La Tertulia El Pozo de las Penas, que cumple este año tres cuartos de siglo de vida, no es solo una página fundamental en el flamenco de Los Palacios y Villafranca (Sevilla). Su historia discurre en paralelo a la del arte jondo, desde la recuperación de su prestigio cultural a mediados del siglo XX hasta su consolidación como una manifestación artística reconocida internacionalmente. En la noche de este viernes 18 de septiembre, la Bienal de Flamenco de Sevilla ha querido darle su justo homenaje con una velada especial en la que intervinieron destacados artistas de la localidad sevillana.
El origen de la peña, la más antigua de España junto a La Platería de Granada, se enmarca en el proceso de consolidación del fenómeno flamenco en la segunda mitad del siglo XX. El Pozo de las Penas surgió alrededor del brocal del pozo de la Taberna de Juan El Duque, en la calle Rabadanes. Allí comenzaron a reunirse jóvenes aficionados interesados por el flamenco y por la cultura de su localidad. Curro Duque Currela, hijo del propietario, y Manuel Muñoz ‘Manolo El Gafas’ impulsaron aquellos encuentros, mientras Paco Cabrera asumió un papel decisivo en la organización del movimiento. Junto a ellos participaron aficionados como José Parejo Chela, Miguel Roldán, Rafael González Palacios, Antonio Romero Romerito o Emilio Bejines.
La tertulia se convirtió desde entonces en un punto de encuentro para aficionados y artistas. La guitarra de Manuel Carmona, que había acompañado a figuras como Manuel Torre y Tomás Pavón, estuvo vinculada a aquellos primeros años. Con el paso del tiempo, por sus distintos domicilios fueron pasando algunos de los principales nombres del cante, el toque y el baile. Juan Talega, Juan El Lebrijano, Camarón, Curro Malena, Perrate, Fernanda y Bernarda o Enrique Orozco son algunos de los artistas que actuaron en la entidad, que posteriormente mantendría vínculos con figuras como Pedro Bacán, Pepa Montes, Niño de Pura, José Luis Postigo o Chano Lobato.
Una época dorada que recuerda bien Juan Bodi, quien se incoporó a la peña en 1973, cuando contaba veintipocos años, de la mano de Cabrera. Empezó como tesorero y acabó siendo presidente por más de tres décadas. “Hubo unos años en los que estuvo un poco dejada y tuvimos que promover iniciativas como el Festival de la Mistela, que coincidió con el boom de festivales flamencos de Andalucía”, recuerda. “Pero logramos que la peña acabara siendo lo que movía toda la vida flamenca de Los Palacios”.
Cabe destacar que la tertulia acogió el primer homenaje tributado a Antonio Mairena tras conquistar la Llave de Oro del Cante, y que el inmortal cantaor fue nombrado Presidente de Honor de la entidad, mientras que la Madrina de Honor fue nada menos que Pastora Pavón, la Niña de los Peines. “Mairena venía uno o dos días por semana a visitarnos, se sentía a gusto en nuestras reuniones flamencas”, evoca Bodi. “Tras el fallecimiento de Pastora tuvimos como sucesora a Matilde Coral, y a Mairena lo sucedió Fosforito, otro asiduo de la peña”.
La actividad de El Pozo de las Penas no se limitó a los recitales. Semanas culturales, conferencias, proyecciones, mesas redondas, presentaciones y encuentros formaron parte de una programación mantenida de manera continuada, con al menos dos recitales mensuales durante buena parte de su trayectoria. La entidad también asumió un papel activo en algunos de los principales procesos de renovación del flamenco sevillano.
Juan Bodi recuerda noches mágicas, como el homenaje que se le tributó a La Perrata. “Cabrera era íntimo amigo de El Lebrijano, y su comadre era la Fernanda, por lo que tenía mucho contacto con la familia. De hecho, Lebrijano venía a cantar de balde, y una vez que Paco le pagó, le dijo: ‘¡Como me pagues, no vengo más!’”.
En 1977, la tertulia participó en la creación de la Federación Provincial de Entidades Flamencas de Sevilla, de la que Paco Cabrera fue primer presidente. Desde esa estructura se promovió la celebración en Sevilla del VII Congreso de Organizadores de Actividades Flamencas, celebrado en 1979. De aquel encuentro surgió la iniciativa que desembocaría en la creación de la Bienal de Arte Flamenco de Sevilla, cuya primera edición se celebró en 1980. Tres miembros de El Pozo de las Penas —Paco Cabrera, Manolo Herrera y José Luis Castillo— formaron parte del patronato organizador. Ese mismo año nació también la revista Sevilla Flamenca, dirigida durante sus cien primeros números por Herrera, y la tertulia impulsó la grabación de Manantiales Flamencos del Pozo de las Penas, dedicada a artistas locales.
«El Pozo de las Penas ha sido una peña que nunca ha tenido actitud de simple club social, sino que siempre ha habido una voluntad de aportar algo más, un granito de arena. También adaptándose a los tiempos y apoyando no solo a los artistas, sino también, y esto es importante, ideas» (José María Sousa)

Para el actual presidente de la peña, José María Sousa, estas personalidades tan singulares son parte del secreto de la longevidad del proyecto. “En Los Palacios hay una afición muy arraigada, y la entidad ha tenido siempre una directiva muy comprometida. Pero sobre todo hay gente como Paco y Manolo, que marcan la diferencia allí donde están. Eran personas que se involucraban en todo, no solo en el flamenco, sino en toda la vida cultural y social del pueblo, logrando desde el primer instituto de Los Palacios a las escuelas deportivas. Estaban en todos los frentes”.
Otra de las iniciativas más significativas llegó en 1981, cuando El Pozo de las Penas y la Peña El Taranto de Almería crearon la Institución para la Tercera Edad de los Artistas Flamencos (ITEAF). El objetivo era atender a artistas veteranos que habían quedado en una situación de precariedad económica y social, además de promover su regreso a los escenarios y recuperar su legado. La iniciativa contribuyó también a impulsar grabaciones antológicas y festivales benéficos y, tras más de una década de gestiones, a favorecer su incorporación al sistema general de la Seguridad Social.
Según recuerda Bodi, Antonio Mairena grabó El color de mis recuerdos a beneficio de esta institución, disco en el que incluyó una deslumbrante soleá de Charamusco. “De vez en cuando íbamos a ver a Tía Anica La Piriñaca y a tomar café con ella, y una vez le preguntamos cómo era. ‘Un gitanillo que bailaba muy bonito y hacía letritas por soleá’, nos decía. ¡Y fíjate lo que hizo Antonio cuando cogió esas letritas!”.
Para Sousa, El Pozo de las Penas “ha sido una peña que nunca ha tenido actitud de simple club social, sino que siempre ha habido una voluntad de aportar algo más, un granito de arena. También adaptándose a los tiempos y apoyando no solo a los artistas, sino también, y esto es importante, ideas”.
Pero también pasaron por el epicentro flamenco de Los Palacios valores emergentes, como Miguel Poveda, “que vino por 600 euros… ¡Y mira cómo está ahora!”, ríe. Y por supuesto, los artistas que en la Bienal de Sevilla han querido reivindicar la significación del Pozo de las Penas, desde los protagonistas del los Manantiales flamencos, bajo los auspicios de la peña –Itóly de Los Palacios, Juan El Distinguido, Manuel Orta y Nene Escalera–, a gente tan consolidada como Miguel Ortega, José Ángel Carmona, Anabel de Vico o el más joven hasta la fecha, Juanelo. “También hemos tenido una relación de hermanamiento con otras peñas, desde La Puebla o la Peña Juan Talega de Dos Hermanas, al Taranto de Almería o La Platería en Granada”, añade Bodi.
En 1996, la tertulia volvió a asumir un papel destacado en el 24 Congreso de Flamenco, dedicado a la estética del cante, el baile y el toque. El encuentro reunió a artistas, investigadores e intelectuales y contó por primera vez con la participación de la Universidad de Sevilla, que incorporó a 25 estudiantes becados, reforzando la presencia académica y la renovación generacional en los estudios sobre flamenco.
Ya en 2002, el Festival de la Mistela adaptó su formato al nuevo panorama artístico con la inauguración del Teatro Municipal Pedro Pérez Fernández. La programación incorporó diferentes expresiones artísticas y nuevas propuestas escénicas, mientras el tradicional concurso de La Venencia se transformó en un reconocimiento destinado a jóvenes creadores menores de 30 años. El premio pasó a incluir la promoción del artista y la financiación de la producción de un espectáculo estrenado en el propio festival.
Así, la trayectoria de El Pozo de las Penas recibió reconocimiento institucional en 2021, cuando la Junta de Andalucía le concedió la Bandera de las Artes de Andalucía, distinción que la entidad considera un reconocimiento a décadas de trabajo en defensa del flamenco.
“Por aquí han pasado todos”, concluye Sousa, “y todos han recibido un buen trato. Los días más entrañables han sido los de mayor convivencia, cuando los artistas de fuera conectaban con los de aquí, y de pronto se produce un trasnoche en el que todos cantan y balan juntos. Pero sobre todo han tenido un respeto absoluto, una atención que no se da en todas partes. Aquí el flamenco se atiende como si se escuchara misa”. ♦
















