La importancia de las tribus en el contexto histórico y social es, aludiendo a la proponente Pastora Galván, fundamental en la construcción de identidades colectivas, permitiendo desde sus orígenes sobrevivir en un entorno hostil y desconocido, sin olvidar el papel tan vital que han tenido en la preservación y transmisión de las tradiciones culturales.
Y añadiré más. De generación en generación, las tribus han transmitido valores y conocimientos a través de las leyendas, los rituales y, por supuesto, las danzas, que han fortalecido la cohesión social y asegurado la continuidad cultural.
Pero la tribu de Pastora Galván no se ha nutrido de la grandeza de sus predecesores. Ha sido un tostón de pronóstico reservado, de principio a fin, es decir, desde que nos aconsejan que recojamos unos tapones a la entrada, hasta la salida del teatro, en que las caras del personal requerían no una caña fresquita, sino atención médica.
Pastora interactúa con los baterías y cuenta con su hermano Israel Galván como curador. Se presta a demasiadas trasposiciones del tiempo musical y de desplazamientos escénicos, ante los que no afloró nada de interés, todo encubierto con charlas y gestos inocuos, canciones malas y cantes peores para darse una vueltecita por una academia, y buscando la jocosidad esaboría desde la presentación, cifrada en vueltas y más vueltas por el proscenio.
De ahí pasamos al hastío del recurso del zapateado incesante, comenzando por la bulería y la soleá por bulería, la rumba africana, la bulería de escuche y los tangos, en los que en ninguno de ellos afloró la habilidad o el crecerse ante la adversidad, imposible cuando lo único que se busca es el gracejo forzado ante el pum catapum chimpún.
«La tribu de Pastora Galván no se ha nutrido de la grandeza de sus predecesores. Ha sido un tostón de pronóstico reservado, de principio a fin, es decir, desde que nos aconsejan que recojamos unos tapones a la entrada hasta la salida del teatro, en que las caras del personal requerían no una caña fresquita, sino atención médica»

A Pastora tampoco se la reconoce en las virtudes teatrales por falta de naturalidad, como cuando quiso representar la marcha procesional a golpe de tambor. Y añadiré más: es que ni la estética le favoreció en la canción afroamericana, que no sólo perjudica a su propuesta, sino que nos retrotrae a situaciones ajenas al flamenco.
El sonido de las baterías era ensordecedor, y si le añadimos los golpes de pedal que Pastora da al tambor en la seguiriya, la situación ya se presenta enfermiza, propendiendo el espectáculo a un montaje anodino y carente de lógica y emoción, es decir, caído de posición y sin brillantez, con oscilaciones en el baile que no despiertan interés alguno y sin ningún atisbo de evitar la quebradura escénica.
Mas esas incongruencias evitables no las superaría Pastora Galván, que canta el zorongo de Federico García Lorca para abandonar el teatro, incapaz de solventar la tonalidad, o al menos con quiebros y braceos de relieve, faceta que ella domina y que tiene muy bien asimilada, pero que la noche del 26 de septiembre en la Bienal de Sevilla, no afloraron siquiera fuera para conmover al calor que hacía en la Alameda de Hércules.
Los solos de los bateristas, tan ardorosos, acabaron de añadir mayor tensión a las arterias de nuestro cuerpo, que se vería desbordado por Pastora Galván vestida de ranchera y cantando lo propio, con el complemento del bolero de Ravel, que ya Israel nos lo había inoculado en vena en el Teatro de la Maestranza. Y de nuevo vocalizando muy malamente los Aires de la Alameda, del grupo del mismo nombre, hasta que se coloca en tendido supino y clamó con la voz quejumbrosa que se había quedado sin micro. No, se había quedado sin el alma flamenca que anida en su pasado.
Pastora Galván no supo manejar, pues, los sentimientos y la emotividad de su baile, porque todo se le había olvidado. ¡Nuestro gozo en un pozo! Se mostró falta de la facilidad que tiene en las resoluciones, en el fraseo suelto de los pasos o en la concatenación de los acentos, por no subrayar el preludio que siempre hacía en la profundidad estilística, la gradación de las dinámicas escénicas, el énfasis que ponía en los bailes y, por ende, el equilibrio justo entre su naturalidad y su capacidad para la comunicación.
La bailaora había mostrado ser un apéndice del director artístico, Israel Galván, que en este montaje ha sido un obstáculo para la atención del espectador, pues la bailaora jamás ofreció un reclamo visual. Todo quedó a merced de las perseverantes baterías que subsumieron a una artista exenta de vocación comunicativa, de los recursos precisos para la elocuencia actoral, y, por ende, de esa ejemplar línea de femineidad antigua que siempre destacó en Pastora Galván.
Ficha artística
Tribusssh!, estreno absoluto de Pastora Galván
XXIV Bienal de Flamenco
Teatro Alameda
26 de septiembre de 2026
Solistas: Pastora Galván
Bateristas: Marcos Gamero y Rafael Rabal
Director Artístico y Curador: Israel Galván
Coreografía: Pastora Galván






















Cuando acabó la función, un señor al lado mio se levantó y mientras esperábamos que la fila fuera andando me dijo » ¡esto ha sido una tomadura de pelo!»
Había un grupito que la aplaudió mucho nada más apareció (sus familiares probablemente), antes de ponerse a dar esas vueltas interminables por el escenario. Luego también la jalearon y la aplaudieron. Pero en mi zona, arriba, poca gente movía los brazos. Nos fuimos mientras saludaban los bateristas sin esperarla a ella. Pero la cuestión no es ya que sea una propuesta fallida o malograda. Es más que eso, es insultante, es un pitorreo, un escupitajo en la cara. Habría también que preguntarse por los responsables de La Bienal que han permitido este despropósito.