Para quienes hemos olvidado ya casi nuestros años de juventud, recibir la noticia de la desaparición de muchos de nuestros referentes es algo que tristemente se va convirtiendo en más habitual. Recuerdo ya lejana la impactante noticia del fallecimiento de Carlos Berlanga o Camarón, mucho antes de lo deseado, que me pilló en el peor de los momentos, o el de David Bowie o Morente, sorprendentes ambos por no haber informado previamente a los medios de su enfermedad. Ejemplos que no son casuales, sino que sirven para explicar cómo nuestra educación musical no partió desde su raíz del flamenco, sino que el tiempo ha sido quien nos ha ido enseñando a amar lo autóctono tanto o más que lo importado.
Por eso la noticia de la pérdida de Ricardo Pachón nos ha resultado hoy especialmente dolorosa. Porque él, y nadie más (quizás miento por la cercanía, en realidad lo justo sería repartir agradecimientos con la inmensa figura de Enrique Morente), es el principal responsable de los primeros pasos que dimos hace años en este camino que, por suerte, siempre estará a medio recorrer. Y lo es mucho antes de, incluso, tener conciencia de quién era y cuál era su valor en eso que primero se materializó y, después, la prodigiosa mente de Mario Pacheco (responsable del sello Nuevos Medios) tuvo a buenas definir como Nuevo Flamenco o el hacer del inefable Gonzalo García Pelayo.
Porque la figura de Ricardo estaba en nuestras casas, en los créditos del único disco –ni tan siquiera el Camarón de La leyenda del tiempo lo conseguiría– de cante heterodoxo que mi padre, purista por la gracia de Mairena, permitió que entrase en casa: aquel Nuevo día de Lole y Manuel que ahora acompaña mi discoteca y que nunca ha dejado ni dejará de sonar hasta que consiga que mi hijo sepa apreciarlo como mis padres me lo enseñaron a mí. O en la cinta de casete cutre de los Pata Negra que llegó a manos de Fede desde la guantera de un coche en uno de esas escapadas veraniegas a un camping de Matalascañas, Barbate o Conil, el mismo pueblo donde Kiko Veneno trabajaba en su propio bar de copas y donde descubrió al eterno Joselito. Una cinta que incluía la canción Los mánagers, que se convirtió en himno de las fiestas de juventud y borracheras corianas entre los amigos y, cosas del destino o la casualidad (ambos igual de importantes), fue el propio Kiko quien, al interpretar este tema, nada habitual en su repertorio, hace poco más de un mes en el Cabildo flamenco de Archidona, cerraba un círculo de sincronicidades que hoy se nos aparece, tristemente, con más fuerza que nunca.
Su legado es, por tanto, inmenso e intangible, y en el caso nuestro (y nos consta que de muchísimos más) vital para comprender nuestro periplo desde lo transgresor a lo ortodoxo, que nos ha enseñado a disfrutar de lo segundo sin apartar lo primero. Así que este pequeño homenaje, que hemos articulado en una selección de diez obras nacidas de su cabeza (una como director cinematográfico, ocho producciones musicales, una última como inspirador y, en todas, como rescatador de lo genial), sirve para dar las gracias a uno de los nombres más importantes de la música, flamenca o no, de nuestro país.
Vanguardia y pureza del flamenco / Smash y Agujetas con Manolo Sanlúcar, 1978
Este extraño recopilatorio que el sello Chapa Discos editó en 1978 contenía en una de sus caras las canciones que en 1971 el grupo sevillano Smash grabó en la Costa Brava con Manuel Molina. Oriol Regàs descubrió a Smash gracias a unas maquetas de Ricardo Pachón, inspirador de la fusión de los rockeros con el trianero, pero contó con la producción de Alain Milhaud, que no terminó de entender dónde se había metido.
Contaba el propio Pachón que en una ocasión Manuel, discutiendo sobre la metodología del grupo, le dijo que le iba a rajar y este salió corriendo por la playa y no se le volvió a ver por el estudio. En cualquier caso, las cinco canciones registradas son no solo la piedra fundacional de lo que vino después, sino cinco joyas perfectamente reivindicables a día de hoy, con el innegable tirón comercial del Garrotín, que se editó primero en single junto a los Tangos de Ketama.
Nuevo día / Lole y Manuel, 1975
El sol, joven y fuerte,
Ha vencío a la luna,
Que se aleja impotente
Del campo de batalla.
En Nuevo día se alinearon cuatro planetas. La voz de Lole Montoya, la guitarra de Manuel Molina, la poesía de Juan Manuel Flores y la visión de Ricardo Pachón. Y, si me apuráis, el arte de Máximo Moreno, autor de una de las portadas más icónicas de la historia del flamenco. Por eso el resultado es el que conocemos. Un disco que abruma por una delicadeza que hiere como esa mirada que se clava como un puñal. Y que duele como el zapateado que Carmen Albéniz realiza sobre una tumba en la película Manuela de García-Pelayo.
Veneno / Veneno, 1977
Ricardo Pachón decía que Veneno fue la conjunción de un anarquista teórico como Kiko Veneno con dos gitanos que lo eran en su vida real (los hermanos Rafael y Raimundo Amador), lo que derivó en algo tan inspirado que sigue considerándose por muchos como el mejor disco español de la historia. En lo personal, me produce un vértigo inexplicable que, mientras yo jugaba en la calle al bote o a las chapas, a solo unos cientos de metros se estaba fraguando algo tan mágico como Veneno. Y que me enterase de ello casi veinte años después.
«El legado de Ricardo Pachón es inmenso e intangible. Y en nuestro caso, vital para comprender nuestro periplo desde lo transgresor a lo ortodoxo, que nos ha enseñado a disfrutar de lo segundo sin apartar lo primero. De ahí este pequeño homenaje, que hemos articulado en una selección de diez obras nacidas de su cabeza»
La leyenda del tiempo / Camarón, 1979
En la entrevista que Quico Pérez-Ventana le hizo a Ricardo Pachón por el 35º aniversario del álbum y que hoy ha compartido en redes, este citaba a Bob Dylan y la revolución que supuso el concierto del Newport Folk Festival, donde introdujo por primera vez una guitarra eléctrica en el escenario de una actuación folk. Los abucheos de entonces partían de los mismos que, salvando las distancias físicas y temporales, devolvían años después su copia de La leyenda del tiempo en las tiendas porque aquello no era Camarón. Sin embargo, hoy nadie duda de la importancia y el valor del disco, como suele ocurrir con lo verdaderamente avanzado y rompedor, e incluso ha sido objeto de reediciones remasterizadas y en vinilo de colores y chorrocientos gramos para los nuevos fans y los pocos que guardaron su copia entonces y ya la tienen rayada por el tiempo y las reproducciones.
Blues de la frontera / Pata Negra, 1988
Recuerdo que nuestro amigo José Mari siempre nos insistía en que en Radio Aljarafe habían elegido el Blues de la frontera como el mejor disco español de la historia (o la década, quién sabe) y que yo no podía seguir obviándolo. Me costó, pero terminé dándole la razón. Y, cuando lo tuve en casa, leí los créditos y ahí aparecía, una vez más, el nombre de esa persona que poco a poco se iba colando en mi aprendizaje musical. Aquí más bluesero que rockero, pero igual de trascendente.
Fantasía occidental / Silvio y Sacramento, 1988
Nos vais a permitir esta excepción rockera en la lista, pero Silvio, aparte de un referente musical de toda una generación de sevillanos, que comenzó como batería en los propios Smash, comentaba en una entrevista, con bastante sorna, que él fue el inventor del flamenco rock, pero que lo dejó para irse a vivir a Marbella con el dinero de su suegro, ya que se casó con una aristocrática británica. Al final se le acabó el chollo y volvió para convertirse en genio y figura del rock local, con este disco, producido por Ricardo, como su mejor carta de presentación.
Soy gitano / Camarón, 1989
Para Soy gitano se contó con el mayor presupuesto dedicado a la grabación de un disco flamenco, que se remató en Londres, en los estudios Abbey Road, con The Royal Philarmonic Orchestra. Ricardo comentaba en una entrevista por entonces que las seguiriyas puras ya no se vendían y hubo que probar nuevas cosas, incluso las colaboraciones, en composición o cantando, de estrellas del pop como Juan Luis Guerra y Ana Belén. Más de 100.000 copias le dieron la razón.
A tiempo / Diego Carrasco, 1994
Diego Carrasco tiene una forma tan diferente de entender la música y el flamenco que, necesariamente, tenía que cruzar sus pasos con Ricardo Pachón. Alguien que entendiera su sentido del humor y anarquía musical. Y A tiempo es el resultado de ello, donde igual se arranca por bulerías sonando a Bach que te lleva al spoken word o al rap con raíces, pero que contaba con una figura que le impidiera que toda esa fuerza descontrolada se dispersara sin resultados. Y tanto que lo consiguieron.
Cobre viejo / Chocolate, 2006
Cobre viejo, publicado un año después de la muerte de El Chocolate, es un magnífico ejemplo del trabajo documental de Ricardo Pachón con Flamenco Vivo. En los diez cantes de este disco póstumo solo hay autenticidad y pureza. Y tiene la particularidad de no limitarse al cante, acompañado a la guitarra por Diego Amaya, sino que intercala conversaciones e intercambios de opiniones entre los participantes a la grabación, dejando un documento histórico de que se ha quedado fijado en el tiempo para nuestro disfrute.
Triana pura y pura / Ricardo Pachón, 2013
Este documental nace en la década de los cincuenta, con la expulsión de la comunidad gitana del barrio de Triana. Y de esa abominación surge, treinta años después, una noche inolvidable en el Teatro Lope de Vega, donde ellos recuperan parte de lo perdido, su forma de entender la fiesta y la comunidad. Las imágenes de aquella noche, que permanecían en el archivo de Ricardo, sirven, además de para recordar algo histórico, para denunciar que aquella no fue solamente una operación urbanística o social, sino que conllevó el resquebrajamiento y desmembración de una de las fuentes creadoras de flamenco en Sevilla. Dentro del reconocimiento unánime, el documental logró las nominaciones a los premios Goya y Grammy latinos, llevando el flamenco de Triana, y su reivindicación social, al resto del mundo. ♦
Texto: Manolo Domínguez y Fede Calderón

























