Como se señala en la introducción, «con los trabajos aquí reunidos en torno a Fernando Quiñones y el flamenco se pretende dibujar un panorama lo más completo posible de esta compleja e intensa relación entre literatura, tradición, patrimonio cultural y flamenco en la obra de un escritor». Son palabras de los catedráticos de Literatura Española de la Universidad de Cádiz José Jurado Morales y Alberto Romero Ferrer, responsables de un volumen colectivo que reúne a diecinueve investigadores de distintas generaciones y disciplinas, sin renunciar además al valor del testimonio personal. El resultado es una propuesta tan sugerente como necesaria que, aquí en ExpoFlamenco, consideramos un modelo de investigación a seguir. A ello se suma una lectura amena que arroja nueva luz sobre algunas de las lagunas historiográficas que todavía persisten en torno a la literatura española y el flamenco.
La pluma luminosa de uno de los amigos entrañables de Quiñones abre el volumen con Flamenco y vida de Fernando Quiñones, de Juan José Téllez Rubio, quien narra la experiencia de acompañarlo en sus charlas culturales, así como numerosas anécdotas hilarantes. Entre ellas destaca una reflexión que acaba convirtiéndose en una suerte de hilo conductor del libro: «Fernando Quiñones escribió y vivió el flamenco intensamente. Y lo amó… Oírle hablar de flamenco era una fiesta».
Es este sentido, resultan igualmente esclarecedoras las palabras de Fermín Lobatón en el capítulo Fernando Quiñones. De lo local a lo universal: «Solo basta con subrayar que toda la obra flamenca de Fernando Quiñones constituye un gran acto de amor por sus características y por el tiempo en que fue realizada, que lo convierte en un pionero, a la vez que en un representante preclaro de lo que supone trascender la observación y el disfrute del fenómeno para entregarse a su análisis y categorización, en una labor que dignificará a este género, al elevarlo y situarlo en el mismo lugar en el que se encuentran las más grandes expresiones artísticas como la poesía o la pintura». Ese carácter pionero de la labor de Quiñones en favor del flamenco, señalado por Lobatón, también aflora en los recuerdos del catedrático Juan Manuel Suárez-Japón a lo largo de su capítulo Fernando estuvo cuando había que estar.
En Fernando Quiñones en su escritura, José María Velázquez-Gaztelu aporta recuerdos indispensables para comprender la personalidad y la obra de Quiñones: sus andanzas por las calles y bares de un Madrid profundamente flamenco durante el tardofranquismo; la imagen de Quiñones vestido de pretor romano como pregonero del Carnaval de Cádiz de 1980, recogida en un breve documental dirigido por el propio Velázquez-Gaztelu; las visitas compartidas al mercado del pescado, «la manera más gozosa de celebrar el milagro de la vida»; o la lectura de una poesía que parecía transformarse en música. Todo ello ayuda a comprender la talla de un escritor al que Borges definió como un gran escritor de la literatura hispánica y un talento nada común. Una aproximación similar encontramos también en el capítulo De Cádiz y sus cantes: una relectura, donde el poeta y musicólogo José Ramón Ripoll recurre igualmente a la memoria compartida para revelar matices poco conocidos tanto de la obra como de la personalidad de Quiñones.
En el resto de los capítulos predominan enfoques más analíticos para abordar la prolífica producción cultural en clave flamenca de Quiñones. Este planteamiento complementa acertadamente los capítulos anteriores, cuyo principal valor reside en el testimonio personal y en una prosa magnética.
El recorrido comienza con la dramaturgia. En Una historia teatral de la cultura jonda: Andalucía en pie (1977-1980), Alberto Romero Ferrer disecciona las escenas, los diálogos y las letras flamencas de la obra para revelar su firme propósito didáctico en torno a la historia social y cultural de Andalucía, estrechamente vinculado a los vaivenes políticos de la época. En esta pieza, Andalucía se despoja de estereotipos, prejuicios y clichés heredados mediante un formato musical que, paradójicamente, había servido para reforzarlos durante la posguerra. Se trata de una paradoja especialmente sugerente que merecería estudiarse también en otras obras del periodo.
La dramaturgia flamenca de Quiñones vuelve a ser objeto de atención en otros tres estudios: Flamenco y teatro: El testigo, de Desirée Ortega Cerpa, El andalucismo en la obra teatral de Salvador Távora y Fernando Quiñones: el flamenco como elemento dramático en Quejío y Andalucía en pie, de Alba Caballero Mateos, y Los caminos encontrados entre Fernando Quiñones y José Luis Ortiz Nuevo.
El cante no se entiende: se vive. El flamenco en la poesía de Fernando Quiñones, de Elena Caballero Fernández, analiza cómo Quiñones emplea la lírica en un espacio creativo desde el que teorizar sobre lo jondo mediante una capacidad polifónica, presente en todo momento en Los poemas flamencos y un relato de lo mismo. El poemario incluye la célebre Oda al cante, de la que no nos resistimos a reproducir algunos fragmentos:
Cuando el cante desata sus manadas dolientes
Y entreabre la guitarra sus incurables grietas
Pasa un viento interior que nos descubre el mundo
y la espantable gloria de estar vivos.
El cante no se entiende: se vive. Como un árbol
arraigado en las piedras y pujando hacia el cielo,
como el rumor del agua en la resaca y el
oscuro clamoreo de la vida y la muerte,
crece un cante en la noche y entonces todo calla,
todo vuelve al origen de la tierra,
regresamos al seno de la sangre y llegamos
a llanuras inéditas y abismos escondidos.
«’Fernando Quiñones y el flamenco’ no clausura el estudio del universo jondo del escritor gaditano, sino que invita a seguir explorándolo desde nuevas perspectivas. El libro ofrece así una visión amplia, rigurosa y profundamente humana de la relación entre uno de los escritores españoles más importantes del siglo XX y una expresión artística a la que dedicó buena parte de su vida, contribuyendo decisivamente a combatir el tópico de la Andalucía de charanga y pandereta»
Este poema vuelve a ser objeto de análisis en Aquí no hay quien sepa un carajo de cante o el flamenco como pasaje, de Nieves Vázquez Recio, quien explora la naturaleza poliédrica del duende en la cosmovisión artística de Quiñones. Una concepción que se manifiesta no solo en su poesía y su dramaturgia, sino también en los programas televisivos con los que contribuyó decisivamente a abrir nuevos espacios para el flamenco en una sociedad española que durante mucho tiempo había marginado esta expresión artística. Esta faceta es estudiada con detalle por Bárbara Salas García en Fernando Quiñones y sus programas flamencos para televisión.
En esos tres programas televisivos, Quiñones desplegó las mismas destrezas retóricas hasta ahora mencionadas en los ámbitos de la poesía y la dramaturgia. Cabría decir que su expresión lingüística, casi quirúrgica, fue igualmente instrumental para comprender su protagonismo durante la etapa de la revalorización del flamenco, cuando publicó ensayos y artículos periodísticos que tanto contribuyeron a impulsar su investigación. Sobre esta etapa, la pormenorizada investigación archivística sobre el corpus epistolar mantenido entre Quiñones, Caballero Bonald y Acquaroni, entre otros, que reconstruye aspectos históricos a partir de documentos fidedignos hasta ahora no apreciados. Me refiero al capítulo El flamenco en las cartas de Fernando Quiñones, de José Jurado Morales. Por su parte, El flamenco de Fernando Quiñones, de Virtudes Atero Burgos, profundiza en los artículos que el escritor publicó en la revista Cuadernos Hispanoamericanos durante ese mismo periodo.
Sobre su etapa como flamencólogo, la aportación de Javier Osuna, Fernando Quiñones: Flamenco versus Carnaval, resulta sumamente valiosa porque matiza adecuadamente sus aspectos más sobresalientes y problemáticos desde la atalaya del siglo XXI. Quiñones fue un pionero en la deconstrucción de los mitos derivados de la arbitraria dicotomía entre «cante grande» y «cante chico», una división que relegó los cantes de Cádiz a un sustrato inferior. Además, situó a Cádiz en el lugar que verdaderamente le corresponde desde un punto de vista historiográfico. Todo ello no impidió, sin embargo, que reprodujera teorías hoy desacreditadas, como la existencia de una supuesta etapa hermética en la que el cante habría permanecido en un estado edénico para posteriormente verse contaminado por los ámbitos profesionales, como los cafés cantantes y, más tarde, los escenarios de la Ópera Flamenca, una interpretación defendida por Ricardo Molina y Antonio Mairena.
Esa necesidad de abordar críticamente la faceta flamencológica de Quiñones se desarrolla desde una perspectiva innovadora en Poetas en el cuarto de los cabales, de Alejandro Luque. En la misma línea que Osuna, Luque advierte del riesgo de dejar el relato histórico en manos de escritores dotados de un extraordinario talento literario y una brillante capacidad de expresión oral, pero que no disponían de la documentación histórica con la que contamos hoy. Ese fue, paradigmáticamente, el caso de Fernando Quiñones, José Manuel Caballero Bonald y Félix Grande, entre otros.
Sin embargo, como también plantea Luque, resulta igualmente criticable convertir en un ejercicio simplificador la tendencia a despachar a estos pioneros de la divulgación del flamenco como simples mistificadores, arbitrarios o fabuladores, sin reconocer el extraordinario valor literario de unos estudios que contribuyeron decisivamente a dignificar el flamenco. Como ejemplo, basta recordar que en esas páginas encontramos retratos de artistas flamencos que conforman, en palabras del propio Luque, «una galería de personajes tan vívida y vibrante que no desmerecen la habilidad de un Velázquez o un Rembrandt en el campo pictórico equivalente».
Otra mirada innovadora es la que ofrece Luis Pascual Cordero Sánchez en Los ensayos literarios de Fernando Quiñones sobre flamenco: el papel de Antonio Mairena y la teoría gitanista. Su aportación destaca por la manera en que evalúa concienzudamente la dimensión política de la evolución del pensamiento de Quiñones sobre el gitanismo a la luz de los cambios acontecidos durante el franquismo, la transición y la democracia.
Para completar la visión interdisciplinar planteada hasta ahora, resultan especialmente valiosos el estudio de la biógrafa de Quiñones, Amalia Vilches Dueñas, quien analiza pormenorizadamente la estrecha relación entre Fernando Quiñones y la Peña Flamenca de Jaén, en el capítulo del mismo título. Igualmente relevante es la investigación Fernando Quiñones y la saeta, de Luis García Gil, que recorre la obra poética y la biografía del escritor para vislumbrar sus vínculos con la saeta desde una perspectiva intercultural.
¿Qué palos cantó Fernando Quiñones? ¿Cómo aprendió a cantar? ¿Qué relación mantuvo con la guitarra flamenca? ¿Influyeron las distintas generaciones de guitarristas que conoció personalmente en la evolución de su pensamiento musical? ¿Experimentó una evolución en su concepto de la «pureza» del flamenco? ¿Existen más datos sobre el viaje que realizó con Félix Grande por Latinoamérica, donde ambos ofrecieron conferencias sobre el arte flamenco mientras uno cantaba y el otro acompañaba con la guitarra? ¿Se divulga hoy la poesía flamenca del escritor gaditano en los colegios de Cádiz? ¿Se conserva documentación sobre la carcelera que compuso para la obra teatral Hijos del hambre, de José Luis Ortiz Nuevo?
Estas son solo algunas de las muchas preguntas que deja abiertas este magnífico volumen. Y ese es, quizá, uno de sus mayores logros: Fernando Quiñones y el flamenco no clausura el estudio del universo jondo del escritor gaditano, sino que invita a seguir explorándolo desde nuevas perspectivas. El libro ofrece así una visión amplia, rigurosa y profundamente humana de la relación entre uno de los escritores españoles más importantes del siglo XX y una expresión artística a la que dedicó buena parte de su vida, contribuyendo decisivamente a combatir el tópico de la Andalucía de charanga y pandereta. Un prejuicio que se desvanece cuando uno sabe escuchar el cante:
Yo no sé lo que tiene un cante como un tiro
recibido en el pecho de parte de la vida,
no sé si es soportable tanta súbita luz,
si tanta y tan quemada verdad puede cantarse.


















































































