Me resultó muy curioso, por no decir penoso, que el 125 aniversario de esta insigne cantaora transcurriera in albis en la ciudad que la viera nacer. De ahí, que traté de saldar esta deuda con motivo de la celebración del Día del Flamenco en el Espacio expoflamenco de Jerez. Ni que decir tiene que guardamos un minuto de silencio simbólico por el maestro Fosforito, fallecido en la mañana de esa misma jornada.
Porque Ana María Blanco Soto ‘la Piriñaca’ (Jerez, 1899 – 1987) no es sólo una cantaora destacada en la historia de la quejumbre jerezana; se me antoja una piedra angular en la transmisión de la mejor escuela de su barrio de Santiago. Ya en mi libro ‘De Jerez y sus cantes’ reparaba en una trilogía esencial en estos menesteres: la propia Anica, Tío Gregorio ‘el Borrico’ y el ‘Viejo Agujetas’. No son los únicos pero sí trascendentales en el trasiego de la más pura y jonda herencia de su tierra. Muy longevos, especialmente nuestra protagonista que murió con 88 años, y apenas conociendo los circuitos comerciales, sus legados son un manantial de primer orden a los que acudir en estos tiempos de fusiones y sus derivados. Nunca con ellos perderemos el norte.
Eso fue lo que básicamente tratamos en una especial sesión de Cultura Flamenca & Sherry dedicada a la matriarca santiaguera el pasado 13 de noviembre en nuestra sede. Eso sí, identificando su manera de acometer el lamento con el caoba del oloroso. Logrando un puente sensorial excepcional donde la albariza y la madera envinada enlazan con la memoria de Tía Anica por la vía directa.
Junto a una somera biografía, ayudada por dos bisnietas y dos tataranietas de la cantaora, resalté la enjundiosa transmisión de algunas variantes que en su desgarrada voz aún resuenan desde aquella calle La Sangre donde viviera. A saber, los cantes por siguiriyas de Tío José de Paula y Juanichi el Manijero así como los tercios por soleá de Juaniquí y Frijones, especialmente.
Con una tarde de meteorología muy adversa – media hora antes de comenzar caía la mundial – nos sorprendió gratamente el animado grupo que nos acompañó para celebrar el Día del Flamenco en forma de recordatorio. Aunque fuera sencillamente, allí abrigados al calor del vino oloroso, encendimos una velita humilde pero luminosa para alumbrar el magisterio de una de la más grandes del cante de Jerez. Se acuerden o no de ella.








































