Si tuviéramos que mencionar a una mujer de Jaén capital y forjada de forma gustosa con las pesadas cadenas del cante por derecho, todos los cabales pronunciarían el nombre de Rosario López, cantaora que no fue ajena a ninguna variante, de la que el pasado 18 de agosto conmemoramos el décimo aniversario de su adiós, y con una obra cuyo valor intrínseco está en esa rara habilidad que tienen sólo quienes saben sortear e interpretar las pautas y los caminos establecidos.
Así lo ha entendido la organización del XLI Seminario de Estudios Flamencos de la capital del Salto Reino, que estará dedicado íntegramente a la cantaora Rosario López, y que se celebrará los días 11, 18 y 25 de septiembre en la Antigua Escuela de Magisterio de Jaén, organizado por la Peña Flamenca de Jaén, con la colaboración de la Universidad de Jaén (UJA) y el patrocinio de la Diputación de Jaén, la Fundación Unicaja Jaén, Rodisur y Jadisa.
Jaén y Rosario López son, para quien firma, como caminos que se entrecruzan y se funden de modo semejante al abrazo amoroso de los cuerpos. La capital, un vehículo ideal para el que piensa en imágenes. La artista, una alianza insólita entre la imagen poética y la historia, la portavoz de unos cantes viejos que en su garganta son un soplo de aire fresco, de vivacidad y de elaboración inteligente, el alambique, en suma, donde los estilos forman una especie de vasos comunicantes entre la intensidad poética y la profundidad de pensamiento.
Hija de Enrique López e Isabel Carrascosa, Rosario, nuestra Chari –así la llamábamos quienes supimos de su bondad y maestría–, nació en Jaén el 11 de octubre de 1943. Su inclinación por el mundo escénico le vino desde la edad temprana, ya que el hecho de nacer en el desaparecido Teatro Cervantes –en el que su padre, el flamante batería Enrique López, ejercía de conserje–, le influyó por completo en su iniciación a la música y a la escena, al punto que de niña incluso sisaba las plumas y los zapatos de lentejuelas de los artistas.
Principió, pues, de forma temprana, con sólo cuatro años de edad, hasta entretejer el poderío de su treno por entre las volutas de la copla andaluza. Mas la niña se hizo mujer, bebía lo vientos por Pastora Pavón y, poco a poco, se fue introduciendo en los mentideros flamencos merced al grupo conformado por amigos como José Solís Rostaing, Pepe Cruz, Manuel de Horna López y, por supuesto, quien más influyó en su asalto al flamenco, Ramón Porras, compañeros con los que fue ensanchando su admiración preferencial por Rafael Romero, maestro iliturgitano de quien llegaría a hacerse amiga y legataria de sus cantes.
Obvio es señalar que al igual que sus coetáneas, su introducción en el complejo mundo del flamenco no fue un camino de rosas. El hecho de ser mujer le complicaba las oportunidades, pero no desistía en aportar su granito de arena en aquellas tertulias que arrancaron en 1971 con la Peña Flamenca de Jaén, entidad que aprobó sus estatutos en 1972 bajo la presidencia del abogado José Solís, ubicándose por entonces en una sala del Casino Primitivo, en el inmueble del Condestable Lucas de Iranzo.
«Jaén y Rosario López son como caminos que se entrecruzan y se funden de modo semejante al abrazo amoroso de los cuerpos. La capital, un vehículo ideal para el que piensa en imágenes. La artista, una alianza insólita entre la imagen poética y la historia, la portavoz de unos cantes viejos que en su garganta son un soplo de aire fresco, de vivacidad y de elaboración inteligente»
Fue entonces que conoció de primera mano el nacimiento de los festivales flamencos de Jaén, aquellos que arrancaron en 1971 en los jardines de Jabalcuz y que desparecieron por falta de público en 1976, al par que debutaba oficialmente como cantaora en verano de 1972, año en que se subió por primera vez a un escenario, concretamente en el del festival decano de Jaén, en Pegalajar, interpretando entonces las bulerías de Manolito María, que tanto contribuyó a popularizar, y unas seguiriyas que siguieron la estela de José Menese, siendo secundada por la guitarra de Parrilla de Jerez.
Unos meses después conoció a Rafael Romero, alias El Gallina, cuando actuó el domingo de Ramos de 1972 con Enrique Morente y Manuel Cano, en el desaparecido Cine Lis Palace, mas cuando ya empezaba a despuntar, la vida le golpea de manera cruel. Primero tuvo que salvar la existencia sometiéndose en Barcelona, el 8 de agosto de 1973, a un trasplante de riñón que le fue donado por Juani, su santa hermana. Fueron siete duros meses de rehabilitación y cinco años de estancia en tierras catalanas, pero su fuerza interior la impulsó a contrarrestar las heridas con el bálsamo de sus cantes, modos expresivos que se granjearon el cariño y la admiración de las peñas flamencas.
El segundo gran golpe lo recibió no más regresar a su tierra natal, cuando supo del derribo del Teatro Cervantes, profunda huella emocional que la marcó de por vida, toda vez que la obligó a estar un año sin pasar por La Carrera, para así no quebrantar los recuerdos de su abuelo paterno, Félix, que ingresó como conserje en 1906, y de su padre Enrique López.
Con todo, a partir de 1974 Rosario se dedica de manera profesional al cante. Compagina su ansia de saber con las actuaciones en peñas y festivales hasta que en 1975 debuta en la discografía con Rosario López, su puesta de largo con la guitarra de José Cala, alias El Poeta, una obra en la que pone de manifiesto su generosa amplitud de conocimientos a través del puro expresionismo y la puesta en valor de variantes que van desde sus ya célebres bulerías gaditanas de Manolito María a las soleares del Tenazas en sus matices de El Fillo, Paquirri y Silverio, o la cabal portuense del Planeta en el cierre de la seguiriya.
Obvio es significar que la enjundia y sinceridad de intenciones de este trabajo le permitió abrir las puertas de una trayectoria que le llevaría a alcanzar desde el ‘Catavino de Plata’, en la Cata de Montilla, a ser reconocida por las más diversas instituciones jienenses, aparte de intervenir en cuatro ocasiones en el Festival Internacional de la Guitarra de Castres (Francia), realizar recitales en Holanda, Bélgica, Italia, Viena y Alemania, así como la URSS y en toda la geografía española.
Estas actuaciones la situarían en la adalid de la Jaén cantaora y despertarían el interés de la crítica y los intelectuales, tal que Félix Grande, que llegó a decir de ella: “Su voz es morena, lo que dice en sus cantes son puras vivencias. La muerte, durante años, estuvo al acecho, celosa, para que le cantara sólo a ella, y nuestros ojos quedaron colgados en un gesto suyo”.
Es sólo el arranque de una trayectoria marcada por una muy interesante discografía que merece estudio aparte, y que aupó a Rosario López a ser Hija Predilecta de Jaén y Medalla de Oro de la Ciudad como postulante del cante jaenero, lo que justifica que en el décimo aniversario de su adiós, la reivindique el XLI Seminario de Estudios Flamencos de su tierra natal. ♦
















