Estévez / Paños y Compañía dan la vuelta al acertijo en Doncellas (juerga permanente), noche única en el Teatro Central dentro de la XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla. Aquí las doncellas son nueve hombres y bailan los toques del madrileño Ramón Montoya, el guitarrista que sacó el toque del acompañamiento y lo sentó solo en el escenario.
Rafael Estévez y Valeriano Paños, Premio Nacional de Danza en 2019, guardaron la idea casi veinte años en un cajón, porque las grabaciones de Montoya sonaban demasiado mal para bailarlas. La desbloqueó Alejandro Hurtado, que llegó con cinco toques grabados y se encontró con que ellos querían quince. La obra aterriza en Sevilla con las entradas agotadas y dos premios del Festival de Jerez, el de la crítica y el de mejor interpretación musical para Hurtado. Con ellos bailan otros siete hombres, y ninguno hace de coro: en esta compañía cada bailaor trae su propia voz.
El territorio es la juerga, la de los reservados de antaño y la de hoy, que puede acabar en una casa o en una comisaría. La compañía se pregunta qué ocurre cuando una fiesta se convierte en una forma de estar en el mundo. Nosotros, si puede ser permanente sin volverse eterna.
La respuesta es una noche entera, de la primera copa al último que se queda en pie. Empieza con ocho minutos de retraso que, por una vez, parecen parte del guion, porque ninguna juerga arranca a su hora. Los nueve esperan sentados de espaldas, entre catorce sillas con cinco vacías, como si las doncellas de Lorca se hubieran quedado en casa. Al fondo, Hurtado toca la rondeña en un círculo ámbar, un farol encendido en la madrugada.
En esa noche corren dos relojes. Uno es el de Montoya, el de los reservados donde su toque aprendió a volar solo, y cuando suena la guitarra de Hurtado los cuerpos recuerdan las figuras de toda la vida, la escuela bolera, el zapateado de raíz. El otro es el de hoy, una electrónica que cae como un chaparrón y apiña a los bailaores en una manada casi tribal. Los dos relojes no se pelean. Una seguiriya de La Niña de los Peines se cuela en la pista de baile sin perder su sitio, y Estévez ya lo avisaba a Alejandro Luque en estas páginas: uno baila lo de su pueblo y luego se va a una rave. Modernidad y costumbrismo, a partes iguales, en el mismo cuerpo.
Como en cualquier reunión de amigos, nadie la dirige y todos la sostienen. El baile pasa de mano en mano, asoma un amago de romería, marca de la casa, y a ratos el escenario se reparte en escenas simultáneas para que cada espectador elija su rincón de la fiesta. Estévez es anfitrión y testigo. Fotografía a los suyos con el móvil y, cuando se aparta para bailar un solo ortodoxo, los demás lo miran desde las sillas como un público de otro siglo. Hay además una broma finísima: los tangos que tanto le piden al guitarrista suenan cuando ya duermen todos, y solo uno se queda a bailarlos.
«Se cumplen los ochenta minutos anunciados y lo que viene después es un éxito sin fisuras, con el teatro lleno y en pie. La juerga de Estévez y Paños se da la vuelta y empieza otra vez, y así consigue ser permanente sin hacerse eterna»

«La risa y la muerte comparten habitación, y la fiesta sigue»
La obra no esconde la otra cara. La fiesta también es exceso, y se presenta envuelta en humo y en una tos escandalosa. Desde fuera de escena, una grabación de Antonio Chacón, compañero de Montoya en aquellos reservados, anuncia las pastillas Crespo, «con mentol y cocaína», y Estévez las reparte como quien da la comunión. Después el grupo baila como poseído. Es la escena más desvergonzada de todas, y no la única sombra. La voz de Chacón canta unas campanas que doblan, y Hurtado se queda solo entre dos luces rojas mientras alguien derrama pétalos. La risa y la muerte comparten habitación, y la fiesta sigue.
Desde la danza contemporánea, lo mejor es lo que no se nota. Caerse bien sin perder el compás exige muchísima técnica, y aquí cada caída y cada tambaleo de borracho están medidos al milímetro. El relevo pasa del grupo al solo y del solo al trío sin una costura, y el escenario se llena y se vacía como un pulmón. Detrás hay años de laboratorio y una compañía que rescata bailes de época y de folclore para devolverlos con el pulso de hoy. No hay patrón que se pueda prever, y ese es precisamente su valor. El trabajo de creación y de coreografía es brutal, y de tan medido parece improvisado.
El amanecer trae un cansancio fingido, una camisa rota y las sillas sobre la cabeza. Los nueve regresan a la estampa del principio, vuelta como un guante: Hurtado de espaldas al patio de butacas y ellos, de cara, bailando sentados. Se cumplen los ochenta minutos anunciados y lo que viene después es un éxito sin fisuras, con el teatro lleno y en pie. La juerga de Estévez y Paños se da la vuelta y empieza otra vez, y así consigue ser permanente sin hacerse eterna.
Texto: David Ladrón de Guevara
Ficha artística
Doncellas (juerga permanente), de Estévez / Paños y Compañía
XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla
Teatro Central
27 de septiembre de 2026
Dirección, idea original, coreografía y baile: Rafael Estévez y Valeriano Paños
Baile: José Alarcón, Jesús Bergel, Pol Martínez, Manuel Montes, Jorge Morera, Jesús Perona y Yoel Vargas
Guitarra: Alejandro Hurtado
Música: Ramón Montoya
Músicas adicionales: Rafael Estévez, Julia Gallent, Juan Manuel de las Heras y Pol Martínez
























