Un tiro te peguen. Ese fue uno de los mensajes que Julio Ruiz (Almería, 1993) recibió a través de las redes después de bailar en la Bienal de Madrid con un abrigo de pelo. Y ese es precisamente el título que ha escogido para un libro en el que describe su proceso creativo, como si pudiera trocar la furia irracional de unos pocos en una propuesta reflexiva y divulgativa. Lo presentará este jueves, 10 de septiembre, en el Cicus de Sevilla.
“Este libro no nace desde el odio”, subraya el artista. “Este libro nace de la necesidad de dejar en un objeto quién soy y qué es lo que me obsesiona. El título sí: Un tiro te peguen es una amenaza real dirigida hacia mí a causa de mi trabajo. La frase se quedó ahí, en el aire, entre cientos de comentarios de odio, hasta que la periodista Mercedes L. Caballero la subrayó para titular un artículo en El País, en octubre de 2025. Fue al verla ahí, escrita y destacada por ella, cuando me di cuenta de que tenía que hacer algo con esa frase, que tenía que transformarla. Así que sí, claro que el odio puede convertirse en algo bello. Creo que eso es precisamente lo que hace el flamenco desde el principio de los tiempos, ¿no? Convertir todo aquello que duele, todo aquello que nos mata por dentro, en belleza”.
Ruiz podría haber preparado una coreografía para reflejar lo que sentía, pero esta vez el cuerpo le pidió escribir. “La escritura me acompaña desde siempre, aunque quizá durante mucho tiempo ha sido algo más íntimo, algo que me pertenecía solo a mí”, explica. “El deseo de contar a través de ella surge también como una necesidad vital de ser más claro con quien está al otro lado. Y es ahora, como con todo, cuando el tiempo me ayuda a quitarme ciertos prejuicios conmigo mismo, cuando me atrevo a compartirla. A ofrecer una intimidad distinta a la que ofrece el flamenco”.
“La escritura deja un objeto, algo que no es más que otra parte de mí, pero que puedes tocar cuando quieras, volver a él, quedártelo”, agrega. “Yo creo, por supuesto, para compartirlo. Creo que quizá, si no hubiera nadie sentado enfrente, no crearía. Por eso creo en lo colectivo, creo en el poder tan fuerte de lo que hacemos, porque siempre hay alguien al otro lado a quien contarle que a mí también me ha pasado eso, que a mí también me obsesiona aquello y, en definitiva, que yo también necesito ser abrazado”.
«Me di cuenta de que tenía que hacer algo con esa frase: un tiro te peguen. Tenía que transformarla. Sí, claro que el odio puede convertirse en algo bello. Creo que eso es precisamente lo que hace el flamenco desde el principio de los tiempos, ¿no? Convertir todo aquello que duele, todo aquello que nos mata por dentro, en belleza»

“¿Quién es ese Julio Ruiz que baila por no matar?”, se pregunta el bailaor, aunque asevera que “yo no estoy acostumbrado al odio, lo vivido este último año a mí me ha hecho pensar mucho y por supuesto, hay una parte que se queda en mí. Sería inútil decir lo contrario. Yo he recibido durante casi toda mi infancia y adolescencia falta de entendimiento: niños y niñas que veían que un niño hacía y sentía como le daba la gana. Con ese sentimiento me relaciono bien, lo conozco. Pero con el odio, no. Y con todo lo vivido recientemente entendí que yo no quiero comprender el odio. No quiero”.
“Pero también te digo una cosa: yo no llevo puesto el traje del victimismo”, añade a renglón seguido. “Ese traje a mí no me va bien. Yo al odio lo abrazo, lo pongo frente a mí y lo miro a los ojos. Y eso, curiosamente, me ha hecho entender más al otro. Y también a mí. Ahora entiendo que el odio también puede ser una pulsión creativa, algo que nace desde lo más oscuro e íntimo de uno mismo. Sería falso decirte que yo no experimento también ese sentimiento. Creo que todos somos capaces de habitar lugares muy oscuros. La diferencia, quizá, está en qué hacemos con todo eso”.
La obsesión general por los límites del flamenco, por lo que es y no es, no parece quitarle el sueño a Ruiz. “Yo qué sé. ¿Y tú qué sabes? ¿Y el otro? ¿Y el otro? No nos enteramos de que la verdad absoluta no existe, de que el flamenco es tan subjetivo como ojos que lo miren”, dice. “Yo vivo el flamenco como una forma de entenderme a mí mismo. Para mí es un idioma y me comunico a través de él como sé, como puedo y, sobre todo, como me apetece. El flamenco para mí es un milagro, es algo más grande que todos nosotros. Lo respeto tanto como respeto a mi madre. Con ella tengo un idioma y contigo, ahora que me entrevistas, tengo otro. Por eso, cuando quiero hablar un idioma y no tengo más palabras con las que expresarme, ¿qué hago? Busco otro camino. Para no decir cualquier cosa, para que mis palabras no se desvirtúen”.
“Entonces, ¿qué pasa cuando siento que voy a desdibujar los límites de lo que para mí es el flamenco? Entonces escribo. En los últimos años no he dejado de escuchar opiniones sobre mi baile como cuando el mar choca contra las rocas. Con Azul como la piel del melocotón (2021) he entendido que mi baile también está compuesto por todas esas opiniones que jamás pedí. Yo lo único que quiero es bailar. Cuando empecé a leer críticas o artículos en los que me colocaban como “bailaor contemporáneo”, como “performer”, como alguien que hace algo distinto, quiero que sepas, querido lector, querida lectora, que yo me considero la persona más común del mundo. Que, por supuesto, busco crear algo diferente todo el rato, porque eso es lo que me erotiza, pero nunca me puedo colocar yo mismo en esa etiqueta. Siempre me coloca el ojo ajeno, y eso lo valoro y me emociona. ¿Estoy haciendo algo distinto? Pues ya veremos. Esas respuestas solo las da él: el tiempo”.
En esta Bienal de Sevilla, Julio Ruiz acompañará a Sara Jiménez en su estreno de En compañía, el martes 29 de septiembre en el Teatro Central. “Es un desafío enorme para mí”, admite. “Desde pequeño luché por entrar en una compañía. Siempre quise saber qué era formar parte de algo que crea otro. Soñaba con entrar en el Ballet Flamenco de Andalucía o con que en el Ballet Nacional de España tuvieran cabida perfiles como el mío. Y aunque he estado en algunas compañías con tintes más contemporáneos, en las que he aprendido muchísimo, la respuesta siempre fue la misma: no. Nunca tuve esa oportunidad. La vida me enseñó que era yo quien tenía que crear mi propio camino, que era yo el dueño de mi futuro y también de mi presente. Y, claro, ahora lo veo y era bastante evidente”.
«Yo qué sé. ¿Y tú qué sabes? ¿Y el otro? No nos enteramos de que la verdad absoluta no existe, de que el flamenco es tan subjetivo como ojos que lo miren. Yo vivo el flamenco como una forma de entenderme a mí mismo. Para mí es un idioma y me comunico a través de él como sé, como puedo y, sobre todo, como me apetece. El flamenco para mí es un milagro, es algo más grande que todos nosotros. Lo respeto tanto como respeto a mi madre»

Ruiz recuerda que “desde niño había en mí una pulsión creativa, una necesidad de hacer, de contar. Y así fue. Después de decenas de espectáculos creados y de tener bastante claro hacia dónde quiero ir, resulta que justo ahora, cuando ya no busco formar parte de una compañía, me llegan dos propuestas de dos compañías que estrenan en la Bienal. Es curioso, ¿no? Y hay algo todavía más curioso en la propuesta de Sara. Sara era precisamente una de esas bailarinas que yo veía en otra las compañías en las que siempre había fantaseado con estar: Estevez y Paños. Yo veía a Sara y siempre me encantaba verla. La admiraba ya entonces. De hecho, es una de las personas de mi generación que más admiro. Así que imagínate lo que significa para mí que ahora sea ella quien me llame y me diga que quiere mi cuerpo para su creación”.
Así, el estreno inminente “tiene algo de cerrar un círculo. Y para mí tiene algo muy especial porque implica volver a colocar mi cuerpo en un lugar en el que hacía mucho tiempo que no estaba: al servicio de la mirada de otro. Yo estoy muy acostumbrado a crear, a decidir, a equivocarme, a hacerme responsable de todo lo que sucede encima de un escenario. Poner mi cuerpo al servicio de Sara es tan satisfactorio como sangriento. Vamos, como el amor”.
Julio Ruiz también prepara una propuesta sobre su paisano, el escritor Agustín Gómez Arcos. “Un día, un invierno, Paula me regala El Cordero Carnívoro. Empiezo a leerlo y descubro que Agustín Gómez Arcos era de Enix, el pueblo al que iba los domingos con mis padres a comer caracoles, a unos minutos de mi pueblo natal, Roquetas de Mar. Y entonces leo ese libro y siento que ese cordero me quema las manos. Me abrasó entero. Me sacudió”.
“A los meses me voy a vivir a París, becado por el Centro Nacional de la Danza de París, para crear mi proyecto La familia, y allí descubro que Laura Hojman estrena un documental sobre Gómez Arcos. A los meses siguientes voy a Sevilla, y Paula y Lucía (dos de las personas que más creen en mí) me acompañan al cine a verlo. Y las dos casi al unísono me dicen: ¡Tienes que hacerlo! Y salgo de allí llorando y con un dolor de cabeza tremendo. Mi cuerpo me estaba avisando de algo. Así que hice algo que no había hecho jamás: le mandé un email a Laura. Sin conocerla absolutamente de nada. Le escribí para darle las gracias, para decirle que no iba a dejar de repetir su nombre y, sobre todo, que Agustín tenía que ser traído de nuevo a casa. Pero no solo para ser leído. Esta vez, para ser bailado”. ♦














