En la magnífica obra de la investigadora Rocío Plaza Orellana, Bailes de Andalucía en Londres y París 1830 – 1850, (2005), la autora nos ofrece una colección fascinante de imágenes de bailarinas de la época cuando la estética española en la danza estaba de moda. De diversos países europeos, numerosas artistas viajaban a estas capitales de la cultura con sus creaciones españolizadas inventando el preflamenco delante de nuestros ojos. El nombre de Fanny Elssler es el que más me viene a la mente, pero hay al menos veinte figuras notables.
Flamenca que es una, cuesta un poco ver esta estética y contemplarla como relacionada con nuestro querido arte jondo. Empezando por la indumentaria. Dulzura de volantitos y zapatillas blandas. Espera… ¿zapatillas? ¿Y dónde, cómo van a taconear si no llevan tacones?
Fast forward a la última actuación de Farruquito, aquel bailaor que introdujo el zapateo galáctico que, francamente, nos fascinó a todos. De la noche a la mañana, o bailabas afarrucao o no eras nadie. En algún momento temprano del largo proceso se cambiaron las zapatillas por zapatos de tacón, y entonces el taconeo asumió su dominio simbólico del baile y danza españoles.
«¿Realmente los públicos internacionales exigen estas acrobacias? Pienso en los grandes festeros… el Marsellés, el Purili, Miguel Funi, Javier Heredia, y tantos otros, el arte que nos regalan con el gesto más pequeño, apenas desplazando el aire, a la vez que lo llenan de sustancia»
El tema que aquí contemplo es el posible abuso del taconeo en el baile actual. En años recientes se nota el obsesivo empleo de la percusión de los pies. Combinaciones “imposibles” entregadas con extrema fuerza física y limpieza que nos parecen extrahumanas. Emoción al rojo vivo desde un marco que se convierte en poder controlado que te altera la respiración.
La sutileza en el arte de cualquier tipo es digna de admiración. Además de las formas plásticas, la música, la cocina, moda, escritura, etc., todo es susceptible a la expresividad a través del gesto insinuado, no agresivo. El baile, tanto de hombre como de mujer, se presenta en este milenio cada vez más repetitivo. Los suelos son amplificados, esto en sí no es malo, pero el minutaje ha adquirido una extensión y volumen excesivos, como River Dance a la española (sin ánimo de ofender a los intérpretes de la danza folclórica irlandesa).
¿Realmente los públicos internacionales exigen estas acrobacias? Pienso en los grandes festeros… el Marsellés, el Purili, Miguel Funi, Javier Heredia, y tantos otros, el arte que nos regalan con el gesto más pequeño, apenas desplazando el aire, a la vez que lo llenan de sustancia.
Con intérpretes menos dotados, el volumen sustituye la musicalidad, la velocidad reemplaza la sutileza rítmica, la saturación acústica dispone una sobredosis de ruido sin guion, una cargada exhibición técnica sin significado artístico y al final sin flamencura. ♦















