«Este instituto no es una academia de guitarra al uso. Aquí no se viene solo a aprender una serie de destrezas instrumentales. Eso puede estar al alcance de muchas personas, porque es una cuestión de echarle horas y de adquirir información. Pero hay que diferenciar la información del conocimiento. Información es lo que encontráis en Internet. Conocimiento es lo que vais a aprender aquí». Las palabras del guitarrista y compositor Juan Carlos Romero, director del recién inaugurado Instituto Internacional de Guitarra Flamenca Manolo Sanlúcar, en el acto celebrado estos días en el Hotel Meliá Sevilla arrojaron luz sobre una institución que se presenta en sociedad como «una propuesta formativa rigurosa, integral y única en el mundo del flamenco. Un itinerario completo para comprender, sentir e interpretar este arte desde su raíz».
Tras una emotiva presentación de Juan Manuel Suárez Japón, vicepresidente de la Fundación Manolo Sanlúcar, que hizo hincapié en que el maestro sanluqueño representa el legado y Romero garantiza su continuidad y lo proyecta hacia el futuro, tomó la palabra el guitarrista y compositor onubense, una de las figuras más reconocidas de la guitarra flamenca contemporánea, en su condición de director académico y artístico de esta nueva institución, que echa a andar en una sede provisional en la barriada de Los Remedios –calle Virgen de Montserrat– hasta su traslado definitivo a unas fabulosas instalaciones en la Avenida de la Cruz del Campo, tras un intento fallido en el Espacio Santa Clara. «Está claro que el flamenco es música. Pero el que crea que el flamenco es solo una música está equivocado. El flamenco es una cultura. Y una cultura significa una memoria colectiva. Significa una herencia. Significa una mirada sobre el mundo. Eso es una cultura», afirmó Romero. «Si tú crees que pertenecer a esa cultura es saber unas cuantas destrezas sobre un palo determinado, en realidad no sabes dónde estás».
«El flamenco tiene una profundidad que requiere muchísimo más que acercarte a una partitura o a una pantalla de ordenador, mucho más», continuó Juan Carlos Romero, que estuvo acompañado por Paco Jarana, también profesor y cofundador de la escuela. «La preocupación de Manolo venía porque él era consciente de que los cauces habituales de transmisión del flamenco ya no existían. Las calles, las tabernas, los barrios, los cortijos… Hay algunos sitios donde te los puedes encontrar, pero, en general, no es lo que era Andalucía hace cincuenta años. Entonces, si eso ha desaparecido, ¿cómo estamos transmitiendo algo que va más allá de unos sonidos, que es de lo que hablábamos, una cultura? Una cultura significa todo: una manera de hablar, una manera de estar, una manera de entender el mundo. ¿Eso quién lo cuenta? ¿Dónde se explica eso? Porque eso es el flamenco, no solo un conjunto de sonidos».
«Manolo era consciente de que los cauces habituales de transmisión del flamenco ya no existían. Las calles, las tabernas, los barrios, los cortijos… En algunos sitios lo puedes encontrar, pero en general no es lo que era Andalucía hace cincuenta años. Entonces, si eso ha desaparecido, ¿cómo estamos transmitiendo algo que va más allá de unos sonidos? Una manera de hablar, una manera de estar, una manera de entender el mundo. ¿Eso quién lo cuenta? ¿Dónde se explica eso?»

Profundizó el maestro Romero en el hecho de no aprender a montar ocho o diez falsetas por soleá y ya saber lo que es la soleá. «Esta escuela piensa en eso que no se cuenta. En eso que nadie explica. No sé si porque no quieren o porque no lo saben. El flamenco es mucho más que unas cuestiones técnicas, o de armonía, o de ritmo. Es más que eso. Esta escuela se basa en un método diseñado para estudiantes de cualquier nivel –máximo de cinco alumnos por clase– y que se apoya en algo básico: el cante. Saber de cante, acompañar el cante. Quien no conozca el cante no puede ser concertista flamenco».
En este sentido, el Instituto Internacional de Guitarra Flamenca Manolo Sanlúcar –uno de los tres pilares con los que la Fundación Manolo Sanlúcar preserva, difunde y proyecta el legado del maestro junto al Festival Flamenc-ON y al Museo Manolo Sanlúcar– se pone en pie para ir más allá. Para adentrarse en ese universo aparentemente inaccesible. Un proyecto formativo destinado a transmitir conocimiento a las nuevas generaciones. «Un cliente es alguien que se asoma a un escaparate y pide lo que quiere», explicó Juan Carlos Romero. «El dependiente le va a decir que sí a todo, porque lo que quiere es vender lo que tiene allí. Da igual que no le haga falta. Llévate el elefantito de marfil y llévate también un muñequito pequeño. Pero nosotros no somos vendedores. Nosotros amamos el hecho de transmitir conocimiento. Así que el que quiera, aquí está. Estas son las claves que definen esta escuela. No queremos clientes, queremos alumnos. Que avancen, que sean mejores cada día. Aquí estamos nosotros para ayudarles».
La propia web del Instituto Internacional de Guitarra Flamenca Manolo Sanlúcar relata que «pocos días antes de irse al cielo, el maestro Sanlúcar convocó a Juan Carlos a su casa para hablar de algo importante. Lo recibió estando ya en la silla de ruedas, enfermo, frágil, pálido… pero con el mismo brillo intenso, vivo e inquieto de siempre en los ojos. Cogiendo las dos manos de Juan Carlos con las suyas, le pidió que se encargara de la escuela que había ideado para la enseñanza y promoción del flamenco, diciendo que no podía irse de este mundo antes de oír el sí de Romero. Este, emocionado, conmovido casi hasta las lágrimas, asintió. La antorcha había pasado del maestro a su discípulo predilecto. Pocos días después, el maestro nos dejó».
«El flamenco no se enseña en libros. Se transmite, se piensa, se vive. Y solo así se entiende», decía Manolo Sanlúcar. ♦



















