1984), otra obra maestra de Gades, con la que estuvimos girando el mundo entero durante aquellos inolvidables años que tuve la dicha de compartir con Antonio y mis treinta y cinco compañeros momentos inolvidables.
Estrenamos el nuevo ballet en la ópera de Génova en diciembre de 1994 y tras la Navidad viajamos a Japón, cuarenta días pasamos en ese maravilloso país. Al llegar a Tokio, maletas al hotel y andando al Bunkacenter, un teatro de tres mil butacas que se llenaba todos los días, alguno con doble función. Un bastinazo, vaya. Fuente, que así llamábamos a la genialidad que parió Gades en aquel semestre, fue un encargo de los japos, y la verdadera puesta de largo de la obra era allí.
El estreno japonés fue todo un éxito. Sin embargo, yo estaba literalmente muerto de miedo. La nueva obra, de la que recibí el encargo de hacer la música, además de hacer el pregón al inicio, tocar la guitarra, el cajón, mover baúles, hasta bailar, y todo lo que hacíamos los que allí participábamos, un sin parar, estaba montada y más que ensayada. Solo quedaba rodarla, y en eso estábamos. El miedo atroz era la Carmen. En medio año de intenso trabajo no le habíamos dedicado ni un ensayo y se acercaba la fecha de ponerla en escena.
Claro, el cincuenta por ciento de la compañía la habían hecho miles de veces, el cuerpo de baile la habían ensayado por su cuenta, la pelea de la tabacalera, la clase. Y yo, que tenía que tocar la tercera guitarra, cantar, y bailar, mover sillas y mesas, lo propio de cualquier obra de Antonio Gades, un sin parar. Por no hablar del cuidado que había que tener para estar en tu sitio evitando pasarte un centímetro más a la derecha, o más arriba. Cagaíto estaba yo.
«No me pregunten cómo pero… comienza la clase con la que abre esa genialidad que es la Carmen de Gades, la escena acabó con un estruendoso aplauso. Soplé, me sequé el sudor y seguimos: guajira, pelea, fiesta por bulerías, martinete, bastones para el mirabrás, se acercaba el final. Se cerró el telón. ¡Increíble! Pude hacer la obra sin ensayarla entera ni una sola vez. Un milagro»
Sara Baras y su pareja de entonces, el gran Javier Barón, trabajaban en el Flamenco de Shinyuku, muy cerca del teatro y el hotel. Íbamos casi todos los días a verlos, Antonio le tenía echado el ojo a la niña para incorporarla al elenco, algo que nunca se produjo, por desgracia. Los dos venían todos los días al teatro a ver los ensayos, los ensayos de Fuente, porque la Carmen no la tocábamos. Antoñito Solera, en paz descanse, aunque era un bendito, no se preocupaba en absoluto por mi parte de guitarra, ¡eso no tiene dificultad! ¡Tranquilo, hombre! ¿Tranquilo?
No eran solo los acordes de las muchas escenas que llevan guitarras, diez veces más que Fuenteovejuna, donde la música está en un ochenta por ciento grabada, al revés que la versión de Gades de la sublime obra de Próspero Merimé, que se canta y toca casi todo el tiempo. Amén de tocar y cantar, había que ver los movimientos de la puesta en escena, tan meticulosa en las obras del genial Antonio. Miedo daban los gritos que te daba si hacías algo mal. Las broncas no eran chicas. Siempre he dicho que yo he hecho dos veces la mili, la que hice en el España 18 de Cartagena, batallón de carros, tocando en la banda, que duró quince meses, y los años que estuve con Gades. Su lema era disciplina y libertad, disciplina desde que pisabas la puerta del teatro y libertad cuando salías. Mi segunda mili, literal.
Por fin llegó el día de hacer Carmen. En aquellos años en las giras hacíamos Fuente y Carmen, el éxito más sonoro de Gades. Una obra que se ha subido a las tablas de los teatros de todo el mundo más de diez mil veces. Lo digo porque el otro día en Madrid un conocido bailaor presumía en público de ser el autor de la obra flamenca que más se ha representado en el mundo, y estoy seguro que no llega a quinientas, pero bueno, no es la primera vez que le he escuchado echarse flores, el pobre. Aquel día no dormí. Las habitaciones en Japón son estrechísimas, con decir que nos daban otra para las maletas, están lejos de ser las mejores para un descanso reparador, aunque, a esas edades, te echen lo que te echen, era más que soportable. No había queja. Pues eso, dormí poco y mal. A las diez al teatro a poner las luces. Gades necesitaba horas y horas para esa tarea. Minucioso no, lo siguiente. Ahí por lo menos pude saber mi posición en cada escena. Solera todo el rato: tranquilo, tú conmigo siempre. Hasta que me dijo, ¡noooo, tú allí! Y entonces el grito del Pájaro: ¡Faustinooooo! Glup. Tierra trágame. Pues eso. Se pusieron las luces y a comer, a descansar y a las cuatro al teatro de nuevo. Yo detrás de Antoñito y Manuel El Perdi, el otro guitarrista. Preguntándole al Gómez de Jerez en qué tono cantaba esto y lo otro, Candi Román, como siempre, ayudándome, y yo loco loquito.
Me puse la ropa que me correspondía, camisa, vaquero y chaleco verde. Al menos era ropa normal, no como en Fuenteovejuna, pana pesada que me hacía perder un kilo por función. La coronilla que tengo desde muy jovencito pintada con un corcho quemado para no llevarme la luz. Afinar bien, cejilla al bolsillo, petaca al cinturón y micro con pinza a la boca de la guitarra, y al escenario. Telón echado, cada uno en su sitio y…
No me pregunten cómo pero… comienza la clase con la que abre esa genialidad que es la Carmen de Gades, la escena acabó con un estruendoso aplauso. Soplé, me sequé el sudor y seguimos, guajira, pelea, fiesta por bulerías, martinete, bastones para el mirabrás, se acercaba el final. Se cerró el telón. ¡Increíble! Pude hacer la obra sin ensayarla entera ni una sola vez. Un milagro. En la foto, estoy con Antonio el último día de aquella primera gira, con un cartel que al parecer dice: os esperamos en 1997, dos años después. Las cozas. ♦














