Definir al creativo Diego Carrasco es el objetivo de hoy, y reconstruir un género tradicional a través de uno de sus intérpretes más representativos. La cuestión candente es identificar cuáles de sus rasgos reconocibles son circunstanciales o prescindibles (el vestuario, los bailaores que golpean el suelo con su zapateado), y cuáles son señas de identidad esenciales que no dejan lugar a dudas si algo proyectará un sonido y un sentimiento que la mayoría de la gente reconocerá como flamenco. He pasado toda una vida tratando de identificar esas señas de identidad, y una y otra vez mis ideas anteriores se vienen abajo. Por ejemplo, antes pensaba que el flamenco sólo podía acompañarse con guitarra, pero resultó que no era así.
En lo que no podemos caer es en esperar que todo sea exactamente igual cada vez que alguien interpreta flamenco. Los habituales de las tertulias caen en esa pereza intelectual. Si un guitarrista comienza una malagueña con una falseta original, dicen que ha deformado la tradición. Si alguien se atreve a apartarse de la pataíta por bulerías al uso, esa que todo el mundo hace igual en Jerez, dicen que es porque no ha aprendido a hacerla correctamente. Si una nota estratégica de una soleá o una siguiriya tradicional difiere de la habitual, se descalifica al cantaor por considerarlo un desconocedor del género.
Ni que decir tiene que los propios artistas se ríen de la idea de que las melodías y los pasos de baile deban estar rígidamente establecidos en un género que, como es evidente, ha evolucionado dejando un amplio margen a la creatividad y la improvisación. Mi búsqueda personal de esas señas de identidad esenciales está lejos de haber concluido. Miro a Diego Carrasco y veo en él a un artista eminentemente flamenco, en el sentido más literal de la palabra. A partir de ahí, intento recorrer el camino a la inversa. ¿Cómo es posible que transmita una sensación tan flamenca cuando su personalidad artística es tan original? Esto nos lleva a varias conclusiones provisionales, entre las que destaca, sobre todo, el papel del compás o ritmo. El compás es la constante más importante del flamenco, pero no se basta por sí solo. Mucha música popular está perfectamente acompasada, pero nadie la llamaría flamenco. Por tanto, debe haber otras variables que, junto con el compás, hagan que el resultado final tenga el aire, el aroma, la apariencia y el sonido del flamenco. Es aquí donde entramos en un terreno resbaladizo, en el que cada cual debe juzgar personalmente lo que ofrece cada intérprete. Ni siquiera he conseguido encontrar la manera de integrar en mi definición del flamenco los cantes libres, malagueña, granaína, etc., puesto que carecen de compás. Así que la búsqueda sigue abierta.
He visto cómo se producían cambios. Antes era un error garrafal mezclar distintos tipos de cantiñas. Hoy no solo está permitido, sino que el cantaor que no lo hace corre el riesgo de ser considerado “cortito”. Una vez más, fueron los aficionados de mentalidad seudo intelectual quienes un día escucharon a alguien cantar mirabrás, y otro día romeras, y llegaron a la conclusión de que ambos estilos no debían mezclarse. Pero esas decisiones corresponden exclusivamente al intérprete. El papel del oyente consiste en aceptar o rechazar el resultado, nunca en dictar normas.
«En estos tiempos en los que los jóvenes cantaores pasan incontables horas en casa poniendo y rebobinando cintas y cedés una y otra vez en un esfuerzo por imitar a los cantaores tradicionales, Carrasco se despierta por la mañana, se despereza lentamente, y empieza a brotar de él un impulso flamenco»
Los intérpretes tienen la obligación moral de hacer buen uso del flamenco que Dios nos ha dado para obtener resultados satisfactorios, del mismo modo que debemos aprender a utilizar un nuevo artilugio digital si esperamos que cumpla la función para la que ha sido diseñado.
Aprende las reglas y luego olvídalas. Eso es precisamente lo que Diego Carrasco ha hecho de manera tan brillante. Vive, camina y habla flamenco en cada momento. Es un genio asombroso, y no es casualidad que despierta tanta admiración, no sólo fuera de España, sino también en su propio país y barrio.
En estos tiempos en que los jóvenes cantaores pasan incontables horas en casa poniendo y rebobinando cintas y cedés una y otra vez en un esfuerzo por imitar a los cantaores tradicionales, Carrasco se despierta por la mañana, se despereza lentamente, y empieza a brotar de él un impulso flamenco.
Israel Galván habita un territorio parecido, pero entra y sale del flamenco como los demás nos subimos y bajamos de un autobús. Puede ser muy flamenco dentro de su creatividad vanguardista, o bien cruzar sencillamente la frontera hacia la ausencia de flamenco. El estudioso Brook Zern era un tradicionalista rígido, así que le pedí que, por favor, echara un vistazo al trabajo de Israel Galván y me diera su opinión. Estaba segura de que tendría una reacción negativa, pero me sorprendió descubrir que consideraba que cada instante, sin excepción, era “flamenco puro purísimo”. Le pregunté: ¿y qué me dices de la danza butoh japonesa que se incluía? ¿Y del breve vídeo que aparecía en una de sus obras en la que se veía cómo bombardeaban el Líbano? ¿Y los ataúdes? Se mantuvo firme en su postura: quizá otras personas no serían capaces de salirse con la suya, pero, según Zern, todo lo que hacía Galván era “flamenco puro purísimo”.
La conclusión podría resumirse en una de mis citas favoritas, sin ironía: “Si alguien está dispuesto a pagar por ello, tiene que ser arte”. ♦












