En la pasada primavera salió del horno el nuevo y suculento trabajo discográfico de Maui de Utrera, a quien no podríamos clasificar en un género musical concreto. Precisamente, este es uno de los elementos que más definen su mensaje, para la construcción de un relato innovador y único, llenito de matices, sabores e ingredientes que hacen de esta artista un ser que no se parece a otro.
Maui propone un gran festín en Cariño, pásame el pan, su sexto trabajo discográfico, en el que expone una serie de temas que “en el fondo son palos del flamenco” llenos de “compás y ángel”. Hay un gran trabajo previo, pues habría que recordar que la sobrina de Bambino lleva girando por numerosos espacios con su espectáculo Vermú y Potaje, show en el que cocina delante de un público que luego prueba el resultado final mientras la cocinera, ella misma, ha dibujado una serie de paisajes sonoros únicos y apetecibles.
Tan creativa como exigente consigo misma, reconoce “que en este trabajo me encuentro satisfecha plenamente y, después de unos meses, estoy muy contenta por lo publicado. Siempre te quedas pensando en qué podrías haber mejorado, pero en este caso no me lo planteo”. Maui es experta en desenvolverse en el mundo de la ficción, el universo de la imaginación y “ahí es donde estoy a salvo, es mi espacio. Soy un ser extraordinariamente sensible y aquí me comporto como la niña que quiero ser”. Ha tenido un gran éxito con su Vermú y Potaje, “una propuesta en la que me hago preguntas delante de la olla y pienso que el guisar y el amor van de la mano. El guiso es un término más nuestro, te permite corregir, disfrutar del proceso, no tener prisas… Lo que le hace falta a cualquier relación sentimental. Siempre digo que donde hay guiso no hay thermomix. Pensé por tanto profundizar sobre ese asunto en este disco”.
«El potaje siempre ha servido para unirnos en casa, hasta de madrugada, y continuaba la fiesta. La olla es lo más gitano que hay, ha sido centro de convivencia y celebración. Como el fuego, que se creó para cocinar y para calentar, y alrededor de ellos hemos crecido»

Al escucharlo, el espectador, dice, “llega a meterse en paisajes culinarios con texturas, más o menos calientes… Queríamos fotografiar historias de amor partiendo de la cocina, y que además le entre hambre”. Todo ello lo hace con mesura, con una meditación previa, a compás y, sobre todo, sin correr. Es, según ella, uno de los males de esta sociedad, pues asegura que “la vida es más de fast food que de olla exprés”, y de ciertos radicalismos. “No es tampoco tan sano querer comer tan sano, que si los carbohidratos, que si las intolerancias… Todo por mantener un físico”.
Si hay algo que nos haga reposar de este disco son sus letras, pensadas para transmitir, para comunicar, para hacer sentir, para envolver al oyente en un sinfín de matices sabrosos. Títulos como Tataki de ti, Mi Yemita Fría o Sopa de Estrellas son algunos de los que rezan en este trabajo de catorce cantes/canciones con sus correspondientes entremeses. Las letras son claves, pues dice que “en las cosas del sentir, yo prefiero los grumitos a un amor de thermomix”. Una cocinera de Utrera no puede guisar como una de Manhattan, por eso el “ángel” es fundamental en todo esto: “Es como la última capa con la que embadurnar la receta. Es un ingrediente principal y no hay que definirlo como humor, sino como ángel”.
En este proceso ha compartido, sobre todo, mesa y mantel con Pablo Martín Jones y con Diego Pozo (El Ratón de los Delincuentes), cocineros claves para llegar al resultado final por “su generosidad total. Ninguno ha querido destacar, sino que han sido mostrado muchísima calidad profesional y sonora. No se conocían y este disco los ha unido. Han maridado perfectamente y han conseguido hacer sonar mis pensamientos”.
El fuego siempre ha estado encendido en la casa de Maui. “El potaje siempre ha servido para unirnos en casa, hasta de madrugada, y continuaba la fiesta. La olla es lo más gitano que hay, ha sido centro de convivencia y celebración. Como el fuego, que se creó para cocinar y para calentar, y alrededor de ellos hemos crecido”, comenta. La soleá, dice, que “es como un pucherito calentito, con su caldito y sus condimentos, que te pone bien el cuerpo pero te hace llorar”. ¿Y no le haría falta un puchero a Donal Trump?, pregunto. “Yo le pondría mejor un tofu, pero sí, le haría falta algún puchero para que pueda transformarse, sentarse a la mesa con gente buena como las de Jerez con ese arte y aprenda a sacar lo mejor de la vida. Es difícil que una persona con esa raíz cambie sus ramas, pero confío en la trasformación”. Bromea y finaliza. ♦


















































































