El éxito o el fracaso de un espectáculo flamenco depende de muchos factores, pero sobre todo dos: el escenario en el que se desarrolla y lo que los artistas hagan sobre él. Los responsables de la Bienal de Sevilla habían decidido que la gala inaugural regresara a la siempre hospitalaria Plaza de Toros de la Maestranza, después de algunos años sin acogerla, y para ello instalaron en el ruedo una estructura descomunal, que no debía de medir menos de cuarenta metros de altura. Nada que objetar en principio, ya que, si bien algunos aficionados prefieren disfrutar del flamenco en sus formatos más íntimos, de vez en cuando se agradecen las grandes producciones sin escatimar medios. Y El mundo por montera, que así se llamaba la propuesta, parecía una de ellas.
La excusa argumental del montaje era la mirada a los años 20, es decir, al flamenco que cristalizó un siglo atrás a través de la llamada Ópera flamenca, pero contemplado desde el gusto y la sensibilidad contemporáneos. A ambos lados del escenario, sendas pantallas gigantes anunciaban las figuras, jóvenes y veteranas, que iban a acompañarnos en ese viaje por el tiempo. Para sorpresa de todos, esas pantallas laterales se apagaron nada más comenzar la gala, con los saxos de Juan Jiménez y Alfonso Padilla evocando a Pastora y a las viejas batallas de saxos desde la grada, y no volvieron a iluminarse hasta el aplauso final.
Entre los problemas que plantea un espectáculo de gran formato, no es el menor la dificultad para distinguir a los artistas cuando uno se halla a cien metros y no tiene trasplantadas las pupilas de un lince ibérico. En el cante tiene un pase, pero en el baile se vuelve sencillamente una limitación angustiosa. Si a eso le añadimos que la altura del escenario no había calculado la disposición de las butacas, no es de extrañar que los espectadores del ruedo, entre quienes nos hallábamos los periodistas, acabaran asistiendo en pie a las dos horas de representación. Si la pantalla trasera podía haber ofrecido alguna ayuda, no lo hizo, mostrando en cambio unas texturas abstractas y más bien anodinas para este contexto del artista Cachito Valles. Súmenle a eso la moda creciente de grabar con los móviles, y entenderán que la gala iba a ser más para oír que para ver.
«Faltó el atrevimiento, la radicalidad que caracterizó precisamente a esa época revolucionaria a la que se rendía homenaje. Incluso no halagar tanto el oído del respetable, sino sacudirlo, sacarlo de su confort, de nuestro confort burgués, soliviantarlo un poco, aunque no necesariamente por la vía de impedirle ver casi nada»

Créanme que siento haber ocupado media crónica en contarles estos contratiempos, pero dado el modo en que condicionó la experiencia para mal, no pueden pasarse por alto. En lo musical, el trío de voces formado por Manuel de la Tomasa, El Perrete y Ángeles Toledano padeció el peor sonido de la noche, al verse tragado por la batería y las guitarras cuando defendían la herencia flamenca de los poetas del 27, por caña, bambera, taranta y cantiñas.
Los saxos ruidistas dieron la entrada a Eduardo Leal y una gran Patricia Guerrero para bailar por granaína y media, y a renglón seguido al Ballet Flamenco de Andalucía, que en su lectura de la rumba Catalina de Manuel Vallejo, eternamente fresca y sabrosa, arrancó la primera ovación de la noche. La temperatura subió considerablemente con la salida a escena de una Tremendita encinta con su potente bajo, acompañada por ese exquisito maestro de la sonanta que es Manolo Franco, sumando entre ambos diez cuerdas al servicio de la petenera; y de Arcángel, espléndido en su paseo antillano por vidalita y guajira de Marchena. Para terminar, Martirio hizo de Martirio en su bolero por alegrías, José de la Tomasa sentó cátedra por soleá con un David de Arahal muy contenido a la guitarra, y José Mercé se fajó bien con la seguiriya, como el cantaor largo que es.
El colofón, además del consabido y vistoso solo de castañuelas de Chupete, fue esa ronda de fandangos que quería ser un desagravio al palo prohibido en el Concurso de Granada de 1922, y tan denostado en las décadas sucesivas. Capeando algún acople traicionero, todos se mostraron a la altura, aunque no sé qué le parecerá la elección de ese cante como broche a los aficionados sevillanos más recalcitrantes.
La sensación final era extraña: no vimos por ningún lado los destellos iconoclastas y genialoides de Andrés Marín, director a pachas con Luis Ybarra, más allá de su querencia por la pintura de José Miguel Pereñíguez, autor del cartel. La calidad general se daba por sentada, pero faltó quizá cuajo en la faena, homogeneidad para dar coherencia al conjunto y hacer de él algo más que una sucesión de números hilvanados tan solo por una idea interesante. Faltó quizá el atrevimiento, la radicalidad que caracterizó precisamente a esa época revolucionaria a la que se rendía homenaje. Incluso no halagar tanto el oído del respetable, sino sacudirlo, sacarlo de su confort, de nuestro confort burgués, soliviantarlo un poco, aunque no necesariamente por la vía de impedirle ver casi nada.
Ficha artística
Gala inaugural: El mundo por montera
XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla
10 de septiembre de 2026
Cante: José Mercé, José el de la Tomasa, Martirio, Arcángel, La Tremendita, Ángeles Toledano, El Perrete, Manuel de la Tomasa
Baile: Ballet Flamenco de Andalucía con Patricia Guerrero
Guitarras: Manolo Franco, Alfredo Lagos y David de Arahal
Saxofones: Juan Jiménez y Alfonso Padilla
Percusión : Daniel Suarez
Palmas: El Oruco y Abel Harana
Dirección artística: Andrés Marín y Luis Ybarra
Artista Visual: Cachito Valles

























