Dice una vieja máxima: «Si quieres ser universal, habla de tu pueblo». Andrés Marín lo pone a prueba en Desierto, estreno absoluto en el Teatro Central dentro de la XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla. Su pueblo responde al nombre de Alameda de Hércules, el barrio sevillano donde se crió. Allí, entre los siglos XIX y XX, el cante flamenco se refinó hasta convertirse en arte, y los grandes se reunían para escucharse y aprender unos de otros. La Alameda sigue siendo alternativa, pero se ha llenado de ruido. Así lo contaba el propio bailaor a Alejandro Luque en estas páginas, horas antes del estreno.Marín –Premio Nacional de Danza en 2022– ya se había asomado a este territorio en Matarife Paraíso, estrenada en 2024: otra obra de carne y de raíz, donde lo más íntimo y lo más propio mandaban sobre todo lo demás. Desierto recoge ese hilo. Tampoco aquí reconstruye aquel barrio. Lo habita de memoria, y memoria, insiste, no es nostalgia. Quien habla de su calle habla en realidad de su vida, y quien habla de su vida habla de la de todos. La pregunta es si esa soledad tan sevillana cabe en el cuerpo de un solo hombre y llega a cualquier butaca del mundo.
Le acompañan José el de la Tomasa al cante, Pepe Fernández al piano, Salvador Gutiérrez a la guitarra y la electrónica de Óscar Mulero.
El Teatro Central cuelga el cartel de lleno. En las butacas se sienta buena parte de la profesión, entre compañeros de escenario y prensa. Nadie quiere perdérselo.Con unos minutos de retraso, la sala se funde a negro y llega primero la electrónica. El bailaor abre invocando a quienes dieron voz al barrio, como Caracol o El Niño Gloria, entre otros, y se adentra con sus músicos en un recorrido sin billete de vuelta. Al principio manda el piano: Fernández pulsa directamente las cuerdas, en pizzicato, como quien rasca una memoria antigua. Marín no deja de bailar. Por momentos parece en trance. En otros, exhausto, roza la desesperanza.
«Marín es un lujo que tenemos en Sevilla. Casi todas sus obras interesan, y esta no se queda atrás, aunque sus vericuetos más personales nos impidan paladearla en todo su esplendor. Su vanguardia nace del origen, de su barrio y de su cuerpo, y por eso nos hace universales desde nosotros mismos»

José el de la Tomasa es el último faraón de Marín, la Alameda que se reunía a escuchar. Aparece y desaparece como un recuerdo que vuelve cuando menos se le espera. El piano repite campanadas infinitas y sobre la escena se proyecta el espectáculo en directo, filmado a ratos por el propio Marín, intérprete y testigo de sí mismo.Uno de los momentos álgidos llega cuando Marín, montera en la cabeza y torso desnudo, se ofrece quieto a la acupuntora Karina Oliveira, que le clava varias agujas en la cara como quien pone banderillas. La cámara busca el primer plano y el rostro atravesado, casi gore, nos alcanza hasta en la última fila. Toro y torero en el mismo cuerpo.
Todo es brutal e íntimo, sincero y personal, y a la vez lo contrario. Lo íntimo se amplía en una pantalla. Lo sincero está medido al milímetro. Y lo personal, a fuerza de ser suyo, termina siendo de cualquiera.Quien tema una obra conceptual puede estar tranquilo. En Desierto se baila, y mucho. Hay pasajes duros, pero nunca angustiosos ni claustrofóbicos: el cuerpo no deja que la idea lo aplaste. El nivel de todos los intérpretes es altísimo. Solo hay un tramo en que la obra se tambalea. Marín recita una suerte de pregón mientras rompe huevos y amaga con lanzar alguno al patio de butacas. La cuarta pared salta por los aires y, durante unos minutos, el hilo se afloja. Reímos, dudamos, nos revolvemos en el asiento, y nos cuesta volver a entrar.
Contar Desierto paso a paso sería casi una ordinariez, y además inútil. La obra alcanza a cada espectador a su manera. Basta asomarse a los corrillos de la salida: cada cual se lleva a casa un desierto distinto.El público la recibe en pie, entre aplausos y con una pizca de incomodidad. Esa que dejan algunas obras cuando se quedan dentro, y que aquí no tiene nada de reproche. Marín es un lujo que tenemos en Sevilla. Casi todas sus obras interesan, y esta no se queda atrás, aunque sus vericuetos más personales nos impidan paladearla en todo su esplendor. Queda respondida la pregunta del principio. Su vanguardia nace del origen, de su barrio y de su cuerpo, y por eso nos hace universales desde nosotros mismos.
Texto: David Ladrón de Guevara
Coproducción: Bienal de Flamenco de Sevilla y Théâtre de Nîmes




















