Abría los brazos para dar las gracias, como un Jesucristo gitano. El respetable no dejó ni un segundo de formar parte del espectáculo y acabó ovacionándolo con una clarísima petición: ¡otra, otra! Israel Fernández provocó el éxtasis con un concierto pleno de matices sonoros y consiguió dibujar una noche de ensueño en el Tío Pepe Festival. Todavía hay quien se empeña en comparar a Israel con otros fenómenos de otras épocas. Creo que habría que superarlo. El cantaor ha conseguido tener un sello tan propio que, aunque beba de tantísimas fuentes clásicas como por supuesto la de Camarón de la Isla o Niña de los Peines, el toledano es único para los que lo admiran.
A Israel van a escucharlo almas de todo tipo. Está el clásico que ve en él atisbos de futuro. Va la pareja de dieciocho años que se sienten interesados por un nuevo concepto de la música flamenca. Tampoco faltan artistas de la talla de Antonio Rey. Matrimonios que quizás prefieran estas propuestas a las maratonianas noches de festivales veraniegos de distintas localidades… Aquí cabe todo el mundo. Lo interesante de todo esto es que la corriente fanática que quizás se levantó hace unos años en torno al artista se ha apaciguado. Eso significa que Israel no es una moda, es una realidad constatada y recia.
En De Oro y Marfil, así se llama el montaje, Israel Fernández deja claro su constante crecimiento en relación a las formas interpretativas, a un mensaje renovado dentro de un profundo respeto al fundamento flamenco. Es indiscutible que el cantaor es una referencia para los nuevos públicos y la escena se carga de musicalidad y, sin estridencias, elementos contemporáneos con fuerte apoyo en un gran proyecto de luces. El piano, teclado blanco de diseño único, es pieza clave en este viaje sonoro. Las cuerdas (violines y chelo) de Helena Marínez, Lucía Borque y Violeta Veinte imprimieron sensibilidad y colchón a algunas interpretaciones en las que Israel amplificó su recorrido. Pero si de cuerdas hay que hablar, no hay mejor compañía que la de Diego del Morao, jerezano de ilustre casa tocaora que se encuentra en el mejor momento de su carrera, y eso que Diego siempre ha mantenido un nivel extraordinario. Pero ahora, serán los años de experiencias y su sempiterna sonrisa, ejecuta con una claridad y un peso inaudito. Es francamente un regalo poderlo disfrutar en directo.
«¡Otra, otra! Israel Fernández provocó el éxtasis con un concierto pleno de matices sonoros y consiguió dibujar una noche de ensueño en el Tío Pepe Festival. Todavía hay quien se empeña en comparar a Israel con otros fenómenos de otras épocas. (…) El cantaor ha conseguido tener un sello tan propio que, aunque beba de tantísimas fuentes clásicas como por supuesto la de Camarón de la Isla o Niña de los Peines, es único para los que lo admiran»

El gran formato de este espectáculo da cabida a las voces de Juana del Mono, Rocío Valencia y Tamara Malena, en momentos muy concretos, así como las palmas de Markito Carpio, Ángel Moreno El Pirulo y Ángel Peña, y la siempre eficaz percusión de Ané Carrasco. Todos hacen equipo, y ya se sabe, así se gana siempre. Israel en escena llama la atención por su larga melena, sus botines, sus trajes de flecos, sus pantalones con campanas, su cambio de vestuario a traje blanco sin camisa, cinturones de grandes hebillas, cadenas de oro y colgantes como la luna, la cruz de seis puntas (de Israel) o la cristiana con piedras verdes. Realmente ya nada debe sorprender, pues su imagen está más que consolidada.
Con “humildad y respeto”, Israel da comienzo a su noche por bulerías, con el compás de los suyos, pero sin guitarra, aperitivo perfecto para el gran y suculento menú que nos tenía preparado. La granaína Pierde la rosa su semblante es un claro ejemplo de que todo, aunque parezca sonar a lo de siempre, tiene el filtro que él impone. Ocurre lo mismo con la serrana con verdiales, que incluye en este concierto al igual que títulos apenas experimentados para él como Al Alba, de Aute, o No del Zíngaro, o las alegrías. Quizás destaquemos la providencial personalidad flamenca con la que supo revestir el gran éxito de Aute y que supo diferenciar de otras populares versiones como las de José Mercé.
El ritmo se apoderó de la bodega con los sones del genio Diego y con los tangos Te tengo que ver llorar, una bulería por soleá de jerezanía máxima, las bulerías o los fandangos con los que quiso encumbrarse en una de sus tierras predilectas. “Jerez ha dado y sigue dando muy buenos maestros, que son las bases y columnas del flamenco”, confirmó en una de sus discretas intervenciones. El público salió emocionado y seguro de haber acertado a la hora de comprar una entrada para este espectáculo, algo fundamental para la regeneración de nuevos públicos. Hago mía la frase que en una entrevista me confesó Enrique Sordera: “El flamenco es vida, nunca muerte”. ♦





















































































