Ha muerto Delfín Amaya. Aunque nacido en Oviedo en 1954, se crió en el Raval barcelonés, donde pudo forjarse como rumbero de oro en aquella capital catalana que pudo presumir de llevar la rumba flamenca un paso más allá. El Pescaílla, Peret y Chacho lograron un estilo que hoy conocemos como rumba catalana que, con sus múltiples rasgueos que ellos llaman «ventilador», empujaron la guaracha cubana hecha a lo flamenco hacia el no va más, comercial y a la vez plena de jipío con sentimiento.
Los Amaya, que así de llano y evidente se hicieron llamar los hermanos, José, nacido en La Coruña en 1952, y Delfín eran los hijos de una familia gitana originaria de Vic, que regresaron a Cataluña, encontrando en Barcelona la tierra prometida que inspiró números por rumba que son hoy historia de la música popular española del siglo XX, con grandes éxitos como Caramelos, Zapatero remendón o Vete.
«Los Amaya fueron pioneros en el llamado pop-gitano y su huella se deja escuchar en otros muchos grupos que vinieron después, desde Las Grecas, pasando por Los Chichos y Bordón Cuatro, hasta Los Chunguitos, y llega hasta los Gipsy Kings o Los Manolos»
Andrés Batista, guitarrista de su «tía» Carmen Amaya, les ayudó en sus primeros pasos. Junto a Tony Roland como productor, se hicieron muy populares en los años setenta con sus baladas rumbeadas, grabando nada menos que con Kitflus, Max Suñé o Carles Benavent, y teniendo nada menos que a Jaime Marques como arreglista. Sin embargo, una vez más, nadie es profeta en su tierra y Los Amaya fueron más valorados fuera de su ciudad, a pesar de haberse criado en la calle de La Cera, en el corazón de la rumba catalana.
Delfín y José reaparecieron en la gala de las olimpiadas de Barcelona ’92, aunque desde entonces no se prodigaron mucho más. Fueron pioneros en el llamado pop-gitano y su huella se deja escuchar en otros muchos grupos que vinieron después, desde Las Grecas, pasando por Los Chichos y Bordón Cuatro, hasta Los Chunguitos, y llega hasta los Gipsy Kings o Los Manolos.
Delfín era inconfundible, con sus gafas de pasta, que contrastaba con la cara cuasi angelical de su hermano, que era quien llevaba la voz cantante. Delfín también cantaba, al modo del segundo en los dúos del son cubano y del bambuco colombiano, pero siempre en unísono con su hermano José. Una pareja artística para la historia. La rumba tiene una deuda con estos hermanos que supieron dar los pasos necesarios para proyectar el estilo hacia el siglo XXI. La rumba se queda un poco más huérfana. Descanse en paz el delfín de Los Amaya. ♦














