Este año se ha celebrado la 61º edición de la Caracolá Lebrijana. La magnitud de un festival como este se mide por la calidad de los artistas que pasan por ella, capaces de comprender la impronta única que lo ha mantenido vivo durante décadas. Más de sesenta ediciones por las que han pasado personalidades para las que el flamenco va más allá de un mero ejercicio de virtuosismo, y en esa filosofía se encuentra el baile de Pepe Torres, que presentó el sábado 18 de julio su Flamenco, esa forma de vivir.
Un espectáculo que conecta profundamente con el sentido de la Caracolá. Patrimonio que trasciende el tiempo. Herencia que permanece viva cuando encuentra un cuerpo en el que seguir anidando de una forma genuina. Pepe Torres dialoga con el cante y lo respeta. Por eso habla tan bien el idioma de Lebrija. Porque sabe que la autenticidad no es sinónimo ni de mediocridad ni de involución.
La grandeza del baile no se mide por la cantidad de pasos, se trata de saber cuándo y cómo hacerlos. En abrirle al duende la puerta a tiempo. Decir todo en un desplante y dejar que el zapateado converse con claridad con el peso del compás.
El de Morón domina la precisión del movimiento, sabe pellizcar a tiempo y zapatear con nitidez. El bailaor lleva por bandera ese ADN flamenco que envuelve a Lebrija. Pero es que pellizcar a tiempo no solo depende de él. También del cuadro que acompaña. En esta ocasión, Manuel Tañé, Juan Villar hijo y José El Pechuguita al cante y Ramón Amador a la guitarra van a una y se dejan la piel, prestando con tesón su duende al baile de Pepe.
«Pepe Torres dialoga con el cante y lo respeta. Por eso habla tan bien el idioma de Lebrija. Porque sabe que la autenticidad no es sinónimo ni de mediocridad ni de involución»

Torres no deja ningún rincón del escenario sin empapar de flamenco añejo. En las alegrías, la bulería es paradita y sin aspavientos. Adorna con detalles garbosos los tercios de los cantaores. Pero sobre todo, mezcla la técnica con pura socarronería.
Y es en la soleá donde se adivina perfectamente la clase de artista que es. No busca el aplauso fácil ni deslumbrar desde la dificultad. Más bien persigue conmover desde la verdad. Además, deja libertad a sus compañeros para que desarrollen su creatividad y sentimiento.
Pepe Torres firme en cada paso, sin prisa por avanzar. Elegante y sobrio. Con el anhelo constante de acariciar la tierra con seguridad para dejar huella.
En definitiva, una forma de bailar y entender el flamenco que encuentra su reflejo en la identidad de la Caracolá. Así, la raíz del propio festival sigue nutriéndose de esa savia a compás. De ese cante añejo que no entiende el flamenco como un escaparate para el lucimiento personal, sino que se defiende como una forma de comunicación. Vehículo de transmisión y pulso ininterrumpido que enlaza generaciones. Cultura, sentimiento y, sobre todo, mucho arte.
Además, los aficionados y en general, los espectadores, se convierten en cauce y aljibe en el que atesorar esa memoria que siempre logra el encuentro de diferentes generaciones en un mismo escenario para honrar el legado. Y eso, de forma innegable, es la mayor riqueza del pueblo. ♦




















































































