Hace muchos años el maestro Mario Escudero se esforzaba en buscar la manera de definir la estructura musical de las formas fundamentales de la música del flamenco sin entrar en tecnicismos. Me dijo que la escala frigia es la melancolía de soleá y siguiriya, mientras que la luminosa escala mayor alimenta las cantiñas. Como posdata, e indicando limitada importancia, dijo: “Y la escala menor es el drama, pero se utiliza poco en el flamenco”.
Esa escueta clasificación cumplió la misión del momento, y casi no ha sido necesario ampliarla en todos estos años. La anécdota nos recuerda que la música, toda la música, es una dimensión de emoción. Los silencios entre nota y nota mandan sensaciones claras a nuestros oídos mientras que la parte sonora es el receptor. Un bellísimo sistema que marca la diferencia entre la voz hablada y la cantada.
No es necesario comprender por qué funciona así. Basta con saber que esos tres estados anímicos con sendos matices aportan toda la emoción del flamenco en toda su dimensión, incluso cuando no hay acompañamiento musical. Los aficionados bucean felizmente por las diversas puestas en escena, que si Dios te va a mandar un castigo muy grande, si camino de Bollullos, o si el día que yo me muera, te lo voy a encargar, que la tierra que me cubra, la tienes tú que venerar.
La escala frigia o flamenca con su sonido orientaloide es la puesta en escena que nos da el feeling flamenco. Y la escala mayor, musa de las cantiñas, también aporta la estructura del garrotín, la colombiana, guajira y las cabales entre otros, aparte de la farruca, escala menor al cien por cien.
«Mario Escudero me dijo que la escala frigia es la melancolía de soleá y siguiriya, mientras que la luminosa escala mayor alimenta las cantiñas. Y la escala menor es el drama, pero se utiliza poco en el flamenco»
Cada elemento, su personalidad. Pero ocurre a veces que la música comete travesuras admitiendo frases inesperadas que nos refrescan el paladar. ¿Qué hace ese fragmento de la escala menor que irrumpe la voz ronca de Rafael Romero en el mirabrás de la antología Hispavox? Ay, anda, y mal fin tenga grita con dolor nuestro cantaor, si no me quieres ¿pa’ qué te celas?, sentencia.
En las clásicas alegrías bailadas, que todavía circulan, especialmente en tablao, existe la costumbre del “silencio”, también llamado “la falseta” o “la variación”. El bailaor o la bailaora indica que se detenga la marcha del compás y del cante en seco, y el guitarrista toma protagonismo con un breve interludio dramático casi siempre en escala menor, antes de volver a la marcha.
La soleá de Carapiera es la rara avis de los cantes por soleá. Muchos aficionados la describen como teniendo “un aire a alegrías”. Pues no. Musicalmente es la escala mayor de las alegrías con la estructura poética de la soleá, o soleá por bulería, un curioso híbrido de ambas formas que se adjudica como soleá.
Los tangos del Titi son un sabroso grupo de cantes de Triana en la escala menor. No hay que confundirlos con los tangos del Piyayo, que a su vez tienen dos formas musicales. La versión más antigua llena la parte entre versos con rasgueos y acordes en escala mayor, pero luego el cante y su acompañamiento se ajustan a la escala menor y formato poético de espinela (estrofa de diez versos). Cuenta la gente mayor, aunque no lo puedo confirmar, que fue Antonio Mairena quien impuso la escala menor en estos cantes, y versos de cuatro estrofas para que fueran bailables. ♦


















































































