Se mire por donde se mire, las doce del mediodía no parece la mejor hora para escuchar un recital flamenco. Que ese recital se celebre en una iglesia barroca como San Luis de los Franceses, en Sevilla, tampoco es cosa corriente, salvo quizá para los aficionados de la Bienal. Pero que en esa cita se combinen el cante flamenco, la terapia y el coaching emocional es algo verdaderamente fuera de lo común, por no decir una temeridad. Un desafío que la gaditana Encarna Anillo asume con todas sus consecuencias: “¿Quién dice que no se puede ser cantaora y terapeuta?”, se pregunta retóricamente.
Así podría resumirse su propuesta propiamente titulada Camino de flores, pues lo que venía a contar era su propio itinerario en busca del equilibro y la paz interior, y lo conectaba con el sistema de esencias florales que el médico Edward Bach patentó en 1930 para ayudarnos a gestionar nuestras emociones cotidianas.
Este enfoque obliga a Anillo a adoptar cierto rol de conferenciante entre cante y cante, lo que supone un riesgo evidente. Porque si es difícil cantar bien unas alegrías, como empezó haciendo la artista, no lo es menos dirigir un discurso a un auditorio nutrido y captar su atención de manera sostenida. Esto, sumado a evidentes problemas acústicos –ya que el conjunto prescindió de microfonía–, suponía un primer escollo para la propuesta, que la cantaora asumió con desparpajo y algo de histrionismo.
Seguramente habrá quien agradezca y conecte con este tipo de mensajes para el crecimiento personal, pero en lo que respecta a este cronista, me pareció mucho más interesante el costado flamenco del espectáculo. A Encarna Anillo muchos la hemos visto crecer desde sus lejanos inicios –cuando era todavía Encarnita– en el baile y en el cante, a la sombra de maestros cercanos como Chano Lobato, Marianita Cornejo o Juanito Villar, y hoy por hoy es uno de los, qué se le va a hacer, pocos pero firmes baluartes de los cantes de Cádiz.
«Aunque amemos las palabras bellas y motivadoras, en un simple ay bien proferido pueden sintetizarse más emociones que en siete novelas juntas. Aunque sea válida la tentativa terapéutica de Encarna Anillo, no cabe duda de que su garganta tiene la llave para abrir las puertas de la sensibilidad y masajear el alma del respetable con los efectos sanadores, sobradamente conocidos, que caracterizan al arte puro»

Con su voz dulce, dúctil y flamenquísima, la oímos sortear airosamente las dificultades técnicas de la petenera, modular perfectamente una seguiriya llena de emoción bien transmitida, y hasta atreverse con una versión del A qué le llaman distancia de Atahualpa Yupanqui, una conexión americana en la que sin duda tendrá algo que ver el compañero de Anillo, el guitarrista de origen chileno Andrés Pituquete, que recientemente nos concedía una jugosa entrevista en ExpoFlamenco.
Ante los eventuales problemas de sonido, Encarna alegó con una sonrisa que, “como decía Caracol, el cante no es para sordos”, y también citó al propio Atahualpa para aseverar que “no se puede decir ‘te quiero’ gritando”. Pero lo cierto es que los problemas acústicos del principio se fueron solventando progresivamente, lo que todos agradecimos sobremanera. Las letras empezaron a llegar más nítidamente a nuestros oídos, los matices de la voz y las guitarras se hicieron distinguibles, y con ello se relajó la escucha y se multiplicó el disfrute.
A partir de ese punto vinieron algunos de los mejores momentos del recital, como los fandangos y sobre todo la soleá de Cádiz, que fue una pequeña joya en vilo entre el escalofrío y el pellizco. Y antes de las bulerías finales, una sorpresa: el laúd de Miguel Rincón envolviendo la voz de Encarna para abordar dos piezas (“dos pastelitos” los llamó ella) de las Siete canciones populares españolas de su ilustre paisano Manuel de Falla, en concreto la Nana y la Asturiana, que sonaron deliciosas.
“Espero que os haya llegado el mensaje incluso más que el cante”, concluyó la gaditana su recorrido por las épocas de oscuridad y de dicha vividas en propia carne e ilustradas por los distintos palos. Pero a este espectador –siento contradecirla– le llegó mucho más lo último. Porque, aunque amemos las palabras bellas y motivadoras, en un simple ay bien proferido pueden sintetizarse más emociones que en siete novelas juntas. Aunque sea válida la tentativa terapéutica de Encarna Anillo, no cabe duda de que su garganta tiene la llave para abrir las puertas de la sensibilidad y masajear el alma del respetable con los efectos sanadores, sobradamente conocidos, que caracterizan al arte puro.
Ficha artística
Camino de flores, de Encarna Anillo
XXIV Bienal de Sevilla
Iglesia de San Luis de los Franceses de Sevilla
27 de septiembre de 2026
Cante: Encarna Anillo
Guitarra: Andrés Hernández ‘Pituquete’
Palmas: Roberto Jaén y Diego Montoya
Invitado especial al laúd: Miguel Rincón



















