Ya son ocho ediciones las que se lleva celebrando el Festival Flamenco Pacheco El Viejo, gracias a una comunidad flamenca de grandes aficionados que le dieron vida y que siguen manteniéndolo con suma dignidad. Por el escenario han pasado en los últimos años Juanito Villar, El Granaíno, Enrique El Extremeño, Jesús Méndez… entre otras figuras del momento. En esa ocasión, la del viernes 21 de agosto, el principal reclamo fue Rancapino Chico, que llega de cosechar grandes éxitos este verano.
Pero este festival, que abrió sus puertas para el acceso de cualquier zahareño o visitante que se le apeteciera, a diferencia de años anteriores que sí iba por entradas, ofreció mucho más. Hay que reconocer que la selección de artistas estuvo acertada, atendiendo a los objetivos marcados de apostar por la juventud y, por supuesto, por la presencia local.
Llegas a Zahara para aparcar y te das cuenta de la vida de este pueblo (realmente es una Entidad Local Autónoma dependiente administrativamente de Barbate), que en fechas normales acoge a unos mil habitantes y que cuando llegan los meses de playa, que ya casi son seis a lo largo del año, la población puede llegar a acercarse a los cincuenta mil habitantes. Las calles son como una feria, hay un ambiente de alto nivel económico, visitantes de Madrid, de los que hace años buscaban Ibiza como destino. Terrazas llenas y todos quieren probar el famoso atún.
En el Ayuntamiento (quien organiza con la colaboración de Diputación de Cádiz en su Patronato de Cultura), un despacho adaptado a camerinos para que puedan los artistas acicalarse antes de la función. En el Palacio de Pilas, recinto amurallado que da al mar, el escenario de obra se prepara para recibir al primer artista de la noche: el bailaor sevillano Emilio Castañeda. En mi presentación quise referirme a él como un bailaor que nos trae al recuerdo a nombres como Bobote o El Torombo, pues tienen múltiples facetas, a veces acompañando con el compás, otras formando parte de espectáculos en el que hacer de todos, y otros, también merecidas, como principal protagonista del montaje. En este caso fue el encargado de abrir plaza, que siempre tiene su dificultad, y un zapateado le sirvió para medirse con el sonido, aparentemente mejorable. Con el cante de Manuel Tañé y Antonio Amador, por tangos, empezaron a encajar las piezas. También se subió Oruco, otro de esos bailaores que están para un roto y para un descosido, sin olvidar la guitarra de Davilo. Emilio consiguió conectar con el baile clásico y varonil, por alegrías y soleá, acabadas en bulerías. El público lo despidió con una ovación merecida, pues había llevado hasta el extremo su entrega en el escenario.
«Rancapino Chico no modifica repertorio, es un cantaor constante y conecta sin ningún problema. A él no se le exigen determinados avances en repertorios o novedades porque tiene lo más difícil: transmisión. La soleá, los tangos, las alegrías, las bulerías, los fandangos… Sus cantes tienen sabor, tienen alma»

Importante faena la de Ismael de la Rosa El Bola y José Acedo. Clasicismo absoluto en el escenario. Triunfal actuación del cantaor de La Pañoleta de Camas, que mira siempre a Triana, como lo hace en cada nota Acedo. Así empezaron, suavemente, por soleá de su barrio, girando a la de Charamusco, y volviendo al Zurraque. Musicalidad predominante en la granaína, la milonga Rosa Cautiva y del Pavo Real, y la rondeña, nuevamente con un gusto exquisito. Tiempo para las alegrías, sin palmas, ellos y sus emociones, y para la profunda seguiriya. Ismael de la Rosa controla a la perfección los ritmos y tiempos, los bajos y tonos altos, moderado en cada gesto. Todavía había tiempo para escucharlo por taranto y bulerías, y para despedir una destacadísima cita con tangos de Triana.
Y fue María Ángeles Manzorro Heredia la que representó a su gente en su festival. Siempre llega con nervios, diciéndose “¡para qué me dejo yo convencer con la de artistas buenos que hay aquí!”, y más este año, que aparecía en silla de ruedas, impedida de un pie. “¡Lo tengo to, hasta la boca seca!”, exclamaba en tono jocoso. Es simpática y cercana, y humilde. Sus dos apellidos unen a las dos familias flamencas de Zahara, junto con El Benjumea, que fue el guitarrista. Cantes rítmicos como las alegrías los tangos y las bulerías, pero parándose en la soleá. Dejó su bandera en buen lugar.
Y para acabar, a eso de la una de la madrugada, salió Rancapino Chico con Antonio Higuero y sus palmeros. “Tenía muchas ganas de estar aquí desde hace años”, dijo Alonso. No modifica repertorio, es un cantaor constante y conecta sin ningún problema. A él no se le exigen determinados avances en repertorios o novedades porque tiene lo más difícil: transmisión. La soleá, los tangos, las alegrías, las bulerías, los fandangos… Sus cantes tienen sabor, tienen alma, tienen cientos de seguidores por toda la geografía y por eso se ha situado en el top ten de las figuras del momento más reclamadas.
Aunque anuncié un fin de fiesta, no se celebró porque el público tenía bastante y se fue levantando. ♦





















